Netflix acaba de lanzar en su plataforma un nuevo documental de Martin Scorsese sobre Bob Dylan. Rolling Thunder Revue (2019) reafirma, por si necesitara, que buena parte de la estética sentimental del director se nutre del blues y del rock de los años sesenta y setenta. Luego de trabajar como asistente en  la edición de documental emblemático de Woodstock (1970), sus obras posteriores sobre el género confirmaron que desde muy joven su alma ya estaba irremediablemente envenenada por los sonidos y letras del rock. The Last Waltz (1978), sobre el último concierto de The Band; The Blues: Feel Like Going Home (2003), sobre los y las cantantes clásicos del género; No Direction Home (2005), sobre la vida de Dylan; Shine a Light (2008), sobre los Rollling Stones; George Harrison: Living  in the Material World (2011), sobre el más discreto de los integrantes de los Beatles, constituyen algunos de los homenajes de Scorsese a las trayectorias de la música y los músicos que gravitan en la estética sonora, fílmica y visual del director neoyorquino.

Rolling Thunder Revue rescata un momento específico de la trayectoria de Dylan, situado en la gira del mismo nombre que se desarrolló entre 1975 y 1976. Ahí, un Dylan ya treintañero decidió emprender una ruta de presentaciones por la costa norte y el medio oeste de los Estados Unidos, asemejando literalmente un circo ambulante que realizaba paradas y presentaciones en pequeños pueblos, en auditorios donde cabían pocos espectadores. Metidos en una casa rodante conducida por él mismo, Dylan y su banda recorren por carreteras interestatales la geografía de la América profunda, rural y urbana, adaptando sus canciones a públicos diferentes, asombrados por el espectáculo de músicos ruidosos, pintarrajeados y disfrazados, ejecutando versiones distintas de las rolas clásicas de los años sesenta (“Mr. Tambourine Man”,  “A Hard a Rain´s  A-Gonna Fall”, “It Takes a lot to Laugh, It Takes a Train to Cry”, “Blowin’ in the Wind”), con canciones (“Hurricane”, “Isis”, “One More Cup of Coffee”) que para ese momento habían aparecido en uno de los discos quizá menos valorados en la larga trayectoria de Dylan y sus cómplices de ocasión: Desire (1975).

La ejecución de Dylan y su banda es el núcleo del documental de Scorsese. Pero la descripción del contexto de ese momento, a través de la incorporación de personajes que hicieron posible la gira, es interesante. Los puntos de vista del empresario que arregla contratos y financia el proyecto; el papel de los propios músicos en la distribución de volantes de promoción de las presentaciones en los pueblos; las impresiones y recuerdos de Dylan, el viejo, sobre aquella gira protagonizada por Dylan, el joven; la manera en que poetas y cineastas como Allen Ginsberg o Sam Shepard participaron en la revue; la incorporación en distintos momentos de cantantes como Joan Baez o Joni Mitchell o la aparición breve y deslumbrante de una jovencísima Sharon Stone, portando una camiseta de Kiss (eran el grupo del momento, qué le vamos a hacer) frente a un curioso Dylan, configuran un extraordinario material fílmico sobre una de las etapas menos conocidas del músico de Minnessota.

El violín potente y triste ejecutado por Scarlet Rivera, guitarras eléctricas (Jack Elliot, T-Bone Burnett), mandolinas, bajos (David Mansfield) y batería (Rob Stoner) acompañan las largas y a veces improvisadas narrativas de Dylan con su guitarra y armónica. Canciones fabricadas como pequeñas historias cantadas, hechas a retazos de estrofas alucinantes y verbos audaces, de oraciones fabricadas con ocurrencias, frases incomprensibles y épicas mundanas, relatos inconexos que mezclan imágenes poéticas con notas de periódicos, metáforas, intuiciones geniales, impulsos verbales que imprimen cadencias afortunadas e inesperadas al sonido y las palabras que habitan el corazón profundo del reino del oxímoron que gobierna desde siempre la imaginación del hombre que, para definirse, solía citar de memoria a Rimbaud con aquello de que “Yo soy el otro”.

Parte del espíritu de la época se cuela en la atmósfera cultural de esos años de la alquimia dylaniana de folk/blues/rock. La reconstrucción del momento por medio del rescate y edición del material fílmico disponible es notable, tanto por la calidad misma del trabajo casi artesanal de Scorsese, como por la cuidadosa selección de entrevistas, flashbacks, reuniones, ensayos, impresiones, que configuran una mirada a la vez fresca y contemporánea de una época cuyos espectadores, protagonistas y actores principales van desapareciendo poco a poco. Palabras, sonidos, recuerdos, nostalgia, olvido, memoria, optimismo y desilusión forman parte del desfile de las emociones que suscita la obra de Scorsese. Pero es Dylan el mago, el predicador, el payaso, el acróbata sonoro y verbal, el que captura las representaciones de aquellas emociones. Es el Dylan elástico y flexible que ha sobrevivido a giras extenuantes, discos heterogéneos, críticas feroces y premios polémicos.

Para un músico que acostumbraba escribir sus canciones en moteles, trenes, coches y carreteras, el circo era la extensión natural de sus inspiraciones. Rollin Thunder significaba en realidad la oportunidad de ensayar una vez más la curiosidad fugitiva y nómada de un Dylan harto de la fama y las etiquetas adquiridas en los años sesenta. El retrato de Scorsese es, más que un relato litúrgico sobre el mito y la leyenda, una exploración sin pretensiones ni adornos sobre los varios Dylans que coexisten contradictoriamente bajo las extrañas máscaras del hombre de la pandereta.