Más que conocida es la historia del Festival de Woodstock y lo que pasó en escena. Incluso hay una película documental que lo cuenta todo… o casi todo. Porque una parte muy interesante es aquella que narra lo sucedido detrás de lo que se vio, los pormenores ocultos del evento. Aquí se los revelamos, medio siglo después.

Hace 50 años, en un lugar del estado de Nueva York, en los Estados Unidos, se llevó a cabo el Festival de Woodstock, una celebración de tres días de “Paz, Amor y Música”. El evento rebasó todas las expectativas y se convirtió en el punto culminante para el llamado movimiento hippie de la década de los sesenta. En torno al festival se ha forjado una leyenda que en algunas de sus partes es inexacta. Por ejemplo, se dice que a un par de promotores buena onda se les ocurrió organizar un concierto para demostrar que la nueva generación era muy “alivianada”. Se afirma que Woodstock 69 fue un festival gratuito que no tenía –desde sus inicios– fines de lucro y que solamente The Who cobró por participar. Todo lo anterior es mentira. Existen cantidad de afirmaciones que son parcialmente ciertas o del todo falsas. En este espacio se pretende desglosar la historia real de un evento que –sin querer– se convirtió en La Madre de Todos los Festivales Musicales, en un ejemplo a seguir y en obligado punto de referencia para actos similares en el futuro.

Fotografía: Derek Redmond y Paul Campbell bajo licencia de Creative Commons.

Los alivianados organizadores

Nada más alejado de la realidad decir que los organizadores de la primera edición de Woodstock eran unos pobres pero emprendedores muchachos, quienes se reunieron para celebrar tres días de música porque se les ocurrió. Estos fueron los hechos y los nombres:

John Roberts. Era el nieto (inmensamente rico) del fundador de la Black Drug Company. Heredó doscientos cincuenta mil dólares a los veintiún años y poseía una fortuna aún mayor en bienes raíces. Tenía 25 años en 1969.

Joel Rosenman. Abogado. Hijo de un prominente ortodoncista. Estudió Literatura Inglesa en Princeton y después leyes en la Yale Law School. Secretamente albergaba la ambición de ser cantante, pero siempre fue rechazado por los músicos con quienes trabajó. Poseedor de un sentido del humor sarcástico. Tenía 25 años en 1969.

Michael Lang. Niño rico que quería parecer pobre. Abrió una tienda en Florida. Publicó un periódico underground antes de ser ayudante en el Miami Pop Festival. Cambió a ser manager de grupos. Escapó de la preparatoria. Tenía una propiedad en la costera y un Corvette dorado, además de 25 años en 1969.

Artie Kornfel. El único pobre del cuarteto, aunque después se volvió rico. Era un ejecutivo A&R, bien pagado, en Capitol Records. Personificó al hombre de negocios corporativo de finales de los sesenta. Hábil concertador, simpático. No tenía dinero pero, sí, 25 años… en 1969.

Inicios ejecutivos

Puede decirse que el Festival de Woodstock empezó en un curso de golf en Huntingdon, Long Island, donde coincidieron Roberts y Rosenman. Ahí se hicieron amigos y se empezaron a frecuentar. Aburridos de sus empleos “fresas”, decidieron escribir guiones para venderlos a la televisión. Rosenman pensaba hacer uno que se refiriera a “dos jóvenes con fondos ilimitados, sacando dinero de sus ideas”. En marzo de 1967, colocaron el siguiente anuncio, durante dos semanas seguidas, en el New York Times y el Wall Street Journal: “jóvenes con capital ilimitado buscan oportunidades legítimas e interesantes de inversión e ideas para hacer negocios”. Recibieron siete mil respuestas que iban desde actividades ilegales hasta fuentes de poder provenientes de la octava dimensión, pasando por pelotas de golf biodegradables. En el verano de 1967, empezaron su contacto con la gente cuya propuesta era más sensata.

La música también cuenta

Por otra parte, un buen día Michael Lang entró en la oficina de Artie Kornfeld con el fin de que contrataran al grupo Diesel, al cual manejaba entonces. Ambos jóvenes sintieron una gran afinidad y se hicieron buenos amigos. Kornfeld tenía la idea de construir un estudio de grabación en Woodstock, al norte de Nueva York, donde vivía. El lugar tenía atmósfera: Bob Dylan tenía una casa ahí y también era el refugio temporal para gente como Janis Joplin, Van Morrison, The Band y Blood Sweat & Tears, entre otros.

