Dicen que en el mundo hay muchos caminos por recorrer y Miguel Bojórquez nos trae uno que nadie puede desconocer: las veredas del folclor. Entre leyendas, anecdotarios, manías y borracheras, la música de Miguel Bojórquez va cantando pasiones. Historias de antihéroes, de resacas, de días perecederos e infructuosos, a través de sendas notas campiranas en las que se puede encontrar la verdad, la verdad tras la música, precedida de una voz local bajo un sentimiento universal: el afecto, el desafecto, idioma del mundo que a todos nos puede tocar en lo más profundo, dejando heridas.

He aquí, una entrevista con Bojórquez, un verdadero archivo cultural de la manifestación musical que le es propia: el folk.

Fotografías: Leonardo González

¿Cuáles son las influencias musicales primordiales en Miguel Bojórquez?
Podría decir que cuando estaba haciendo el disco, mi principal intención era recrear lo que tocaba en vivo, utilizando únicamente mi guitarra, armónica y voz; quería que las canciones golpearan por sí solas, sin la necesidad de ornamentos. En ese entonces, los motores principales para sacar mi proyecto solista eran Johnny Cash, Rodrigo González, Tom Waits, Saúl Fimbres y la película Inside Llewyn Davis (2014) que vi algunos años antes. Cuando tocaba en bandas, siempre tuve la idea romántica de tocar en solitario las canciones que escribía para mí mismo y que no se las mostraba a nadie, pero se quedaba en idea. Las primeras que escribí para mí fueron “De nuevo en la estación” y “Cuando estamos lejos de aquí”, las cuales  resumían lo que estaba viviendo en aquel entonces. Nunca tuve el plan de sacarlas en algún material posterior. Cuando recién comencé a tocar en vivo, sólo conocía las típicas de Bob Dylan y nunca me había dedicado a conocer más, sin embargo siempre me comparaban con él, pero se debía al hecho de tocar electroacústica y armónica: realmente eran personas que tampoco lo habían escuchado. Dos años antes de grabar el disco, cuando recién comenzaba a planear presentarme en vivo solo, mi amigo Constantino F –también músico– me regaló el The Times They Are a-Changin de Bob Dylan y me impactó tanto que quise dejar de tocar: no había manera de superar ese disco y no había necesidad de intentarlo Gracias a ese álbum, comencé a tomarme más en serio el folk. Comencé a escuchar a los coetáneos de Dylan, a sus antecesores y sucesores: Dave Van Ronk, Woody Guthrie, Hank Williams, Townes Van Zandt, Ramblin’ Jack Elliott y no recuerdo a quién más, pero sí me acuerdo que estudiaba la estructura de las canciones, la del disco como obra completa y los acompañamientos que ejecutaban otros instrumentos. Me tomé en serio el folk, no era un género para andar jugando. Entre otras bandas y solistas que también sirvieron como influencia –consciente o inconscientemente– se destacan Nick Cave, Thee Oh Sees, The Velvet Underground, Lou Reed, Social Distortion, The White Stripes, The Libertines, The Cramps y Leonard Cohen. Honestamente, no sé si todas ellas se ven plasmadas en el disco, pero era lo que más escuchaba en ese tiempo y probablemente tomé rasgos de todos ellos. Creo que así funciona cuando haces un disco: emulas lo que escuchas sin notarlo mucho. No creo en eso de influenciarte únicamente de determinadas bandas para un proyecto específico o por lo menos a mí no me pasa; yo toco lo que conozco y trato de sonar a lo que me gustaría escuchar.

¿Y literarias?
Me gustaba mucho la generación beat. Leí a Jack Kerouac, William S. Burroughs, Henry Miller –quién más que pertenecer a esa generación, la influenció– y Allen Ginsberg. También me gustaba Bukowski. por lo menos cuando recién lo descubrí, después me di cuenta de que todo el que lee a Bukowski se cree Bukowski y no quería formar parte de ese chiste. Puedo decir que ellos me sirvieron como influencia por el aspecto crudo y directo en su estilo narrativo y que partían de la auto-ficción, cosa que también yo hago. Me gustan algunos cuentos de Donald Ray Pollock, un escritor estadounidense cuyos escritos han sido denominados como hillbilly gothic o rural gótico por parte de la crítica, de Chuck Palahniuk, principalmente “Guts” (Tripas), y Juan Rulfo, quien me parece increíble. Admiro también el estilo narrativo de mi maestro de literatura y buen amigo de Culiacán, Eduardo Ruiz Sosa, quien escribió una gran novela titulada Anatomía de la memoria y le valió muy buenas críticas a nivel internacional. En poesía, quienes podría decir que me han influenciado son Gonzalo Rojas, Efraín Huerta y el sinaloense A. E. Quintero. La verdad no leo mucha poesía y no considero poéticas mis letras.

