Hay una diferencia importante entre un recuerdo y convertir a éste en nostalgia. Hace unos días, El Clan —integrado por  Gustavo Pérez (voz), Jaime Chávez (guitarra), Omar Mundo (bajo), Gerardo García (teclados) y Germán Quintero (batería)— se paró sobre el escenario del Teatro Esperanza Iris para celebrar 25 años de la aparición —y presentar su edición en vinil— de Sin sentir, su debut discográfico.

Sin embargo, los que acudieron no fueron movidos por la reminiscencia; estuvieron allí porque, como pudo apreciarse a lo largo de casi dos horas, entre ellos y la banda existe un férreo vínculo que persiste porque la agrupación, a pesar de contratiempos, no sólo se mantiene en activo, sino a la búsqueda de proseguir en ese camino inaugurado por ellos hace más de dos décadas.

Fotografías: Fabién Castro

Quien esto escribe evoca el impacto que le significó mirar por vez primera al grupo en una edición de La Batalla de las Bandas, organizada por Rockotitlán y en la cual obtuvieron el segundo lugar (1991). Su sonido llamaba la atención de inmediato, porque en él la ausencia de “alegría” era notoria, la temática se apegaba a algunos temas fantásticos, aunque no tratados de la misma manera a lo hecho por el progresivo en los setenta. Había allí una mezcla de dark y tendencias góticas que entregaron con autoridad y, además, resultó todavía más impactante porque Gustavo Pérez (alias “El Castor”) no atrapaba por lo melifluo de su canto. En realidad lo suyo era emitir un aullido penetrante, tanto que sus efectos podían sentirse cuando la piel se erizaba. Esa noche, a pesar de su juventud, hicieron las cosas bien y al poco tiempo (1994) aparecía ese primer disco que ahora ve su reedición en acetato, con un arte de portada diferente.

Cuando el quinteto comenzó a tocar, recordé esa fecha de 1991 con fortuna, con el sentimiento de haber formado parte de un acontecimiento que hoy se volvía más significativo porque era mejor a lo observado entonces.

Cuando alguien gritó “Todos somos El Clan”, la frase pasó a ser la constatación de la química existente entre banda y público, de una energía eléctrica que fluía e impregnaba todo a su alrededor. ¿Por qué habría de extrañar al “Castor” de aquella Batalla de las Bandas, si aquí, frente a nosotros, estaba un frontman con una fuerte personalidad, un mejor manejo de voz, mayor presencia y capaz de dirigir a la multitud cuando lo considerara conveniente?

A veces caminaba como si lo hiciera en una marcha militar, otras se dirigía al frente con tanta decisión que cualquiera creería que bajaría del escenario; en algunos instantes sacaba sus extrañas “marionetas” y dialogaba con ellas o simplemente las paseaba. No hubo un sitio del escenario que no pisara enfundado en esas elegantes vestimentas que eran como un llamado a otro tiempo.

¿Por qué los presentes debíamos de extrañar a ese incipiente guitarrista que era Jaime Chávez y que, sí, daba muestras de talento, pero también de inexperiencia? Ese instrumentista no tenía nada que ver con el que esta noche decidió comandar la velada, con ese que se solazó en algunas intros y entregó hermosos y vibrantes solos y además lo hizo gozoso, con unas ganas de comerse la noche, una actitud que contagió a sus demás compañeros. Esos solos que ponían acentos tristes a veces, bucólicos en otros pasajes, mientras en la pantalla desfilaban bellas imágenes que recordaban la filia oscura de la banda. Una oscuridad que se extendió a la parquedad de las luces, porque la mayor parte del tiempo el negro fue el color preferido de la sesión.

No hay motivo para extrañar a ese Clan, cuando éste tiene en sus más recientes integrantes a músicos solventes y que ya comienzan a generar identidad con sus seguidores. Su lucimiento fue más discreto, pero estuvo allí, en esas sórdidas y gordas notas del bajo, en un solo o en las atmósferas creadas por  el teclado; en la solidez de la batería que marcó todo lo posible y con portentosa fuerza.

No podían faltar en una noche de fiesta los invitados. Fratta acompañó con su voz y sus teclados en “Elise”, Pascual Reyes hizo lo mismo en “Nada por arder” y Bulbo Project apareció en “La tortura”.

No, esa noche no tuvo nada de nostalgia, pero en cambio fue una celebración porque El Clan, a diferencia de otros colectivos, podrá ser viejo para la perspectiva de algunos, pero en realidad se trata de una entidad madura que aún tiene mucho por exprimir.

Hace un par de años lanzaron Entidad mutante-9132 días. La cifra ya ha aumentado y no sé a cuánto pueda ascender, pero si ha de manifestarse con la energía y madurez de hace unos días, bien podemos esperar sorpresas.

Sí, ahora ese concierto del 20 de julio es una remembranza, pero sin pátina de nostalgia. Más bien tiene el sabor de un suculento bocado que permanecerá almacenado en la memoria un largo tiempo.