1. “Disculpen, no voy a Ecatepec, allá me han asaltado dos veces”, dice el jovial conductor del Uber con voz nerviosa, después de que el celular le indica su próximo destino. Echamos a la cajuela una mochila con un controlador y una computadora. Estamos en el auto para emprender el viaje al Edomex. Es jueves. Pasan de las cuatro y media de la tarde. Cae un aguacero en la CdMx. Rosa Pistola debe presentarse a las cinco y media en “La Bandida Ecatepec”, donde nunca ha hecho sonar sus mezclas de reggaetón. El trayecto sin lluvia nos llevaría cuarenta minutos. Nadie sabe qué nos deparará, pero la apariencia de Rosa y su amigo-asistente, Isra, es la adecuada para ir a la periferia; visten como cualquier reggaetonero. Pienso en la gente que vive en ese municipio del Edomex, en las veces que experimentan la misma situación por vivir en un lugar conocido como “Ecaterror”. El chofer no sabe a qué se dedica Rosa. Por el retrovisor se le ve nervioso: repite la palabra perdón. Explica que no se cobrará el servicio, que apagó su teléfono. Al mismo tiempo desea que nos bajemos de su auto que está limpio. Hay un silencio incómodo. Rosa le pregunta: “¿Nos bajamos en medio de la lluvia?”. El conductor dice que podemos esperar a que llegué otro carro. Minutos después arriba un nuevo Uber. Rosa tuvo que volverlo a pedir. Isra guarda la mochila en la cajuela. Subimos al vehículo. Le damos las buenas tardes al chofer, un señor bonachón. Nos contesta de igual forma, pero también está nervioso. ¿Hará lo mismo que su colega? No. Inicia el viaje.

Fotografías: Irving Cabello

2. Laura Puentes, de 31 años, es Rosa Pistola. Creció con su familia en La Ceja y Bogotá, Colombia. Sin embargo, cuando mezcla música urbana —bailando con esa complexión delgada que la distingue, vistiendo ropa excéntrica y dejando ver sus tatuajes que van de los brazos a su rostro— no puede negar que ha madurado en la CdMx, desde que tenía 18 años, edad con la que llegó en 2006. Sin dejar de ser su alter ego que la posee en antros, festivales y perreos clandestinos, donde el reggaetón es dominado por el sexo masculino, mientras está sentada en un sillón de su departamento, ubicado en la colonia Buenavista, se confiesa entre caladas a un churro de mota. “Desde niña fui muy freak, lo que me decían que estaba prohibido era lo primero que hacía”. Tras otros jalones comienza a reír infantilmente. Por una de las ventanas se escuchan niños jugando. No tarda en empezar a llover. El grueso porro que forjó para nuestra charla, junto a la taza con café caliente que me ofreció, está por terminarse. Le pregunto qué planes tenía cuando llegó a México. Explica que no tenía la menor idea de qué hacer con su vida en un país donde, únicamente, su deseo era conocer las pirámides. Con el tiempo descubrió que se le facilitaba confeccionar ropa. “Solo porque se me daba el diseñar prendas de vestir, fue como empecé a hacer lencería. Hacía prendas sadomasoquistas: corsetería, ligueros, látigos”. Levanta la taza de una mesita de madera. La lleva a la cocina para verter más líquido. Desde el otro lado de la pared grita: “Gracias a la lencería surgió el nombre de Rosa Pistola y pude comenzar a establecerme en la Ciudad de México”. Bajo ese seudónimo, buscó que su marca —la tiene desde 2012— pudiera distinguirse de los demás diseñadores. Y continúa hablando en cuanto me entrega la taza: “Así me di cuenta de que soy una mujer ruda, que no está tan apegada a la feminidad”.