¿Qué es lo que te ofrece el folk tradicional campirano del sur de los Estados Unidos?
Bob Dylan, refiriéndose al folk en su libro de crónicas, dijo: “La música folk era una realidad que pertenecía a una dimensión más brillante […]. Me sentía como en casa en este mítico reino integrado no tanto por individuos cuanto por arquetipos, arquetipos de humanidad vívidamente perfilados, de forma metafísica, almas turbulentas imbuidas de conocimiento natural y sabiduría interior, todas merecedoras de cierto respeto […]. Era más real, más fidedigno que la propia vida: la magnificación de la vida”.  Creo que la música folk va al corazón de las cosas y no se anda con muchos rodeos, lo que ocasiona que te afecte de una manera más profunda.

¿Qué música tradicional mexicana se inscribe más en tus acordes?
Chalino Sánchez y Miguel y Miguel. Acá en Sinaloa, todos los grupos de música norteña tocan esas canciones, así que te las aprendes en un ejercicio inconsciente y las tocas cuando tienes una guitarra en la mano, también en un ejercicio inconsciente.

¿Hay algo de Juan Cirerol ahí?
Creo que Juan Cirerol fue un gran acontecimiento en la música mexicana e influenció notablemente a gran cantidad de artistas que ahora los han denominado como neo folk. En mi caso, lo escuché en una época cuando todas mis bandas se separaban y yo seguía escribiendo canciones. Básicamente, Cirerol abrió una puerta diciendo que no necesitabas a nadie para hacer música, sólo necesitabas saber hacer canciones y tocarlas con todo el sentimiento. Su papel en la música fue muy necesario, así que resultó lamentable ver lo último que estuvo haciendo en sus redes sociales. “Si va a tronar, que truene bien”, dijo una vez en un directo, refiriéndose al fin de su carrera musical y pues sí, tronó bastante bien. De igual forma, lo respeto mucho y lo considero una buena persona; no comparto lo que dijo sobre el sismo de CDMX hace tiempo, pero considero que su comentario fue una pendejada más que cualquier otra cosa. Las veces que me lo he topado en Culiacán trato de aprenderle lo más que puedo, pues de repente tiene sus momentos lúcidos. Mi disco favorito de Cirerol es el Cachanilla y flor de azar; me parece demasiado real, demasiado visceral también. 

Háblame del protopunk, ¿cómo llegaste a él?
Cuando tenía 17 años formé una banda de punk. En la primera presentación importante que tuvimos, los organizadores nos felicitaron mucho, señalaron las similitudes con At the Drive In –que sí las había, intencionalmente– y me preguntaron si estaba muy influenciado por el protopunk, algo que yo nunca había escuchado. Dije que sí. Lo que en realidad pasaba era que si mi banda sonaba “raro” o tal vez “experimental”, se debía a que yo buscaba hacer un rock and roll sesentero y el vocalista quería tocar Death Metal, así que un género intermedio en esta pelea era el tipo de punk que terminamos haciendo. Después busqué protopunk en internet y encontré a The Velvet Underground, Devo, The Stooges, etcétera, donde la que más se destacó para mí fue Velvet Undergrund y consumí todo lo que pude de ellos; después escuché todo lo que sacó Lou Reed. Con el tiempo, pude llegar a la conclusión de que Lou sólo tenía dos discos buenos como solista, pero eran demasiado buenos, así que sostenían la balanza.

¿Y qué hay del punk californiano o happy punk, cuáles bandas lograron tocar más tu música?
Durante la adolescencia solía patinar y esa tribu siempre tiene una serie de bandas que la representa. Recuerdo que de esos grupos los que se me quedaron y me siguieron durante los años fueron NOFX, Misfits y Social Distortion. De dichas agrupaciones, rescato algunos aspectos que ayudaron a formar mi proyecto, por ejemplo: Mike Ness (Social Distortion) siempre se mostró seguidor de Johnny Cash y de Bob Dylan, muchas de sus canciones las estructuraba como los grandes de esa generación folk sesentera. Incluso, Ness sacó un gran disco en solitario (Cheating at Solitaire) que incluía una colaboración con Bruce Springsteen, un cover de Bob Dylan y una canción que escribió para Johnny Cash, en la que intentó que éste colaborara con él pero no lo consiguió.  Fat Mike (NOFX) dijo una vez que en la música no era necesario ser muy bueno, sólo había que tener buenas canciones. Fuera de toda la influencia que sus letras sucias tuvieron en mí, esa frase me siguió mucho tiempo. Los Misfits son los grandes del punk, Glenn Danzig sabía hacerlo, no hay que ahondar mucho en ello. Lo que tomé del punk fue la actitud, la pasión al tocar y la ideología del DIY.