Cuenta la leyenda que, en febrero de 1969, Kornfeld y Lang fueron a ver a Roberts y Rosenman. No podían convencerlos de llevar a cabo el proyecto de construcción de un estudio, pero cuando Lang y Kornfeld propusieron publicitar el proyecto mediante una fiesta para la prensa en la cual actuara Bob Dylan, los hombres de negocios abrieron los ojos (seguramente se frotaron las manos) y desencadenaron una tormenta de ideas: “¿Por qué no nos saltamos la idea del estudio y hacemos un gran concierto?”, dijo Lang. “Podríamos hacer una fortuna”. A Rosenman y a Roberts les encantó la idea, ya que parecía ofrecer una ruta de escape a su vida llena de respetabilidad. “Suena plausible”, contestó Roberts, “y no es tan riesgoso. Después de todo, ¿qué tanto problema puede haber en organizar un concierto?”. Se aceptó la idea sólo si con las ganancias construían el estudio de grabación.

Nace el consorcio Woodstock

De esta manera, los cuatro amigos trazaron un plan mercadológico. La marca Woodstock tendría que ser maximizada. Woodstock Ventures sería el vehículo de producción para el festival. Habría también una empresa denominada Woodstock Reality, la cual compraría el terreno donde se fincaría el estudio, además de Woodstock Management, misma que contrataría a los artistas; Woodstock Records, para grabar los discos, y Woodstock Music Publishing para registrar las canciones. En esa junta se aceptó que Roberts y Rosenman entregarían ciento cincuenta mil dólares. El plan era vender boletos por anticipado para financiar los gastos. “Contrataremos el talento y haremos la planeación, promoción y producción”, anunció Kornfeld. Las utilidades se repartirían al cincuenta por ciento entre las dos parejas de socios. Los costos se estimaron en doscientos mil dólares. Si podían convencer a setenta y cinco mil personas de asistir, a seis dólares por día, el negocio sería redondo. Se decidió que el festival se realizara el fin de semana que empezaría el viernes 15 de agosto de 1969.

Buscando un lugar adecuado

Las estrictas leyes que regían en Woodstock echaron abajo la idea de llevar a cabo el evento en ese lugar, por lo que debieron buscar otro. Localizaron un amplio terreno en el pueblo de Wallkill. Pertenecía a un granjero que lo estaba vendiendo para un desarrollo urbano y que tenía cerca un centro comercial que parecía bueno para dar servicio a los asistentes al festival. Se enviaron trabajadores con bulldozers para preparar el terreno. El 2 de julio, Roberts y Rosenman comían despreocupadamente en el restaurante del hotel Four Seasons y recibieron un telefonema que los puso a temblar: el grupo Concerned Citizens of Wallkill impediría la celebración del festival. Una vez más, los organizadores carecían de un sitio para realizar su evento. Además hubo otros problemas: Abbie Hoffman, dirigente del Youth International Party (YIP) y de una organización izquierdista llamada explícitamente Up Against The Wall Motherfuckers, amenazó con sabotear el concierto si no recibía de inmediato diez mil dólares que días después tuvo en sus manos.

Lang viajó intensamente en helicóptero, a fin de localizar con urgencia un lugar para el festival y nada pasó hasta que un granjero llamado Max Yasgur telefoneó a las oficinas de Woodstock Ventures. “Tengo una granja”, dijo, “en un lugar llamado White Lake”. Yasgur recibió setenta y cinco dólares por el terreno. El problema principal había sido resuelto. El Diamond Horseshoe, un hotel desahuciado y con un solo baño, cercano al área adquirida, fue tomado como centro de operaciones del equipo.

Unos cuantos requerimientos

El paso siguiente era solucionar situaciones más específicas como las necesidades sanitarias. Para tal efecto, se rentaron dos mil inodoros portátiles. El problema era qué hacer con los desechos recolectados. La alcaldía insistió en que fueran trasladados lejos de su jurisdicción. Entonces, los organizadores tuvieron que contratar a un especialista en biología, para que dictaminara que el festival y sus consecuencias escatológicas no eran un peligro para la salud.

