¡Última oportunidad de ser ruidosos! Ahí las palabras proferidas por John Lennon la noche del 22 de febrero de 1969 en los estudios de grabación Trident, ubicados en el distrito londinense de Soho. La cosa ocurrió cuando, acompañado de Ringo Starr, George Harrison y Paul McCartney, cantaba la versión primigenia de una composición que terminaría titulándose “I Want You (She’s So Heavy)”, un puñado de versos primitivos dedicados a Yoko Ono interpretado con la garganta rasgada y los amplificadores con el volumen más allá del número diez. Una salvajada aquella, pues, equiparable acaso con “Helter Skelter”. Todo iba de maravilla, el cuarteto tocaba recio, hasta que un vecino se quejó del ruido.

Parece increíble, pero así pasó: algún madrugador en el vecindario encontró inoportuno que los Beatles estuvieran haciendo escándalo tan tarde. Cuando Lennon fue informado del quejoso, se preguntó al micrófono quién diablos podía estar despierto a esas horas y sin pensarlo –no quería problemas con los de al lado– apresuró a sus colegas: “Bueno, intentémoslo una vez más, muy fuerte”. Y fue así como se la rajaron los cuatro, igual que antaño, cuando, después de atascarse de anfetaminas, se presentaban en tugurios plagados de marineros briagos en Hamburgo, ejecutando canciones de la calaña de “I Want You (She’s So Heavy)”; odas al amor bruto, al sentimiento germinal en estado puro corriendo bravo por las venas. No había de otra, después de todo: el final de los Beatles estaba cerca y los reunidos esa noche de febrero lo presentían.

De hecho, justo por eso habían decidido juntarse de nuevo, porque adivinaban un rompimiento cercano y querían grabar un disco a manera de adiós. Un adiós digno, pues apenas un mes atrás se habían presentado en la azotea del edificio de Apple Corps., donde ofrecieron un concierto breve, vale decir, interrumpido por la policía tras recibir quejas de los vecinos. Varios estaban al tanto de que para entonces el grupo se encontraba a punto de reventar en pedazos, que sus dinámicas internas funcionaban como una bomba de tiempo. Sin embargo, los músicos consideraron justo volver y hacer una obra más: Abbey Road, su doceavo álbum, su testamento sonoro; la muestra de que por más que detestes a quien por años amaste, a quien le entregaste tus mejores risas para luego verlas escurrirse por la coladera, vale la pena dar media vuelta tras la última rencilla para arrancarle a lengüetazos un fervoroso beso. El final, el del adiós.

Fotografías: Apple Corps, autorizadas para uso exclusivo de promoción de Abbey Road

Esa versión cerril de “I Want You (She’s So Heavy)” puede escucharse en la edición que celebra el 50 aniversario del lanzamiento del álbum cuya portada muestra a sus  autores cruzando, precisamente, la calle Abbey Road, la mítica avenida donde se encuentra el estudio de grabación en el que John, George, Paul y Ringo forjaron su temario. Se trata de una toma registrada por George Martin y Glyn Johns a la que más tarde se le adhirió el órgano de Billy Preston, para así darle forma a una áspera interpretación que abre de contundente modo los extras que engrosan las nuevas mezclas en estéreo que del álbum se hicieron (en 5.1 surround y Dolby Atmos). Un banquete para oídos filudos cocinado por Giles Martin (hijo del productor original de la obra, George Martin) y Sam Okell que los de cuentas bancarias sólidas gozarán, acompañado de un libro con cien páginas y un muy seductor picture disc.

Entre las versiones alternas que pueden escucharse en el paquete conmemorativo sobresalen aproximaciones a gemas de Harrison (“Something” y “Here Comes the Sun”) sin el pulido del que Martin se encargaría luego. Y es justo en esa fotografía sin retoques que aquel par de temas muestra su fulgor primario, su encanto avasallador a nivel armónico y melódico. En el primer caso, con la voz del autor ayudada de piano y guitarra; en la segunda, sin los arreglos orquestales diseñados por el mismo Martin. En ese rol, llama la atención “Goodbye”, una canción de McCartney interpretada con guitarra acústica y que en la voz de Mary Hopkin alcanzaría la fama después. Aunque si es el terreno vocal el que se aborda, vaya, prácticamente puede escucharse cuando Paul pasa saliva antes de montar esa fiera llamada “Oh! Darling”, un reto similar al adquirido por John a la hora de encarar “Come Together”, presumiendo la espesura de su flema (¿se ha estudiado a fondo la importancia de esta canción en la historia del rap?).