¿Cómo es forjar música desde Culiacán, Sinaloa?
Un amigo me dijo que tocar en Culiacán era como boxear: a nadie le interesas, a menos de que ya te hayas hecho de un nombre o seas amigo de todas las bandas y medios. Hay algo curioso: desde que saqué el disco, he recibido más atención por parte de medios del centro y el sur del país que de los medios locales. Nadie es profeta en su tierra, dicen. Lo que sí puedo decir es que el de Culiacán es un público difícil y si puedes aquí, puedes en todos lados.

Háblame de los diez tracks de tu disco Flor de noche (2018), ¿cuál es su exégesis creativa?
“Melancohólico” trata de mi llegada a Guadalajara y de cómo prefería estar solo y malviviendo que volver a mi casa. “Camel” trata del insomnio y de salir a caminar para evadirlo. “Vuelve a casa, amigo” trata de mi mejor amigo, y de cuando lo volví a ver después de pasar mucho tiempo separados. “De nuevo en la estación” narra el cansancio de ir y venir y de no establecerme en ningún lugar. “Brindis por un nuevo día (Nostalgia)” trata del nuevo grupo de amigos que hice en Culiacán cuando regresé de Guadalajara y de nuestras reuniones en un bar del centro. Creo que todos estábamos en malos momentos de nuestras vidas, así que nos complementábamos perfectamente. “Tristessa” trata sobre la nostalgia que sentía hacía Guadalajara. El nombre proviene de un libro de Jack Kerouac titulado igual, que trata sobre una prostituta mexicana que conoció cuando vivía por aquí, cuyo nombre verdadero era Esperanza. Me gustaba mucho esa anécdota. “Cuando estamos lejos de aquí” la escribí para mi novia de aquél tiempo. “Noche, cuida de mí” es otra canción que trata sobre la nostalgia, mi ya ex novia en ese entonces y las salidas a fiestas con mis amigos para no pensar. “Flor de noche” no trata ningún tema en específico. Mi abuela, en una ocasión, me contó sobre una flor llamada novia de noche que nacía, florecía y se marchitaba únicamente por las noches, así que me pareció muy acorde a la temática de mi disco. Lo tomé como analogía de lo que viví en esos dos años. “Alvarado Street” fue descrita por un amigo como la canción más íntima, ya que si el disco trataba sobre viajes, fiestas, personas, relaciones, amigos, “Alvarado Street” era la mañana siguiente: el domingo siguiente.

¿Qué registros te ofreció el estudio Lo-Fi?
En Culiacán hay muchos productores de renombre y muchos estudios de calidad profesional, pero yo no aspiraba a ellos. Cuando empecé a tocar, el que primero creyó en mí fue Jesús Sandoval (Pure Morning), a quien yo admiraba –y admiro– por su ideología respecto a la música. Él había grabado a mis proyectos locales favoritos y me apoyó mucho cuando organizaba tocadas con ‘Summerverano’, ya que siempre me invitaba, aun sabiendo que yo era prácticamente desconocido y nada popular. Grabar el disco fue un proceso largo, pero nos entendimos después de un rato y le dedicamos mucho tiempo a la mezcla, para encontrar el sonido correcto. El Lo-Fi me ofreció la libertad de poder hacer lo que quería sin la interferencia de nadie, pues yo me costeé todos los gastos y toqué todos los instrumentos, a excepción de los shakers en el track 5 y el sintetizador en el track 10.

¿Cuál es el proceso de escritura de tus canciones?
“Escribe borracho, corrige sobrio”, decía Hemingway.

¿Te sirves de alguna bebida espirituosa?
Cerveza oscura. Nunca me he metido con las drogas duras ni con las espirituosas.

¿Con qué artista te gustaría colaborar?
Me gusta Belafonte Sensacional, creo que Israel Ramírez ha podido crear un universo lírico en sus canciones que sólo funciona dentro de su banda y no podría funcionar en otro lado, a excepción de algunas rolas que bien podrían ser tomadas como himnos. Me gustan ellos, pero no creo mucho en las colaboraciones. Me gustaría tocar en el mismo escenario que Belafonte, creo que nuestra música va hacia un público similar; fuera de eso, no sé.

¿Cuáles son tus siguientes fechas?
El 2 de mayo me presentaré en el Café Marimba de Culiacán, un restaurante-bar que en los últimos meses ha abierto la puerta a cantautores.

¿Vale más perder que nunca aprender a caer?
Hay que perderle el miedo a los putazos. Hay que hacer callo.