Ya se estaban arreglando diversos asuntos. Sin embargo, a todos se les había pasado por alto quién iba a alimentar a la gente. Lang sugirió que se contratara a Jeff Jorger, quien tenía un negocio de alimentos preparados llamado Food for Love y a quien se le construirían varios puestos.

Otro problema fue la seguridad. A Joe Fink, comandante de la Novena Delegación de Maniatan, en el Lower East Side, le pidieron que cubriera este aspecto. No obstante, como a los policías se les prohibía trabajar fuera de su jurisdicción, se propuso un pago de cincuenta dólares diarios a cada elemento. Se eligió a cuatrocientas personas, a quienes se les distribuiría una camiseta –con la palabra PEACE al frente y el logotipo del festival en la espalda–, unos pantalones de mezclilla, una gorra y la indicación de que fueran “extremadamente alivianados”. Dos semanas antes del evento, Abbie Hoffman distribuyó un panfleto que decía: “Vamos a Woodstock y saludemos a los tiras de Nueva York, quienes van a estar desarmados. Démosles una cálida bienvenida”. La respuesta del comisionado de la policía neoyorkina fue prohibir a sus elementos trabajar en Woodstock. A pesar de ello, un puñado de guardianes se presentó a las oficinas de Woodstock Ventures, para anunciar que estaban dispuestos a participar sólo si les pagaban cien dólares por día a cada uno. No hubo otro remedio que acceder.

Últimos detalles

Pocos días antes del concierto, se recibió una llamada de Stephen Stills, del trío Crosby, Stills & Nash, quien estaba sumamente nervioso con la idea de la actuación de su grupo (aún no habían tocado juntos en público) y estaba considerando no participar. Mientras hablaba, en la oficina de los organizadores se escuchó el tema “Suite: Judy Blue Eyes” (compuesto por Stills para su ex novia, la cantante de Judy Collins) y esto lo convenció para asistir.

El miércoles 12 de agosto, los lugares de estacionamiento ya estaban marcados y atendidos; las zonas de campamento, despejadas. El equipo de construcción había levantado el escenario. Los inodoros, los puestos de primeros auxilios y las áreas de los tanques de agua funcionaban correctamente. En un claro del bosque había una especie de supermercado hippie y los senderos a ese lugar tenían letreros como: “Camino alivianado” o “Avenida de Acuario”. Cinco acres fueron destinados como campo de juegos para niños (con todo y columpios) y había un mini zoológico para ellos, con borregos, cerditos, gallinas y una vaca bebé.

La noche de aquel miércoles (dos días antes de la apertura), ya habían llegado cincuenta mil personas que se agolparon en la puerta de acceso. Wes Pomery, jefe de seguridad, le dijo entonces a Roberts: “John, yo creo que deberías darte cuenta, de una vez por todas, que no vas a poder abrir las puertas y cobrar tu dinero. Intenta que esta gente se aleje del área del concierto y vas a tener una bronquísima en las manos”. De ese modo, la fuente alterna de financiamiento que los organizadores habían planeado, se desvaneció. Los integrantes de Food For Love informaron también que, en todo caso, dependiendo de cómo se pusieran las cosas, sacrificarían utilidades.

Día 1 – Viernes 15 de agosto de 1969

La mañana del 15 de agosto de 1969, un joven de dieciséis años se deslizó por el vagón de basura, cayó y cuando lo encontraron ya estaba muerto. El público, en ese momento, fue calculado en más de cien mil personas, cuarenta mil más del número máximo previsto para los tres días y el evento no empezaría sino 24 horas después. Los caminos estaban bloqueados por 40 kilómetros de embotellamiento vehicular. Y la gente seguía llegando. Al terminar la noche del viernes, a un joven se le ocurrió escalar la torre principal de iluminación. Se le hicieron todo tipo de advertencias, pero como la multitud lo aclamaba, el tipo iba de atrás para adelante entre los cables, alcanzó finalmente la cima y se mareó, cayendo desde una altura considerable, aunque sobrevivió.