Atendiendo las cuentas que conforman el rosario que en un principio fue llamado “The Long One”, sorprende la destreza que tanto McCartney como Martin mostraron a la hora de untarle pegamento a “You Never Give Me Your Money”, “Sun King” (por cierto, atención a la fuente de inspiración de esta creación de Lennon: “Albatross”, del Fleetwood Mac primigenio), “Mean Mr. Mustard”, “Polythene Pam”, “She Came in Through the Bathroom Window”, “Golden Slumbers”, “Carry That Weight” y “The End”. Un trabuco dividido en dos capítulos por un breve silencio –a esa suerte de ópera pop en México se le conoció como “los popurrís uno y dos”– que moldea los principios y alcances del rock progresivo (aunque a John siempre le pesó tanta pedantería) y cuya orquestación, finalmente, es posible escuchar a solas para así comprender porque esa frase lapidaría de “al final, el amor que recibes es igual al que ofreces” a la fecha sigue alcanzando tintes épicos.

Con lo mejor de la tecnología a su alcance (la consola TG12345 patrocinada por EMI y el arribo de un sintetizador Moog, cortesía de Harrison, determinante en la personalidad de “Because”), el combo decidió hacerse una sesión fotográfica la mañana del 8 de agosto de 1969, justo a la salida del estudio de grabación. A Iain Macmillan le tomó media hora dar con la foto ideal, justo la toma en la que el bajista se deshizo de sus sandalias para cruzar el afamado paso de cebra descalzo y así desatar involuntariamente una serie de rumores respecto a su supuesta muerte. Por entonces, faltaban unos cuantos días para que la post producción de la obra culminara y Harrison, Starr, Lennon y McCartney posaran ante la lente por última vez, en la casa de John ubicada en Ascot. Cosa importante: una vez que el plato ocupó los estantes de las tiendas de discos (el 26 de septiembre de 1969), se supo que a sus autores les había tomado once álbumes atreverse a editar un disco sin que la palabra Beatles apareciera en la portada.

Desde entonces, se ha ido sabiendo que fue Paul quien tomó las riendas del proyecto final de los Beatles, aunque el zurdo se empeñe en decir lo contrario, afirmando que en realidad buscaba aflojar las riendas y el resto no se lo permitía. También es bien conocido que tras la edición de Abbey Road y un apéndice incómodo (Let It Be), el de “Yesterday” se las arregló para comerle el mandado a John y ponerle el punto final a la historia más fascinante que la música pop ha conocido. Aunque recientemente se dio a conocer una charla sostenida entre McCartney, Harrison y Lennon, plática grabada para Ringo, quien no pudo asistir a la reunión que tuvo lugar el 9 de septiembre del 69 en las oficinas de Apple. En dicha cinta, John sugirió que tras la edición de Abbey Road se grabara un álbum más como los Beatles e incluso planteó lanzar un sencillo nuevo en diciembre de ese mismo año. De modo que, quizás, antes de la llegada de 1970, Lennon no estaba del todo convencido de acabar con el grupo ni McCartney era la perita en dulce que los libros nos han enseñado.

Efectivamente, a estas alturas podría creerse que todo está dicho respecto a los Beatles, pero no es así. En ese sentido, la edición de 50 aniversario de Abbey Road se advierte reveladora debido a la impecable y flamante mezcla que ofrece, pero, más allá de eso, a consecuencia del montón de material extra que desvela: tramos de pláticas y metros de compases que se quedaron en cintas bajo llave y que ahora se asolean como esos cuatro greñudos aquella mañana de agosto en una calle londinense. Basta pegar los oídos a esa versión primitiva de “I Want You (She’s So Heavy)” para saber de cierto, por ejemplo, que John tenía boca de profeta y que esa noche del 22 de febrero de 1969 acertó al declarar que él y los suyos tenían enfrente una última oportunidad de ser ruidosos. Afortunadamente le dieron recio, uno puede certificarlo ahora, a deshoras, al subirle el volumen del reproductor de audio en casa para, por qué no, molestar a los vecinos madrugadores al grito de I Want You So Bad!