3. Av. Central nos traga. El Uber se nutre del tiempo pretérito, cuando las actividades agrícola-ganaderas reinaron en esta zona conurbada hasta 1940. Desde entonces, Ecatepec se industrializó. También comenzaron a encontrarse cuerpos sin vida flotando en las aguas del Gran Canal. Pasamos la zona de Aragón, luego una parte de Neza. El paisaje está demacrado. Imagino asaltos, desapariciones y demás actos delictivos que le han cambiado la vida al Municipio más poblado del país, con un millón 677 mil habitantes ya en 2015, según datos del INEGI. En la Estación del Metro Ciudad Azteca finaliza la Línea B. Ahora sí estamos en Ecaterror. Llevamos casi una hora en el interior del Uber. Es a consecuencia del diluvio, el tráfico y las malas vialidades. Desde Plaza Aragón no podemos cruzar al otro lado, donde se alcanza a ver el UNITEC, la referencia que tenemos y está cerca de “La Bandida Ecatepec”. El GPS del auto se confunde: cambia de ruta. Nos internamos por unas calles sin pavimentar, llenas de basura, dando a conocer que la cuarta parte de la población vive en pobreza extrema. Como por acto de magia, damos de frente con el estacionamiento de una plaza comercial. El chofer duda en ingresar, pero su teléfono le indica que nuestro destino está a escasos metros. “La Bandida Ecatepec”, en medio de las Avenidas Central y Carlos Hank González, parece ser el gran bar de la zona. A un costado hay unas oficinas del SAT. Isra saca la mochila con el controlador y la computadora de la cajuela. Cuando vamos a ingresar al lugar donde dará inicio el tour, los guardias —junto con dos hombres que montan unas motos de pista— nos ven con suspicacia. “Hola, soy Rosa Pistola”, dice Laura. El semblante de todos ellos cambia. Nos dan acceso, no sin antes —menos a Rosa— revisarnos de pies a cabeza. Por dentro es un sitio inmenso. Su escenario es una locación perfecta para el cineasta Robert Rodríguez. Casi no hay gente: se ven cinco mesas con personas, y si no fuera por el gran número de meseras —además de los guardias—, pareciera ser un gran fiasco. Pero Rosa se siente bien porque ha cumplido con el primero de tres compromisos para el día de hoy. Están por dar las seis de la tarde. Un trabajador le indica a Isra dónde conectar el controlador y la computadora para que retumbe el Dj-set. Tomo asiento en una mesa, mientras preparan todo. Una joven y atractiva mesera se acerca: me pregunta qué deseo tomar. Pido una cerveza y observo que en las otras mesas hay dos o tres cartones de chelas que son divididos en grupos de cuatro a seis personas; también fuman tabaco sin ningún problema. Del escenario sube una cortina: Rosa llama la atención. De las mesas con gente sólo dos —contando en la que estoy— permanecen sin moverse. Las demás personas —unas ocho— se acercan al escenario gritando, chiflando, moviéndose al ritmo boricua originado a principios de 1990. Disfrutan porque la Dj esté otra vez en Ecatepec. Apenas regresó de una gira por Europa y mañana viernes irá a Nueva York; será parte de Warp Up, evento del MoMA PS1, una institución de arte contemporáneo. Los presentes no deben tener más de 25 años. Se respira amistad y noviazgos. La mayoría son chicas que visten pantalones entallados: sus cuerpos son sensualidad pura cuando perrean, meneando sus culos mientras con ambas manos se toman del escenario. Pero Ecatepec es la zona con más feminicidios del país. En 2015, se declaró la alerta de género. El 70 por ciento de las víctimas son mujeres entre los 20 y 35 años. Ocurre eso, ya que operan narcos, redes de trata de personas, traficantes de órganos y hay personajes como “El Monstro de Ecatepec”, asesino serial que dio de qué hablar en 2018, al haber matado a veinte jovencitas. Torturas y violaciones han sido el terror del sexo femenino que habita este municipio, en colonias como Granjas Valle de Guadalupe, Jardines de Morelos y más. Aun así, ellas se entretienen: deben seguir siendo adolescentes, libres, felices, rebeldes. En la parte trasera de “La Bandida Ecatepec”, junto a la barra, las meseras también bailan y cantan. Las dos horas que se presenta Rosa ayudan a que Ecaterror deje de sentir miedo. El Dj-set finaliza. Todo volverá a su entorno violento, simplemente porque la diversión para los jóvenes de aquí termina temprano. Es peligroso andar de noche y pocos pueden ir a divertirse a la CdMx.

