La perversión de los vocablos. Música del mundo siempre ha existido, desde que el mundo es mundo; sin embargo, el término se puso en boga a principios de los ochenta, cuando los países anglosajones descubrieron que aquella música que desfilaba con frecuencia por sus listas de popularidad estaba permeada de raíces africanas y de otras latitudes.

Por ello, porque esa música es ancestral, Fernando Arias, percusionista de Radaid, dice que su banda practica más una fusión de sonoridades e instrumentos de diferentes partes del orbe que una música del mundo en el estricto sentido de la palabra y porque, además, hubo un momento en que esta tendencia estuvo más apegada a la música folclórica de cada país, como lo puso en boga una disquera llamada Putumayo.

Radaid está por cumplir dos décadas y en el proceso han pasado de ser un septeto a reducir su alineación a quinteto (Sofía Orozco, voz, djembe, percusión menor; Emmanuel Macías, violín, erhu, piano, programaciçon, sintetizadores; Yolihuani Curiel, guitarras, programación, sintetizadores; Fernando Arias, tabla, darbuka, multipercusión; Darko Palacios, batería), más músicos invitados. Durante ese lapso han editado  cinco álbumes más un DVD, siendo Alkemia. The Willing: Parte II (Intolerancia, 2019) el más reciente, obra aparecida cinco años después de su predecesora, periodo durante el cual sus integrantes se dedicaron a desarrollar otros proyectos, aunque sin abandonar la nave nodriza.

Ahora, a unos meses de que el álbum ha visto la luz, los integrantes de la agrupación se encuentran completamente concentrados en la banda y si en sus inicios estaba más encaminada a la profusión instrumental y a utilizar su arsenal de instrumentos exóticos a la primera provocación, hoy la madurez los ha llevado a adoptar esa filosofía del menos es más y a trabajar de acuerdo a las necesidades que demanda cada composición.

Eso ha incidido en cambios en el sonido. Luego de L’intent, álbum pivotal en su trayectoria, Radaid transmutó y pasó de ser una entidad luminosa. a tocar más ciertas zonas oscuras, pero sin perder el tono festivo de sus primeras producciones: probablemente dejó de ser radiante, para pasar a matizar y cultivar tonos grises y opacos, pero la música ganó robustez, no sólo enjundia, sino un cuerpo más sólido todavía.

Si el escucha se interna en The Willing: Parte II es recibido por una cauta atmósfera de aparente misterio, casi un ritual que después revienta cual fruto maduro para ofrecer su sabor y luego enlazarse con una hermosa canción (“Ninukupenda”) que la vocalista Sofía Orozco se trajo de un viaje a Sudáfrica y que además de ser la mar de hermosa, cierra con un coro de niños interpretando el canto original.

La intensidad es casi palpable en “Pi” que al llegar al último tercio teje un virtuoso diálogo entre violín y  guitarra, profundo, emotivo, visceral, rematado por un scat de Orozco que da mayor dimensionalidad a la canción. La festividad prosigue en “Lady O” un tema de aires irlandeses que rememora las vertiginosas acometidas  de Flogging Molly.

Temas lentos (“Sande”, “Standing Rock”) y misteriosos que parecen proferidos en un idioma ancestral (“Daur”), melodías majestuosas que se antojan dignas de una corte imperial para luego ceder a impulsos de la Europa del Este (“Anata to Tomo ni”), hacen de The Willing: Parte II un caleidoscopio sonoro, un menú exótico, vivo, errante y de vitalidad constante.

Tal vez en su dieta, lector, haga falta un poco de Radaid, una agrupación tapatía que aprendió pronto a caminar en otras coordenadas y que en cada intentona acorta las distancias geográficas. La mejor ruta para empezar es por The Willing Parte II.