Durante una década (1968-78), Henry Cow transgredió los límites, fue una panda de disidentes que rompió moldes y aprovechó el recambio de decenio para hacer una música siempre aventurada que nació como un set de composiciones estructuradas para luego ganar vida en el terreno de la improvisación y encontrar en éste el principal motor de su existencia. Sencillamente surgió en el momento adecuado, en el lugar correcto.

Benjamin Piekut es profesor asociado de música en la Universidad de Cornell, autor de Experimentalism Otherwise: The New York Avant-garde and Its Limits; Tomorrow Is the Question: New Directions in Experimental Music Studies y acaba de publicar hace un par de meses The World Is a Problem, una biografía-estudio-ensayo de la banda oriunda de Cambridge en cuyas filas militaron Geoff Leigh, Chris Cutler, Fred Frith, Tim Hodkingson, Lindsay Cooper, Dagmar Krause y Georgie Born, una agrupación que nunca conoció el significado de la palabra éxito –en términos monetarios y de difusión–, pero cuya influencia artística pervive. Citemos sólo uno de sus logros para dimensionar su impacto en la historia de la música de vanguardia a partir de los años setenta: a ellos se debe el nacimiento, la “institucionalización” del Rock en Oposición (RIO).

Piekut, lejos de hacer en este libro un panegírico de la banda, visita cada uno de los momentos importantes de su historia, interroga a los protagonistas y sus allegados, consulta diversas fuentes y teje una narración desde una perspectiva académica en la que traza las contradicciones en la trayectoria del grupo y las tensiones que su filiación política generó constantemente y que a la larga terminaron por propiciar su desaparición.

En la introducción (“Feroz experimentación”) el autor hace una rica revisión del contexto en el cual surgió el grupo. Comienza con los múltiples cruces de los cuales fueron objeto las músicas experimentales a partir de los sesenta y recuerda la frase de Ornette Coleman: “Cualquier persona en la escena musical de hoy sabe que rock, folk, jazz y clásica, son títulos del pasado”. En este apartado y en el cierre del libro, Piekut esboza sus teorías.   En el medio, el grueso del texto, se visitan las etapas más significativas en la vida de Henry Cow: sus inicios en Cambridge, el traslado a Londres, la asociación con Virgin Records, la fusión con Slapp Happy, su presencia en Europa continental, sus antológicas presentaciones en la ciudad de Roma y otras zonas del país (“señoras de edad en sus vestidos negros y los niños y las cabras, quiero decir, era el verdadero pueblo. Nunca habían visto a una banda, deja un puñado de extraños británicos tocando esta música loca”, p. 225); el primer festival de RIO y finalmente la desbandada.

Quienes conocen la música de Henry Cow saben que el colectivo tendió un puente importante entre la escena del rock y la del jazz de improvisación libre en su país, a partir de una práctica en la cual la última, señala Fred Frith, se “enmarcaba por piezas estructuradas, lo que de alguna manera tendía a reducir su impacto como improvisación”.

Piekut detalla la asociación de Henry Cow con los alemanes de Faust, su llegada a Virgin Records y cómo este movimiento siempre les generó dudas: “Aunque las cosas parecían ir bien –y los Cow estaban muy interesados en Virgin– continuaron con sus sospechas de cómo la firma de un contrato restringiría su libertad y comprometería su posición como operadores independientes” (p. 95).

Piekut es prolijo en el análisis de cada uno de los discos de la agrupación, su contexto, su impacto; detalla los cambios de integrantes y las consecuencias de estos movimientos, hurga en los diarios de la banda, los sigue en la medida de lo posible en sus giras y en sus pensamientos y en los de aquellos que estuvieron a su lado o trabajaron con ellos, como en la página 137, donde deja hablar a Simon Draper, uno de los responsables de haberlos llevado a la discográfica Virgin: “Los pusimos de gira con Captain Beefheart. Los tratamos como si fueran una banda de rock potencialmente exitosa… fue más tarde que pensé: ‘Dios, fui demasiado optimista al pensar siquiera que podíamos vender esto’” (p. 137).

Revelador resulta el frecuente cuestionamiento que el grupo hacía de la toma de decisiones, la cual, las más de las veces, se hacía en asambleas. En ese sentido, Piekut recurre al diario de Peter Blegvad para recordar lo sucedido cuando se planteó la fusión entre Henry Cow y Slapp Happy: “Qué devastador es el aburrimiento. Después de 40 minutos de desenmarañar las divergentes interpretaciones de la palabra ‘aprender’, mis oídos comenzaron a arrojar vapor. Pero así es como esta gente trabaja y son un admirable conglomerado, mas qué devastador” (p. 183).

The World Is a Problem (el título lo tomó Piekut de una charla con el saxofonista Tim Hodkingson: “Parafraseando a Paulo Freire, Hodkingson quiere ‘transformar el mundo; el mundo es un problema, no un don’”, p. 151) es un viaje intrincado, pero muy ilustrativo, por la vida de una de las bandas más interesantes de los setenta y su época, un momento en el que una pléyade de músicos (Derek Bailey, John Stevens, Ornete Coleman, Can, Paul Rutherford y un largo etcétera) rompió los moldes existentes, músicos a quienes en buena medida se debe el desarrollo de la experimentación y la improvisación libre.

• Piekut, Benjamin. The World Is a Problem, Duke University Press, 2019, 478 pp.