Hace cincuenta años, en 1969, compré el único álbum que este grupo grabó, de título epónimo: The Savage Resurrection. En esa época no se compraban muchos discos conociendo la música que contenían, pues no todo lo tocaban en la radio y muchas tiendas de discos no dejaban que abrieras la funda y lo escucharas antes de comprarlo. Había gente como la de Hip 70 y Discos Yoko que te cobraba diez pesos nada más por hacer eso, que porque luego nadie lo querría pagar como nuevo y había que volver a ponerle una envoltura cerrada, decía el siempre genial Armando Blanco.

Así que para atreverme a comprarlo, tuve que juzgar un largo rato la portada y la información que contenía, comparándolo junto a otros que también se encontraban en el estante de las novedades, entre ellos: Living with the Animals de Mother Earth y Tenderless Junction de The Fugs. Lo que me llamó mucho la atención fue el carácter psicodélico de esa portada ultra-barroca, lo mismo que la duración de varias de las rolas. Eso quería decir que no era un grupo fresa hecho para la radio normal y el consumo dócil. También me dio confianza ver la greña y los rostros de los músicos: se veían jipitones y bien roqueros. Al final, me decidí y me lo llevé a casa.

En cuanto escuché la primera canción del lado A, “Thing in E” (“Cosa en Mi”), supe que había hecho una buena elección. Un redoble de tambores, un bajo muy bien puesto y las dos guitarras resonando psicodélicas como ellas solas, más las voces y la letra, todo señalaba que estaba donde quería, en el mero rock ácido de esa etapa de la historia en la bahía de San Francisco. Si The Savage Resurrection no era algo por completo diferente a todo lo demás, sí sonaba bien ácido y muy bien interpretado. De inmediato los sentí cerca de bandas como Blue Cheer, Apple Pie Motherhood Band y Jefferson Airplane, lo mismo que del estilo bluesero de los Yardbirds y Cream.

La siguiente rolita, “Every Little Song” (“Toda canción pequeña”), contundente y breve, me dejó en verdad encantado. Era música contracultural, nada cerca de las listas de éxitos, difícil de tocar en la radio; pero ideal para escribirle una nota y tocarla en Proyección 590 y en La respuesta está en el aire. Todas las que siguieron me fueron elevando y alegrando más y más. “Jammin’” (“Improvisando”), un blues muy bien puesto y pesado, con ocho minutos de duración y magníficos riffs de guitarra llena de distorsión, me hizo sentir lo propio de este grupo, su estilo de garaje psicodélico sin contaminación alguna. Hasta llegar a la excelsitud de “Expectations” (“Expectativas”), un instrumental lleno de brío y con una interpretación portentosa de cada uno de los músicos, una pieza que siempre he querido utilizar como tema de entrada para un programa de radio.

Pero lo que me llamó más la atención fue que nadie comentaba ese disco, ni aquí ni en los Estados Unidos ni en ningún lado. Era de veras extraño ver que algo tan bueno no tuviera su debida recepción, aunque,  bueno, me decía, yo lo había encontrado y lo apreciaba en toda su grandeza. A quien se lo ponía quedaba más que satisfecho, pero no había modo de encontrar más copias de esa grabación y entonces eran tiempos en los que no había modo de sacar copias por tu cuenta.

Con el tiempo he comprobado que The Savage Resurrection fue uno de los grupos más oscuros del área de San Francisco en ser grabado por una gran corporativa (Mercury Records), lo mismo que sólo sacaron un álbum y que pronto se disolvieron entre sus problemas personales y sus broncas con los negocios roqueros, cuando el cantante Bill Harper y el bajista Steve Lage deciden abandonar a la banda. Muchos de esos conflictos se debieron a la juventud de los miembros del grupo: Randy Hammon, uno de los guitarristas, sólo contaba con dieciséis años cuando grabaron este disco y era primo de Paul Whaley, baterista de Blue Cheer.

También ahora sé que La Resurrección Salvaje se integró en 1967 como un grupo de adolescentes roqueros de la ciudad de Richmond, en la Bahía Este de San Francisco, muy cerca de Berkeley. Su tendencia inmediata fue la psicodelia ácida, muy influenciada por Jimi Hendrix y la fuerza bluesera que en ese momento se convertía en todo un movimiento sociocultural, más unos puntos de espíritu oriental a la George Harrison. Quien los llevó a Mercury Records fue un productor que había trabajado con Blue Cheer y Harvey Mandel, Abe “Voco” Kesh, quien los hizo grabar el disco en sólo cosa de tres días, lo que permitió que se escucharan tan crudos y punketos como nadie más en esa hora roquera.

La agrupación estaba formada por Bill Harper (voz), Randy Hammon (guitarra), John Palmer (segunda guitarra) Steve Lage (bajo) y Jeff Myer (batería). Tuvieron que pasar treinta años antes de que este magnífico y codiciado disco viera la luz en formato digital. Poligram habia comprado los derechos a Mercury y fue con ellos con los que Hammon tuvo que negociar su recuperación. Hasta ese momento se pagaban precios desorbitados por una copia original.

En 2010 murió Steve Lage. Mientras tanto, su fama y el respeto por esa grabación casi amateur han aumentado año con año, tal como merecían desde un principio, y ahora cada vez más gente los escucha y respeta, sintiendo que hubiera sido en verdad genial poder asistir en aquel 1967 a alguno de sus conciertos. De forma que muy en serio van viviendo una resurrección salvaje en este siglo XXI.

 

 

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La resurrección salvaje