El pasto se antoja una mullida alfombra. No es el mejor sitio para ver, pero se escucha bien. No ha sido el cansancio el que me ha orillado a buscar donde “acampar”, sino los grupos que por ahora se presentan en los cinco diferentes escenarios de este Corona Capital que, bajo el rubro de Capítulo 10, celebra su primera década de existencia.

El metro estaba algo lento y me impidió llegar a tiempo para ponerme frente a Kurt Vile y nombres como Two Feet, In the Valley Below, Snail Mail, Still Woozy no me dicen nada, así que no siento perderme gran cosa.

Camino al encuentro de Broken Social Scene, observo a The Midnight más preocupados por generar dinámicas de interacción con su público que por el ejercicio de la música, así que sin asomo de culpa también puedo omitirlo.

La curva cuatro del Autódromo Hermanos Rodríguez alberga, más que un festival, una ciudad que en dos días se convierte en una catedral del rock y derivados muy selecta, a juzgar por la procedencia de sus feligreses, algo que ya se ha comentado en otras ocasiones. Asombra el que haya “stands” que son verdaderos edificios, algunos incluso llegan a tener dos pisos; llama la atención la capacidad tecnológica, el internet que permite el flujo sin problemas del “cashless”; el oportunismo de los vendedores de cerveza que “deciden” que los vasos chicos se han terminado, así que hay que consumir la bebida más grande; las colas interminables para comprar un shot de vodka o para subir a la rueda de la fortuna.

Fotografías cortesía de OCESA

Sí, la música, como se ha vuelto costumbre en éste y otros festivales, es el personaje que convoca, pero al llegar aquí se convierte en una más de las diversiones y por momentos hasta pasa a ser el fondo para llevar a cabo otras actividades. Tal vez esa indiferencia que suscita en algunos se deba a la regularidad de estas celebraciones, al largo número de horas que llevan algunos en el lugar o a las altas cantidades de cerveza y alcohol que ya se han bebido.

Por eso, el pasto se antoja un buen lugar para estar, para escuchar, para observar. Broken Social Scene hace un set decoroso. Sobre el escenario parecen multiplicarse, lo llenan; como la mayoría de este día, no tendrán problemas con el audio, pero algunas de sus canciones, especialmente las más recientes, adolecen de consistencia. Musicalmente no hay pega que ponerles, pero las voces no siempre resultan las más idóneas o en directo llevan a cabo esa desmitificación que en el álbum debemos al estudio de grabación.

Cuando The Voidz toman el escenario del frente, Julian Casablancas comienza a cantar entre la gente y se ve sobrio, aunque probablemente traiga una gran resaca. El grupo hace muy bien lo que sabe y de hecho va más allá, porque a partir de ese momento el tenor de la música en los dos escenarios principales se vuelve más salvaje. Si no fuera por ese empecinamiento que tiene el cantante por arropar a su voz con ese efecto que oscila entre el espacio y ultratumba, el todo brillaría más; porque hay pasajes en los que lo ácido se pone en un primer plano y se crean intrincados viajes que bien podrían ser lisérgicos si, al menos yo, tuviera a mano lo necesario para hacerlo.

Cuando a  The Raconteurs les llega el turno, el ambiente está caldeado y Jack White y compañía le ponen más leña a esa fogata con unas tres o cuatro canciones en fila en las que no hay asomo de pop y sí ecos de blues, un poco de country y mucho rock duro, con grandes dosis de testosterona. Faltan algunas horas para el cierre de la noche, pero sin duda ya puede afirmarse que será uno de los mejores shows de este Capítulo 10.

Sí, le hará los honores a algunos de sus éxitos, pero en ningún momento la banda se muestra complaciente y aunque White sabe de su carisma, deja a un lado el protagonismo y pone su talento al servicio de la música. Aquí es cuando pienso, desde mi “campamento”, que al rock le hacen falta más tipos como él: comprometidos, deseosos de mover el mundo, de agitarlo y convulsionarlo, de hacer con sus canciones algo más que entretener.

Cuando Bloc Party comienza, decido moverme a otro escenario. Lo que oigo bastaría para quedarme; sin embargo, nunca he podido conectar con la música de esta agrupación, así que comienzo el trayecto para encontrarme con Keane. Es mucha la curiosidad y cuando estos cuatro suben al escenario, hay un buen número de asistentes. La química que logran con sus fans es instantánea; alguien ha soltado una chispa sobre pasto seco, aquello comienza a arder y durante 80 minutos así se mantendrá. Sin ser tan exitosos como otros de sus contemporáneos –pienso en Phoenix y en Franz Ferdinand–, los de Battle, Inglaterra, interactúan muy bien con el público: son zalameros, lo consienten, le entregan los temas que espera, lo invitan a cantar sin hacer uso de dinámicas ridículas y el saldo es un show emotivo, un espectáculo construido entre el grupo y sus acólitos.

Mi cita con Billie Eilish –o lo que tenía en mente de ello– no se lleva a cabo, porque el tránsito hacia el escenario en el que se encuentra es tortuoso, pero Ciudad Neón –que es en lo que a estas alturas de la noche se ha convertido la curva cuatro y sus alrededores– le rinde honores a la norteamericana, una chica exitosa sin duda, pues la asistencia en ese escenario es nutrida.

El cierre no deja de tener algo de nostalgia, pues los que se encargan de clausurar la noche, al menos en el escenario principal, son los musicos de Interpol. Ellos fueron uno de los headliners en la primera edición del festival y son viejos conocidos del público de este país –apenas hace un año estuvieron en el Teatro de la Ciudad–, por lo que muchos aprovechan para emprender el éxodo.

Mi “campamento” ha sido desmantelado ha rato y aunque el grupo suena como era de esperarse, embalado y potente, me uno a esa larga cadena humana que busca cómo llegar al metro antes de que éste cierre. Es un largo trayecto, pero en medio de la fatiga está presente ese espíritu de viejo rocanrol que aportaron algunas de las agrupaciones de la noche.

Sí, en verdad lo hubo.