A Laura Luna Castillo le atraen las imágenes. Las fotográficas, las cinematográficas, pero especialmente las sonoras. Comenzó a trabajar con imagen fija, pero ésta pronto se le reveló limitante; entonces pasó al cine, a los cortometrajes y allí, al combinar efectos y música en las narraciones que deseaba plasmar, comprendió que “mediante la música, también se pueden generar poderosas atmósferas que resultan ser cinematográficas por sí solas”.

“Inicié —dice— con grabaciones de campo y posteriormente manipulé las grabaciones digitalmente. Desde entonces, mi práctica sonora ha evolucionado hacia la utilización de una combinación de elementos diversos para producir piezas sonoras híbridas. Actualmente mezclo distintos métodos electrónicos y experimentales, como el live coding (empleo de programación interactiva a manera de improvisación) o el uso de sensores y motores para generar sonidos electroacústicos”.

Fotografías cortesía de Laura Luna Castillo

La obra sonora de la nacida en Puebla ha quedado asentada en tres álbumes (ninguno de ellos editado en un sello de este país) y tiene su génesis en los mecanismos de los recuerdos, la imaginación y la percepción. Es un proyecto en el cual la memoria produce un chispazo y a partir de éste comienza un proceso en el que se va generando-construyendo una composición alrededor de él: es un procedimiento de alumbramiento. Hay sonidos que funcionan como detonadores y que se mantienen persistentemente —aunque no siempre en un primer plano— a lo largo de cada corte (“Ennui Hours”, “Nor  Slumber No Sleep”) y que podrían servir como un “referente”, un asidero en medio de la abstracción; pero el todo es un tratamiento que envuelve paulatinamente; es jugar un poco como el minimalismo y sus cambios  imperceptibles.

A veces hay temas que a pesar de su turbiedad inicial (“Auroras”) después se vuelven tremendamente claros y otros son como pequeñas viñetas o, mejor,  pequeñísimas impresiones (“Simulacra”), algunos en los que la voz es el eje (“Wasteland”).

Para Luna Castillo “la imaginación, los recuerdos y nuestra percepción se van entretejiendo a través de nuestras experiencias y son, a la vez, los principales componentes de nuestras identidades; son elementos pilares de nuestra condición humana. Pero todos estos elementos son también elusivos, ambiguos e intangibles. Estas paradojas son las que me resultan interesantes, pues de cierta forma, la realidad que cada individuo experimenta y construye es una ‘realidad virtual’, ya que es maleable, cambiante y se puede explorar desde diferentes temporalidades y paradigmas”.

El debut discográfico de Luna Castillo se dio con Isolarios (Bava Vanga, 2014), al cual siguió Laminares (Genot Centre, 2018) y el reciente Folksonomies (Cudighi Records, 2019). En cada uno de ellos las composiciones fungen como capítulos de una “gran” narrativa.

Isolarios —señala— tiene como fuente de inspiración diversos estados mentales que se desarrollan en un plano profundamente individual y alienante, pues no hay forma de compartir dichas experiencias; cada persona se encuentra totalmente sola frente a ellos. La palabra ‘isolarios’ justamente nos remite a representaciones de islas, a un microcosmos en aislamiento. Cada canción refleja un estado mental y sensaciones contradictorias de miedo y ansiedad junto con ilusiones, sueños y sensaciones positivas. Muchos de estos estados mentales fueron inspirados por historias de ciencia ficción y del realismo mágico, historias de cosmonautas perdidos y expediciones sin retorno”.

Laminares, por su parte, es más ¿sutil? en su construcción. Si bien el proceso envolvente se mantiene, desde que el álbum arranca con “Mokstraumen” el desarrollo es más delicado; los sonidos que le dan vida son más tenues, se articulan en capas e incluso llegan a existir visos de la electronic old school (“Anik I”, “Extrasolar”), pasajes plácidos (“The Veldt”)  y tonos misteriosos como en la colaboración con Teresa Klonorová (“Skafandrem”) que toman “como inspiración escalas y temporalidades que van más allá de lo humano, hiperobjetos que se mueven lentamente y tienen cambios masivos que parecen imperceptibles, como lo son los procesos de formación geológica y eventos astronómicos”.

Folksonomies, la grabación más reciente de Laura Luna Castillo, la retrata varada en el océano. Como en su placa anterior, la técnica tiene continuidad, aunque los sonidos son diferentes y por tanto producen diferentes atmósferas, nuevas sensaciones. La combinación de sonidos graves, como lamentos lejanos, con otros que parecen fugaces voces de aves, crea un ambiente de desolación, de indefensión (“I See but Say Nothing”); en ocasiones, la música nos ubica en recintos sacros (“Ataris Bellum”), pero como el universo sonoro cambia continuamente, la impresión es que también las imágenes se modifican y crean bellas pero extrañas atmósferas que se acercan más a la música contemporánea.

El tono acuático de Folksonomies no es turbulento, al contrario, aquí las corrientes fluyen apaciblemente, pero nos llevan de un espacio a otro, transitan de región en región y las mutaciones son casi imperceptibles; es como subir a un barco y dejarse llevar por la corriente y encontrar a lo largo del trayecto siempre vistas nuevas, todas ellas tranquilas, calmas, reposadas y en donde ocasionalmente la saturación de sonidos se convierte en un elemento distractor que regularmente termina abatido por la serenidad del todo.

Folksonomies, cuenta la autora, es “un álbum que sigue un relato de personajes, sentimientos y bases de datos universales. El título alude a un índex creado por múltiples fuentes, en especial la de los hipervínculos, generados por medio del internet, mediante la participación de miles de usuarios, tanto humanos como virtuales, que van generando un tejido de conocimiento sin principio y sin fin, sin jerarquías y sin definiciones concretas y concluyentes”.

Como referentes, la música de Laura Luna trabaja en una línea similar a la instaurada por The Caretaker, aunque a mi juicio es menos obsesiva que la de éste. Finalmente, la mujer que, además de los trabajos señalados, cuenta con diferentes composiciones diseminadas en antologías o compilaciones (una de ellas es la canción “Cepheid Variables”, producida para Longform Ediciones, sello enfocado en el lanzamiento de piezas musicales de larga duración), concluye con una declaración en la que asienta su visión acerca de su entorno de trabajo: “La escena actual dentro de la música electrónica, en sus diferentes variantes y subculturas, ha generado una gran cantidad de comunidades en las que la experimentación, la solidaridad y la necesidad de generar cambios dentro de nuestra sociedad se ven reflejados. La música electrónica también está generando plataformas en las que se puede debatir sobre distintas preocupaciones sociales y políticas. Me considero un ejemplo y un resultado de estas prácticas solidarias, pues gracias a esta inclusión, he podido comenzar y continuar con mi proyecto solista con total libertad creativa”.