4. El hogar de Laura está repleto de objetos de Dragon Ball Z. Sobresalen las figuras de Goku y Freezer. Le digo algo que, estoy seguro, siempre le han mencionado: lo del nombre-significado de Rosa Pistola; si uno lo achilanga, es un albur. “Sí, todo el tiempo me dicen eso. Al principio no entendía lo del doble sentido. Me decía: ‘Puta… ¿Qué hice?’. Los primeros años defendía mucho el nombre, solo que cuando comencé con lo del reggaetón le saqué provecho”. Pero antes de que el mundo del perreo mexicano la conociera como Rosa Pistola, ya estaba envuelta en la música. “En el colegio era parte del grupo de percusiones, tocábamos mapalé. Y cuando cumplí quince años, pedí un tambor llamador”. Agrega que ha tenido problemas de personalidad: abandonó la escuela precisamente a los quince años, no terminó sus estudios y comenzó a hacer sus cosas. “Todo lo que aprendo lo hago yo sola. Descosiendo ropa que me gustaba, viendo cómo estaba hecha, calcándola en un papel y volviéndola a armar es como aprendí a coser”, dice. “Pero otra cosa que me ayudó fue el Internet: veía tutoriales para saber manejar programas de música. Podría decir que todo ha sido gracias a YouTube”. No obstante, para llevar a cabo la tarea de Dj, sí tuvo un mentor. Se le dibuja una cara de gratos recuerdos. Esa persona que la ayudó para que su carrera despuntara fue Lauro Robles (DJ Lao, del Colectivo NAAFI). “Que él me haya enseñado es algo súper importante. Marcó diferencia entre mi trabajo y el trabajo de los otros Dj’s de reggaetón”.

5. Quien conduce el Uber a Cuautitlán Izcalli es una mujer entre los 35 y los 40 años. Tiene un semblante de pocos amigos. No es grosera. Entiendo que está acostumbrada a trabajar en la periferia y que puede ser una habitante más de ella. Inicia el viaje a “Däzs Izcalli”, donde será el segundo compromiso de Rosa. Según estaremos ahí en una hora. Isra va de copiloto y decide sacar su teléfono: mata el tiempo viendo Instagram. Rosa, quien va en la parte trasera, a mi costado, cierra los ojos, coloca su gorra de los Toros de Chicago hacia la parte baja de su cara e intenta dormir. Yo voy viendo el paisaje: el color opaco de la tarde da un ambiente más urbano. No sé dónde estoy. Solo veo fábricas, monte, terrenos baldíos y casas a medio construir. El camino es por algo parecido a una autopista. La mujer que va al volante maneja como si pasara por ahí todos los días: va a más de 120 kilómetros. Baja la velocidad. Toma atajos por angostas calles. Isra sigue con la mirada fija en su celular y Rosa duerme profundamente. Asimilo todo: no sabía que el trayecto por estos sitios mexiquenses me provocaría ansiedad. Cruzamos una parte de Tultepec. Lo sé porque veo una granadera de ese municipio. Hay topes en todas las arterias: frenar y acelerar hace más angustioso cada segundo. Y sin darme cuenta, cuando la mujer al volante toma un par de puentes viales, estamos en Cuautitlán Izcalli. Agradezco que mis traslados en la CdMx, apretujado en el Metro durante algunas estaciones, arriba de un microbús pasando mi pasaje desde la parte de atrás o haciendo corajes porque la lluvia no me deja pedalear mi bici con normalidad, sea lo que me saca de quicio. Y agradezco eso, porque también pienso en todos aquellos que diariamente se trasladan desde estos lugares a Chilangolandía, para trabajar o estudiar, bajo la firme idea de salir adelante, lidiando con la inseguridad que se incrementa en lugar de disminuir. Ha oscurecido. El GPS del auto indica que hemos llegado a “Däzs Izcalli”. Rompimos el récord del Uber CdMx-Edomex: estuvimos en el interior del auto casi hora y media.