En el escenario aún no estaban tendidas las líneas de electricidad, por lo que los actos acústicos fueron puestos en fila mientras los trabajadores laboraban frenéticamente para terminar. Se abrió un camino detrás del escenario para conducir a los músicos, pero ya estaba bloqueado antes de empezar. En el hotel de la localidad (a once kilómetros del campo) se encontraban los organizadores tronándose los dedos y suplicando a Tim Hardin, un cantante folk y de protesta, que iniciara el concierto, el cual llevaba siete horas de retraso. Le rogaron durante una hora sin éxito. De pronto se dirigieron a Richie Havens, un cantante negro de folk, para que hiciera esa obra de caridad, ya que la multitud sobrepasaba a las trescientas mil personas. Havens accedió, después de advertir que si la audiencia empezaba a lanzar cosas al escenario, se iría. Él y su percusionista fueron trasladados en helicóptero al lugar de su actuación. Seis veces salió del escenario y seis veces los organizadores lo regresaron. Fue el único músico que tocó en Woodstock durante dos horas y cuarenta y cinco minutos, ya que nadie más podía llegar a sustituirlo. Country Joe McDonald, con su guitarra acústica y sin su grupo The Fish, fue programado para seguir el concierto. No obstante, los organizadores se percataron de que John Sebastián, el compositor y ex líder de los Lovin’ Spoonful, se encontraba deambulando detrás del escenario, completamente drogado. Aunque no estaba programado, le pidieron que subiera a cantar algo. El artista accedió, estando aún fuera de este mundo; se enfrentó a la multitud armado de su guitarra y originó uno de los momentos más íntimos y emotivos del festival.

La noche de ese viernes, una tormenta cayó sobre el área del evento. El doctor en jefe del Comité Médico para los Derechos Humanos fue trasladado en helicóptero ese día y casi se infarta al percatarse de la falta de elementos medicinales para atender cualquier eventualidad. Declaró el lugar como “zona de desastre médico”, amenazó con avisar al gobernador del estado para que enviara al ejército y, finalmente, voló al aeropuerto de La Guardia para traer consigo doctores y enfermeras voluntarias. Mientras esto sucedía, Joan Báez, una incansable luchadora por los derechos civiles e impugnadora de la guerra de Vietnam, iniciaba su actuación en un avanzado estado de gravidez. Dedicó su interpretación a su esposo David, quien cumplía una condena por negarse a ir a la guerra y en esos momentos se encontraba en huelga de hambre.

Arlo Guthrie, hijo del famoso compositor folk Woody Guthrie, estaba en malas condiciones, debido a la cantidad de sustancias que había ingerido, pero fue capaz de cantar arrastrando las palabras de algunas canciones, como “Coming into Los Angeles”. Finalmente, Tim Hardin subió al escenario y cantó su repertorio más conocido, incluido “If I Were a Carpenter”. Otro de los músicos que actuaron pero no aparecieron posteriormente en el disco y la película fue el citarista hindú Ravi Shankar. La muy joven cantante folk Melanie fue al festival acompañada de su madre y se acercó a los promotores para ver si había manera de cantar. Más rápido que de prisa, fue llevada al escenario.

Día 2 – Sábado 16 de agosto

A las ocho de la mañana del sábado, la somnolienta multitud despertó con una súplica del sonido local: que recogieran la basura que amenazaba con saturar el lugar. Michael Lang amenazó por el micrófono que de no ser así, las autoridades sanitarias suspenderían el evento.

Se corrían todo tipo de rumores, como aquel de que el agua para beber contenía LSD. Ese día, en las improvisadas oficinas de Woodstock Ventures cayó un ejemplar del New York Times que mostraba una toma aérea del área del festival. Esto provocó una gran impresión, ya que hasta ese momento los organizadores se percataron de la magnitud del concierto. El artículo que acompañaba a la foto era extremadamente negativo; sin embargo, como una de las hijas del editor en jefe del diario estaba en un lugar del backstage, se aprovechó esta situación para que desde la casa de Max Yasgur la joven llamara a su padre y le dijera que nada de lo dicho por el reportero era cierto y que debía ser desmentido. La siguiente edición del diario mencionaba: “Max Yasgur, el hombre del momento”.

Para el mediodía del sábado, mientras el cuarteto californiano Creedence Clearwater Revival tocaba “Orgullosa María”, un muchacho se descolgó por los cables de alta tensión que conectaban el escenario gritando: “¡Soy alguien!”. Después de un toquezazo eléctrico —que no lo mató de milagro—, cayó sobre el toldo de una camioneta. Se había colocado una tienda para atender los “malos viajes” y ahí ocurrieron algunos palomazos (jam sessions que les dicen los gringos) espontáneos, como aquel formado por Bobby Newhart (amigo de Bob Dylan), Rick Danko (integrante de The Band) y John Sebastian.

