Bremen, Alemania. Si hay una fecha en la que pesa ser extranjero es el 15 de septiembre. En especial si se vive en un país donde el idioma es tan ajeno como el viento que corta de golpe los vestigios del verano. Mi patria es mi lengua, escribió un heterónimo de Fernando Pessoa (se refería a la lengua portuguesa) y por eso no me parece extraño que en México nuestro gesto identitario se defina por medio de un grito. En un espacio comunitario y amorfo cuya geografía se delimita por el alcance de nuestras gargantas. Un acto de rebeldía y hastío que, más allá de cualquier escudo, engloba una ficción de patria al hacer eco en nuestros oídos.

Como si fuera un presagio, la suave melodía de una flauta entremezclada con una guitarra se esparce por la plaza central de la ciudad de Bremen. El estribillo es inconfundible, una composición de 1882 por Quirino Mendoza y Cortés que en todas las latitudes lleva un solo nombre: “Cielito lindo”. El intérprete, un inmigrante serbio de mediana edad que se gana la vida desde hace veinte años tocando en la calle. Sabe que, dentro de su amplio repertorio, tal vez sea la canción que más divisas le genera. Por eso una sonrisa le resplandece el rostro al momento de decir, ¡Ah, mejicanos!, cuando nos acercamos a dejar unas monedas. De lo que no sabe, por supuesto, es de las festividades que se llevarán a cabo ese fin de semana en ese país distante y desconocido. Mucho menos que Alondra de la Parra está por presentarse en el teatro de enfrente.

Fotografía: Feast of Music bajo licencia de Creative Commons.

Como cierre del festival musical número treinta de la ciudad, la filarmónica de Bremen ha decidido ofrecer un concierto en Die Glocke, la sala de conciertos más importante de la ciudad. Los invitados son el percusionista austriaco Martin Grubinger y el compositor y pianista turco Fazil Say. Todos dirigidos por la mexicana Alondra de la Parra. Afuera, el aire fresco lleva ya los tintes de una noche sin precedentes. Con las entradas agotadas desde hace semanas, dos mujeres septuagenarias, de vestidos impecables, sostienen un maltrecho cartel donde se lee Suche 1 ticket (busco un boleto). El ánimo, pese a cualquier estereotipo sobre el carácter alemán, no puede ser más elevado. Adentro, los primeros aplausos son arrancados cuando el Wunderkind Martin Grubinger hace su entrada y agradece la asistencia del público. Acto seguido, Alondra de la Parra se presenta en un escenario que la conoce y la cobija. La primera obra es el Concierto para percusión y orquesta op. 77 de Fazil Say, estrenada en marzo de este mismo año y cuyo autor escucha atento tras bambalinas. En entrevistas pasadas, el compositor había advertido que el piano no era más que un instrumento de percusión y, en este caso, la geometría y el material de cada instrumento sirven de excusa para buscar la melodía tras el golpe adecuado. La obra es colorida y desbordante. Consta de cuatro movimientos, cada uno nombrado tras un instrumento de percusión. En el primer movimiento, Waterphone, domina el sonido atonal de ese peculiar instrumento. Un recipiente de acero inoxidable con un cuello cilíndrico de bronce y de cuyos bordes brotan varillas de distintos diámetros y longitudes que al friccionarse producen un sonido relampagueante. Los movimientos restantes son igual de extravagantes: Rototoms.Timpani, Vibraphone.Campana y Marimba.Boobams. Por eso, no es inusual escuchar durante el concierto el golpeteo de las varas de los arcos contra los violines. Por su parte, el solista nacido en Salzburgo se entrega en emoción y forma. Se expande en el escenario, dando latigazos con sus manos de un instrumento a otro.  Pletórico, ofrece un espectáculo que emociona a los alemanes. Al finalizar, el público ovaciona por igual al percusionista y a la directora. Éstos dan paso al compositor de la obra que se deja envolver por la atmósfera. Abrazados, los tres músicos reciben el cariño del público, mientras algunos espectadores se levantan y toman salida hacia el intermedio.

