Pablo Valero se descuelga su guitarra y camina sereno hacia el centro del escenario. Lleva consigo una grabadora portátil que coloca sobre una silla cercana a un atril para micrófono forrado con flores. Al accionar el aparato, de su diminuta bocina escapa la voz de Rita Guerrero que interpreta “Después de muerto”,  acompañada de una guitarra. Un susurro amplificado que atienden miles al tiempo que Poncho Figueroa, Alejandro Otaola, Juan Sebastian Lach, Jacobo Lieberman, Aldo Max, Patricio Iglesias, Leonel Pérez y Belén Ruiz siguen los pasos de Valero hacia los camerinos. Nadie queda en escena, excepto esa voz que desde quién sabe dónde, gracias a la electricidad, se hace presente desvelando un deseo: “le pediría a la vida que vive con la muerte que acompañara mi poema”.

Fotografías: Paulo Vidales, cortesía Ocesa

Basta voltear alrededor para descubrir que, entre las butacas que colman el Teatro Metropolitan, varios lloran. Cómo no cimbrarse. Santa Sabina celebra 30 años de historia, según cuenta la propia banda, “diciéndole adiós a un ciclo” desde este lado de la vida. Hay tristeza en el ambiente, porque el cancionero del grupo se caracterizó por recurrir a los paños oscuros, al luto y la melancolía; sin embargo, desde el mismo arranque del concierto fue posible descubrir que ese perfil que a los darks aztecas en su momento tanto fascinó, en realidad jamás definió la obra de los de “Mirrota”. Cierto: en algunas ocasiones predominaron los tonos menores y las atmósferas opresivas, pero aquel discurso solía echar mano de la luminosidad de igual manera y muchas veces encontró esperanza en el futuro, tal como sucedió cuando se inauguró la velada con “A la orilla del sol”, plena de referencias al astro rey, al calor protector.

La unión del Coro Rita Guerrero y el Coro Délicieux sumó más de treinta gargantas que armonizaron la niebla que la boca de María Sabina despedía entre montañas. Hierbas y yedras vaporizando el ambiente al son de “Humo canción”. Amor y aroma en hilo y vilo hasta el arribo de Iraida Noriega, quien hizo pública la ilusión que todos guardaban tras las costillas, pensando en Rita: “Ojalá fuera tu voz”. A partir de ahí, el micrófono fue cambiando de mano, pasó por las de Carmina Escobar, Ximena Mor, Salvador Moreno, Dafne y Sandra (Descartes a Kant), Renee Mooi, Alfonso André y Jessy Bulbo. En ese rol, sorprendió la similitud del estilo vocal de Carmina con el de Guerrero (especialmente en el soliloquio loco de “Labios mojados”); por su lado, Ximena Mor exprimió varios corazones con una muy sentida versión de “Lamento” mientras, al lado de Dafne y Sandra, Salvador encarnó al dios de la oscuridad cuyas pezuñas rascan a los de sed inmortal, en “La garra”.

En otro carril, Renee Mooi tomó al diablo por los cuernos y salió adelante con “Miedo”, al tiempo que, tras ella, en una pantalla, una mano anónima trazaba las siluetas de un puñado de excursionistas asomándose al vacío. André fue el factor sorpresa, pues cantó con rototoms al frente “Rinoceronte”, un tema inédito que pudo encontrar espacio en el álbum debut de Santa Sabina, aquel plato azul con tendencia al morado que aloja “Chicles”, una composición que buenas polvaredas levantó en los días en que el movimiento zapatista ocupaba las primeras planas de los diarios y que esta noche, por desgracia, Jessy Bulbo comandó a nivel vocal.   Respecto al compromiso que la banda sostuvo de por vida con el EZLN, el arribo de “Olvido” —dimensionada visualmente con un puma atravesando a trote raudo constelaciones trazadas por mujeres con pasamontañas— operó como un recordatorio para quienes encontraron en la discografía del grupo, más allá del ansia de hincar los colmillos en el cuello más próximo, la posibilidad de conocer una realidad cercana a la tierra.

Y aunque resultó revelador el momento en que Aldo y Leonel sustituyeron con sus instrumentos la voz de Guerrero en “La daga” (con saxofón y cello, respectivamente), así como descubrir que las guitarras de Valero y Otaola fueron más allá de encuentro estilístico para generar por momentos un diálogo que seguía su propia parábola dramática (y ni hablar del ya sabido excelso cimiento forjado por Figueroa e Iglesias en la base rítmica); fue cuando la voz de la propia Rita resonó que las arterias sonoras se dilataron para que las canciones fluyeran a su trote. Si a esto se adherían imágenes de la cantante —en algún punto conviviendo con videos protagonizados por Julio Díaz—, claro, el sentimiento vencía, especialmente en temas como “Nos queremos morir” y “Una canción para Louis (vampiro)”; instantes donde el gozo  y la pena se dieron la mano; compases contrastantes con “Siente la claridad”, quizá la más celebrada del concierto, una tonada esperanzadora dirigida por Noriega, sin duda la mejor intérprete de la lista de invitados.


Luego de casi tres horas de música, con el público exigiendo más y más, como si los adioses estuvieran desterrados, tiene lugar el acto en el cual la cinta de un caset gira en la penumbra, dejando que la de Guadalajara permee con su canto cada esquina del recinto. Del techo cae una luz blanca sobre ese atril con pétalos, un halo luminoso que proviene justo del sitio hacia donde Figueroa dirigió la vista a la hora de anunciar “El ángel”. “Rita, escucha esto”, alcanzó a decir. Así es como se van yendo treinta años de música y palabras. Quedan los discos, los recuerdos, las historias contadas de boca en boca, de clic en clic. Tal vez nunca en la historia del rock nacional una imagen fue tan impactante como la de ese atril floreado, solo, en escena. “Le pediría a la vida que vive con la muerte que acompañara mi poema”, cantaba Rita desde alguna parte, cargada de electricidad, mientras las cuerdas vibraban y se iba entendiendo, se quiera o no, que el fin del ciclo había llegado.