6. En sus inicios musicales, Laura tocaba punk y noise. Ambas cosas la socorrieron para que pudiera involucrarse en el mundo del perreo mexicano. “Estar dentro del ambiente musical me ayudó, pero para meterme de lleno en el reggaetón, me dejó más enseñanzas el entrenamiento que tuve con R†P, mi tienda de ropa”. Menciona eso, ya que haciendo otra música no le ponían atención. Y agrega: “Trabajando en mi tienda comencé a lidiar con los verdaderos tiburones de la industria musical. Me di a conocer y descubrí lo que hay detrás del negocio. Algo que me gustaría que quedara muy claro es que yo no me volví famosa por ser la mejor Dj. Yo me volví famosa por una cuestión de respeto. Usaba los medios económicos y los contactos que tenía la tienda para promover y ayudar a gente que estaba haciendo música urbana”. Así mismo, como parte de R†P Records creó el proyecto Los Xxxulo$ y apoyó a otros Dj’s. “Esto ocurrió antes de que saliera Candela Music, Michael G y todo lo que ahorita está sonando muy fuerte. De hecho, yo patrocinaba a algunos de ellos: pagaba horas de estudio, sesiones de fotos, videos musicales”. Acerca del drástico cambio, comenta que no tiene nada de malo. “Sí eres de Colombia escuchas salsa, merengue, vallenato, reggaetón, rock. Eso lo trae uno desde los diez años, pero cuando creces te pones a escuchar cosas ya más en específico. Yo comencé a oír Ivy Queen, Don Omar, Tego Calderón”. Esa es la razón por la que, siendo colombiana, igualmente creció escuchando ritmos y artistas similares del género urbano para verse atrapada por todo eso que ahora podría etiquetarse como otra subcultura plagada de estilo e identidad, donde se involucra vestimenta, se usan motonetas, hay slang y primordialmente se desenvuelve en zonas chakalonas, como parte de la sociedad le llama al peligro. “El reggaetón mexicano me cautivo”. Se toca con sus manos el pecho. “La estética de los chakas me gustó. Siempre la gente con más onda es la que vive en zonas marginadas. Los veía y decía ‘qué guapos”.