La segunda parte del programa comienza con el Concierto para piano Nr. 23 de Wolfgang Amadeus Mozart, interpretado por el ahora pianista Fazil Say. Su virtuosismo es evidente. A la altura de la composición de los minutos anteriores, ejecuta la obra de manera brillante. Sus dedos navegan a través del piano mientras se bambalea y gesticula al compás de la orquesta. Sin el frenetismo previo, la música envuelve a la audiencia que le responde en sonoros aplausos. El solista se despide triunfal y deja en el escenario a la directora mexicana para cerrar el programa.

La última pieza, al menos en el panfleto, son las Bachianas Brasileiras Nr. 7 del brasileño Heitor Villa-Lobos. Compuesta por cuatro movimientos, la suite es una potente fusión del estilo barroco de Johann Sebastian Bach y los ritmos populares brasileños. Si en la primera obra reinó la experimentación y en la segunda el clasicismo, la tercera es la búsqueda de un origen, la conmemoración de un territorio y la apología de sus raíces. La orquesta sigue atenta los movimientos de su directora. Como lluvia tropical que se descarga sobre la tarima, los vientos y las cuerdas hacen voz a una latitud ante un público conmovido. Al terminar la Fuga, las palmas caen estruendosas. Los espectadores aplauden a un solo ritmo como símbolo de gratitud y reconocimiento. La directora redirige el gesto hacia la orquesta que ha estado intachable mientras recibe un ramo de flores.

Puede considerarse una velada redonda. Algunos asistentes se encaminan por sus abrigos o por el último Brezel para llevarse a casa. De imprevisto, los músicos toman nuevamente posición y Alondra de la Parra levanta una vez más su batuta. El público alemán, no habituado a los actos fuera de programación, retoma confundido sus asientos. Notas comienzan pronto a destejerse de los instrumentos. Es el Danzón No. 2 de Arturo Márquez que a un ritmo nostálgico permea toda la sala. Inspirado por la música tradicional mexicana, particularmente el danzón veracruzano, la obra es considerada una renovación en su propio lenguaje. Un diálogo de los ritmos populares con la música de concierto. A medida que la directora acelera el tempo, la composición adquiere un tono festivo y espasmos colectivos comienzan a dominar a la audiencia. La intensidad y el tiempo van in crescendo y pronto la música se transfigura en baile. Los violines y las flautas oscilan alegres al momento en que los trazos de la batuta se transmiten al cuerpo y a las piernas de la directora. La mexicana da la media vuelta, eleva los brazos y marca el compás con las palmas. Anonadados, los espectadores comienzan tímidamente a seguir el ritmo. Uno, dos, uno, dos, tres cuatro, uno, dos. Trastabillando en un principio, las palmadas cobran seguridad y fuerza hasta integrarse a la orquesta. El espectáculo es único, en una sola voz las palmas se acompañan mientras que Alondra dirige a dos frentes. La mano derecha lleva los instrumentos y la mano izquierda los cuerpos. Con gestos delicados va graduando el matiz y hace entender a la audiencia que es momento de bajar el tiempo y la intensidad. Los instrumentos por su parte hacen los mismo y una melodía sosiega el teatro. Acto seguido, comienza nuevamente a subir el ritmo y el público, ahora más experimentado, hace su entrada a tiempo. La sala entera es una sinfonía, un mismo latido que se crece sin límites.

Las notas finales desprenden al público de sus asientos y se deshacen en vitoreos hacia su directora. De pie, despiden a la orquesta y a la mexicana, quien suda y sonríe mientras abraza a cada uno de los músicos. Los espectadores se sienten intérpretes y audiencia, los invitados especiales de una fiesta. En una ciudad no muy grande, al norte de Alemania, se escucha un danzón en un fin de semana de mitad de septiembre. En una sala de conciertos se construye un lenguaje que sirve de puente entre personas y generaciones, entre culturas y latitudes. Patria, más que un grito o una lengua, tal vez sea sentirse parte del género humano. Y se puede ver a la salida una pareja mayor que va tarareando y chocando las palmas, uno, dos, uno, dos, tres, cuatro, uno, dos.