Cuando se habla de voces agudas en el rock masculino, de gargantas capaces de alcanzar notas altísimas y de romper cristales con su brutal potencia, los primeros nombres que nos asaltan son casi siempre los de Robert Plant, Roger Daltrey o Ian Gillan. Pero los vocalistas de Led Zeppelin, The Who y Deep Purple difícilmente pueden compararse con un contemporáneo suyo que si bien no tuvo los reflectores a su disposición y no llegó a figurar de manera plena como una superestrella del género, sí consiguió una autenticidad que le permitió mantener una especie de pureza esencial en su canto y un fuego que, paradójicamente, fue consumido por otro fuego.

Como líder de Small Faces, pero sobre todo de esa banda legendaria que fue Humble Pie, Steve Marriott legó a la posteridad un estilo que aparte de su fuerza vocal y su chillante timbre, poseía una expresividad capaz de despertar los más variados sentimientos.

Steve Marriott en el Madison Sq. Garden
Fotografía de: Dina Regine, bajo licencia de Creative Commons.

Nacido en Essex, cerca de Londres, en 1947, Marriott estuvo ligado con la música y el canto desde muy chico y a pesar de provenir de una familia de la clase trabajadora, su talento y una beca le permitieron participar incluso en el teatro musical. Pero su amor por el blues fue su principal motor y con sus amigos de adolescencia Ronnie Lane y Kenney Jones, a quienes se sumaría más tarde Ian McLagan, fundó a una de las más subvaloradas bandas de la llamada Ola Inglesa de la segunda mitad de los sesenta: Small Faces (los locutores de la radio mexicana los anunciaban como “Los Caritas”), con quienes en 1968 grabó un buen álbum de corte psicodélico, Ogdens’ Nut Gone Flake.

El cantante y guitarrista se separó de sus compañeros en 1969, hace justo 50 años, para unirse a su gran amigo Peter Frampton y conformar a uno de los grupos de rock duro más explosivos de la historia, el enorme Humble Pie. Fue con este proyecto que Steve Marriott pudo dar rienda suelta a su pasión por el blues. El sonido del pay humilde era potente, duro, básico, íntimamente ligado a la música negra estadounidense, con el extra de la fabulosa guitarra de Frampton y la ululante y arrasadora voz de Marriott. Sus presentaciones resultaban espectaculares y de ellas hay un registro extraordinario en el álbum doble Performance, Rocking the Fillmore (1971), sobre todo con su inmortal versión a “I Don’t Need No Doctor” de Ray Charles.

Desgraciadamente, el éxito vino aparejado con la adicción a las drogas y Marriott no sólo se volvió alcohólico y dependiente de la cocaína, sino que su carácter se tornó agresivo y tan insoportable que destrozó a un tiempo su matrimonio y su relación con la banda, la cual se disolvió en 1975.

Nada volvió a ser igual y Steve se hundió en una pendiente, a pesar de sus frustrados intentos por recomponer su carrera.

La madrugada del 20 de abril de 1991 (este mes se cumplirán 28 años de ello), ebrio y agotado por el cansancio de un largo viaje, Marriott se quedó dormido con un cigarro encendido en los labios. Al caer éste sobre las sábanas, provocó un incendió que atrapó al músico entre la cama y la pared, donde lo encontraron los bomberos al apagar el siniestro que acabó con su casa. El cantante más incendiario de la historia había muerto, calcinado por el fuego más real y despiadado con que se topó en su vida.