7. “Däzs Izcalli” es definición de pubertad y catarsis. Rosa se presenta en la entrada del lugar. Los guardias nos dan acceso sin revisarnos. A diferencia del bar de Ecatepec, “Däzs Izcalli” no irradia. La calle no tiene iluminación. Ni siquiera veo algún anuncio del bar. Unas escaleras avisan que ascenderemos al edén del perreo. No tan claro, con buena ecualización como en Ecaterror, el ritmo del reggaetón estalla en mi pecho. Y subiendo los escalones, se comienza a ver en el techo una especie de medusa marina que prende y apaga: sus tentáculos alumbran el lugar que es más grande de lo que imaginaba. “Däzs Izcalli” está repleto. Hay una nueva generación que vive el ritmo puertorriqueño que muchos pensaban era algo pasajero. Algunos son menores de edad, pero este tipo de recintos están destinados a la juventud tachada de pobre, marginal y con mal gusto. Como sea, en zonas conurbadas de la CdMx la diversión es más anárquica. La mayoría se da cuenta de que Rosa ya llegó. Los guardias la rodean, la ayudan a que suba a una tarima. El volumen de la música es alto. Aun así, se oye un grito en conjunto de los presentes: “¡Rosa, Rosa, Rosa!”. Me quedo perplejo: contemplo los rostros de felicidad. En medio de las alabanzas, Isra conecta el controlador y la computadora. Hace eso y no deja de cantar “Te lo tiro pa’ que bailes”, de Plan B. En menos de cinco minutos, Rosa está mezclando canciones, después de que un intro parecido al de los sonideros mexicanos de cumbia, guaracha o salsa, anuncia que el perreo está iniciando. Voy a la barra a comprar una cerveza. Su precio es de 20 pesos, me emociono más. Intento subir a la tarima para colocarme atrás del controlador y la computadora, viendo de frente al público. Uno de los seis guardias me toma de mi brazo derecho, lo aprieta y, en cuanto está por bajarme del escenario, otro de sus colegas le dice: “No, güey, viene con ella”. Ambos me ofrecen disculpas. “No pasa nada”, digo. Veo cómo el auditorio comienza a volverse loco con las canciones. Le pregunto a Isra si ya habían venido antes a “Däzs Izcalli”. Me dice que no. También me explica que la idea de su amiga, a quien siempre acompaña a estos sitios, es hacer la función de “Sonidos como Pancho”: ir a sus fans, no que los fans vayan a ella.  Una de las chicas sube a la tarima. Baila el tema “La mona”, de El Habano, uno de los reggaetoneros del país con un perfil más under. La canción dice: “A ella le gusta monear en el barrio / pa’ sentirse de vecindario / activando día con día / está haciendo rica a la tlapalería”. No hace caso de un guardia —le pide que se baje— y sigue haciendo como si inhalara PVC. Y como es hora y media la que tiene Rosa para poner a perrear a todos, decido ir por otra chela. Regreso junto a Isra y él también baila, graba y toma fotos. No lo puedo evitar: me muevo al ritmo del reggaetón, como si tuviera 17 o 18 años. Aunque haga el ridículo, la música me posee. Contagia ver a los fans de Rosa llegar al clímax. Decido ponerme a caminar por los terrenos de “Däzs Izcalli”. Igual que en Ecatepec, en las mesas hay de dos a tres cartones de cerveza que comparten entre amigos y parejas. El humo del tabaco da tintes de antro noventero. Por todos lados danzan sexosamente. Algunos chakalones voltean a verme y bailan con más ímpetu. Lo hacen solos, en grupo o con alguna chica que toman de la cintura. Me siento fuera de lugar, me siento viejo, aun cuando algunas jovencitas me sonríen moviendo sus caderas con encanto. Pienso que mañana tocará en un evento del MoMA PS1, en Nueva York; pero ahora mismo sus seguidores de Cuautitlán están gozando sus mezclas. Finaliza la presentación de Rosa y el público hace una fila para fotografiarse con quien llegó a su tierra de Neverland, alejada de la gentrificación y los bellos paisajes. Mientras el Uber llega por nosotros, los guardias organizan una fila y ella intercambia fotos por abrazos y besos.

8. Laura tardó cinco años en descubrir el perreo mexicano. Desenvolverse ahí no ha sido fácil: siendo mujer es más peligroso. “Aunque siempre he vivido mi vida al límite, en el verdadero ambiente del reggaetón, el under, hay que andarse con cuidado”. Hace referencia a los eventos que se organizan en Ecatepec, Izcalli, Coacalco, Tultitlán, Tláhuac, Martín Carrera, etcétera. “He llegado ahí porque me he especializado en un estilo con más maleanteo. Algunos que me contratan se dedican a hacer cosas malas y me gusta trabajar para ellos”. Pero gracias al respecto que se ha ganado, ya no vive tantas situaciones delicadas. “Me di cuenta de que uno en esos ambientes termina cuidándose a sí mismo. La gente te aprecia, pero cuando estás en medio de una balacera, ellos te acaban de conocer y no pueden hacer algo por ti”. Entonces, por esas experiencias, comenzó a hacer eventos como Perreo Pesado, en diferentes zonas de la metrópoli. Sin embargo, también había una vibra chakalona. “Yo sola no podía manejar esas situaciones. Todos en México son así. En redes sociales me siguen policías que parecen chakas. Te metes a sus cuentas de Instagram y en sus fotos posan dentro de sus patrullas, con sus armas. Hasta he podido conocerlos en eventos y andan perreando”.