Un telegrama del grupo Iron Butterfly (que estaba programado) llegó a las oficinas de los organizadores con este mensaje: “Ustedes envían un helicóptero a La Guardia. Nos trasladan a Woodstock. Tocamos de inmediato y nos regresan al punto de origen o no actuamos”. La respuesta del encargado, John Morris, fue un tajante “Fuck you!” y ahí quedó la oportunidad de ese grupo de participar en el evento que se volvería legendario.

A eso de la medianoche, Joel Rosenman enfrentaba un pequeño problema: The Who  y The Grateful Dead exigían su pago de inmediato y en efectivo o se retiraban del lugar. “¿Qué pasaría si esos dos grupos no se presentaran?”, preguntó Rosenman a Morris. La respuesta no se hizo esperar: “Habría disturbios generalizados”. Sólo quedaba una opción. Rosenman llamó a Charlie Prince, el banquero de Woodstock Ventures, lo despertó y le dijo que necesitaba urgentemente  veinticinco mil dólares. El funcionario le explicó que era sábado, que el banco de White Lake operaba hasta el lunes y que la caja abría por tiempo. La solución fue enviar un helicóptero a la casa del banquero, quien abrió su negocio y emitió cheques de caja para pagar los honorarios requeridos.

La aparición de los Who había sido una pesadilla, pues fueron contratados para tocar en un concierto en Tanglewood, Massachussets, en agosto 15, y el agente Frank Barcelona les suplicó, casi con lágrimas en los ojos, que actuaran en Woodstock. En una cena en su departamento de Maniatan, Barcelona y John Morris insistieron al guitarrista del grupo, Pete Townshend, para que tocara, ofreciendo que los trasladarían de Tanglewood a Woodstock y de ahí al aeropuerto Kennedy, pero los músicos decían que se encontraban al borde del colapso. Cada vez que los ojos de Townshend se cerraban, Barcelona lo sacudía con fuerza sin dejarlo dormir. A las ocho de la mañana, el guitarrista gritó: “¡Está bien, lo haremos. Sólo déjenme ir a la pinche cama!”.

Grateful Dead representó otro problema. Les habían dicho que tocarían cinco horas después de lo que pensaban, por lo que los músicos estuvieron ingiriendo cantidades industriales de LSD. De manera sorpresiva, fueron pastoreados hacia el escenario tres horas antes de lo previsto. Empezaron a tocar completamente alucinados, sólo para encontrar que el equipo no había sido debidamente puesto en tierra. Cada que Jerry García o Bob Weir se acercaban a uno de los pocos micrófonos que servían, recibían una descarga eléctrica. García debió pensar que todo el cosmos estaba en su contra porque gritaba: “¡Me golpeó un rayo!”.

Sly Stone quería actuar después de los Dead y utilizó un tráiler detrás del escenario como camerino. Anunció con prepotencia que sólo actuaría cuando él sintiera que estaba preparado, pero como John Morris ya estaba harto de tanto vedetismo de los músicos supuestamente alivianados de la generación hippie, agarró a Sly por la camisa, lo azotó contra un costado del tráiler y así lo convenció de salir al escenario. Una vez ahí, fue saludado por miles de personas que de manera simultánea encendieron un cerillo, creando uno de los momentos inolvidables de esos tres días.

Cuando los Who llegaron al medio día del sábado 16 de agosto, Woodstock había sido declarado “festival gratuito” (era imposible y peligroso no dejar entrar a las hordas que no tenían boleto). Michael Lang  estaba encerrado en su camión detrás del escenario, en un intento por evitar el pago a los músicos. El manager de los Who exigió los honorarios de la banda. Rosenman extendió un cheque certificado por once mil doscientos dólares y entonces sí, los británicos tomaron el escenario para llevar a cabo lo que el cantante Roger Daltrey calificaría después como “el peor concierto que hemos tocado”. Townshend empezó pateando a un camarógrafo que se le acercó demasiado y echó del escenario a guitarrazos y puntapiés a Abbie Hoffman, quien quería hacer una denuncia acerca de un amigo suyo, preso por la posesión de un cigarro de mariguana. El segundo día del concierto, además de los mencionados, actuaron los olvidables Quill y Keed Hartley. También lo hizo Carlos Santana, quien de ahí se proyectó a la fama mundial con sus electrizantes interpretaciones. Otros artistas que se presentaron fueron el trío de hard rock Mountain, Canned Heat, Incredible String Band, Janis Joplin y los abanderados del sonido San Francisco, Jefferson Airplane.