Se oye una canción de Katy Perry afuera del departamento y le pregunto por qué el reggaetón es el ritmo preferido entre la juventud. Pone atención a la melodía y dice: “¿Cómo una persona que toda su vida ha vivido situaciones difíciles se va a relacionar con alguien que canta sobre algodones de azúcar?”. Me pregunta, pero ella misma se responde: “La música transmite muchos sentimientos y el reggaetón trata cosas muy reales. Uno lo puede saber con la misma vida. Aquí, en la Ciudad de México y sus alrededores, aunque seas fresao seas chaka, para ambos es difícil sobrevivir. En las calles siempre te topas con cosas muy locas”. Afirma que sí se las ha visto difíciles al llegar a sitios donde el perreo es verdadero, en las zonas perdidas a donde llega. “La gente que se acerca a decirme algo, quisiera hacer lo que yo hago porque piensa que es sencillo. Pero las oportunidades están para todos”, dice. “Es importante luchar por las cosas que uno quiere. Un día, una chava que comenzaba en la música urbana me dijo que la habían invitado a tocar a Coacalco pero que no iría, porque le pagarían 700 pesos. Cuando yo empecé a tocar, el primer año nadie me pagó ni veinte pesos. Y la primera vez que fui a Coacalco me dieron 350. Iba y venía en tren suburbano, en combi. Hacía eso yo sola. Pero lo que cambió es que ahorita me puedo mover en Uber a todas mis tocadas que son en la periferia. Todo esto me lo he ganado”. Menciona eso, ya que en esos eventos sigue cobrando barato y comenzó a hacer tours que en un mismo día abarcan el Edomex y la Ciudad de México.

9. El regreso a la CdMx es rápido. Pasan de las diez y media de la noche. Rosa, aunque antes de iniciar el tour haya dicho que le gusta la soledad, se percibe contenta. “Ahora no me agarraron el culo”, le dice a Isra. Pregunto sobre lo que acaba de decir: me aclara que algunas chicas cuando se fotografían con ella hacen eso. También agrega que los hombres son más tímidos. Hace énfasis en que lo mejor de su trabajo es ir al Edomex y las periferias. Y pasa eso porque la historia del perreo mexicano ha tenido momentos trágicos. Basta con recordar lo que pasó en el New’s Divine, discoteca alguna vez ubicada sobre la Av. Eduardo Molina, en la colonia Nueva Atzacoalco de la entonces todavía Delegación Gustavo A. Madero, donde aquel 20 de junio de 2008, en una tardeada de reggaetón, murieron doce menores de edad por asfixia, a consecuencia de una estampida humana provocada por la policía, al generalizar a los escuchas de esta música como delincuentes y drogadictos. O las burlas y ataques que solían darse —en aquellas mismas épocas— con esa explosión de combos reggaetoneros que se adueñaban de estaciones del Metro, tepichulos y tepichulas que saltaron a la fama por acudir cada día 28 a ver a San Juditas, entre otras cosas asociadas al perreo mexicano. Nuevamente en Buenavista, en la guarida de Rosa, a punto de salir al último compromiso de la agenda en un antro gay, nos hace de cenar arroz con frijoles. Arriba el quinto Uber y el trayecto no dura nada. Sobre la calle Niza, con el número 45, donde está ubicado “Rico”, se ve una fila que hacen chicas y chicos para entrar a divertirse. ¡Todo es tan distinto a “La Bandida Ecatepec” y “Däzs Izcali”! Aquí lo chakalón es una moda que viene de las periferias. Vamos al segundo piso y Rosa, pasadas las doce y media de la madrugada, inicia con su último Dj-set en medio de drag queens, gays, lesbianas, adolescentes de zonas céntricas, extranjeros, chakas y wanna be chakas.

10. Antes de abandonar el departamento de Laura, con una idea en mi cabeza de lo que es la escena reggaetonera mexicana, tengo claro que lo que Rosa Pistola busca dentro de este movimiento identificado con lo maloso y vulgar es sobresalir, atraer al público under y pop, a todos aquellos que digan o duden si ella es real o falsa dentro de la música urbana. “La mitad de esto lo hago por amor a la música y la otra mitad por respeto y legado”. Abre la puerta de su departamento: “Me gustaría que la gente me recordara por hacer muchas cosas. Me gustaría que las chicas se dieran cuenta de que esto no es un pedo de género sino algo social. Cuando eres Dj es muy difícil conservar una pareja o amistades. Los fines de semana son para trabajar. Entre semana todos están ocupados y no puedo convivir con nadie. Es complicado. Es mucho sacrificio. Yo hago eso por el reggaetón”.