Día 3 – Domingo 17 de agosto

Para la hora del almuerzo del domingo 17, el clima era absolutamente infernal. Joe Cocker and the Grease Band tocaron espléndidamente a medio día, mientras enormes nubes cubrían el lugar y al poco rato dejaban caer agua a cántaros. Los jóvenes colgados de las torres de iluminación fueron retirados. Cuando el sol volvió a salir, se reveló otra crisis: la lluvia se había llevado la cubierta de los principales cables de alimentación y la multitud caminaba sobre los mismos, expuesta al peligro de la electrocución colectiva. Como volviera a llover, el pánico corrió como electricidad detrás del escenario. En el último momento, se acordó tomar la energía de un generador alternativo.

Ese domingo en la mañana, el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, declaró al festival como zona de desastre y se dice que intentó enviar a la Guardia Nacional para desalojar el lugar. La justificación fue que esa reunión era ilegal y un peligro para la salud y la comunidad. En el último minuto parece que alguien lo convenció de que el público necesitaba más asistencia médica que confrontación. En una hora, una flotilla de helicópteros de la Fuerza Aérea trasladó a un grupo de médicos, un hospital de campaña y comida.

Cuando Jimi Hendrix oyó que el festival había sido oficialmente nominado como zona de desastre, decidió que no quería tocar y se fue a juguetear con una joven asistente de Albert Grossman (manager de Bob Dylan). Finalmente Hendrix tocó y de hecho cerró el evento. Una de sus canciones fue el himno estadounidense con efectos de bombas y distorsiones que ha trascendido las décadas como un momento clásico en la historia del rock.

Además de Hendrix, tocaron ese día Country Joe and the Fish, Ten Years After –grupo inglés que contaba con Alvin Lee, el guitarrista más rápido del mundo en esa época–, los canadienses The Band, el grupo de fusión Blood Sweat and Tears, el bluesista blanco Paul Butterfield, el albino y bizco guitarrista de blues tejano Johnny Winter, Crosby Stills & Nash y el grupo de revival cincuentero Sha Na Na.

Epílogo

El lunes 18 de Agosto de 1969, el Festival de Música y Arte de Woodstock llegó a su fin y entró en el terreno de la leyenda. Las cientos de miles de personas emprendieron el regreso a su realidad, habiendo sido, sin querer, protagonistas de un fenómeno extraño e irrepetible de convivencia social. Los asistentes convirtieron a un concierto de rock en un happening, en un mito. El campo de alfalfa donde había estado el público era ya un lodazal lleno de basura.

Mientras Hendrix tocaba, John Roberts y Joel Rosenman recibieron una llamada de un hombre llamado Jack Gillan, funcionario del National Bank of North America, quien les exigió que estuvieran en su oficina al siguiente día a las diez de la mañana. Al llegar al banco, les mostró un fólder lleno de pagarés sin firmar y les planteó muchas preguntas: ¿podrían arreglar eso sin declararse en quiebra? ¿Los fondos de Roberts serían suficientes para cubrir todas las deudas? De pronto, Rosenman recibió un telefonema. Se había contado el dinero recaudado por los boletos: un millón de dólares. La ley del buen karma prevaleció. Las cuentas empezaron a equilibrarse. A pesar de que los organizadores en un principio aceptaron a regañadientes que se filmara el evento, los derechos vendidos a Warner para la película y los discos ascendieron a dos millones de dólares. De esa manera terminó la experiencia que hace 50 años inició una leyenda.

El festival de Woodstock representó el pináculo y, al mismo tiempo, la decadencia del movimiento hippie que se manifestaría meses después, con el asesinato de un espectador, en el concierto de Altamont, organizado por los Rolling Stones. También fue la primera piedra para cimentar la futura organización de festivales masivos de esa magnitud y, sobre todo, un evento único, cuyas condiciones jamás serían las mismas de nuevo, como se pudo apreciar en las ediciones conmemorativas de 1994 y 1999. Esta es la otra historia, la parte que no salió a la luz debido a que el resplandor de la paz, el amor y la comprensión ha podido opacarla durante medio siglo.

 

Jorge R. Soto

 

 

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