Coco Badan es el bajista de Tajak, el encargado de tejer una parte de los ritmos de esa maraña de sicodelia que entrega el trío, pero su sed por crear no se detiene allí. Para su trabajo en solitario se hace llamar The Sinking y bajo ese apelativo ha lanzado recientemente un par de álbumes: Cosmic Giggle y Roaring Silence of the Diamond, ambos aparecidos en Hole Records, sello fundado por los oriundos de Baja California. Las placas, por ahora sólo en formato digital, son negro y blanco, ying y yang de un músico que tiene en la experimentación una de sus principales herramientas.

Aquí la charla que “Acordes y desacordes” sostuvo con el bajista, a propósito de su doble debut como solista.

¿Por qué decidiste hacer un proyecto en solitario?
Ya llevaba trabajando cosas solo incluso antes de Tajak. Cuando recién empecé, traía una onda muy folkie y después, todavía estando en la prepa, empecé a hacer beats, porque según yo nunca iba a lograr tener una banda. Siempre se me ha hecho raro en entrevistas que he leído que los músicos digan que no trabajan en solitario hasta que su banda se separa. Para mí, eso no tiene sentido. Puedo trabajar en una banda y en mi proyecto al mismo tiempo y así explorar más sonidos simultáneamente.

¿Por qué el nombre The Sinking? ¿Tiene que ver con lo que buscas transmitir con la música o con una cuestión más personal?
El nombre lo saqué de una canción de Crystal Stilts, una banda que ya no existe y me gusta mucho. Al principio sólo me atrajo el nombre, después hice una conexión más directa con lo que representa y la música que estoy haciendo. Normalmente se utiliza en un contexto trágico y violento. Cuando busco The Sinking en internet, me aparecen rolas como “Sinking Ships” o “The Sinking of the Titanic” de Gavin Bryars, pero yo no lo interpreto como algo negativo, lo veo más como el sentimiento y la acción de sumergirse en una experiencia, rendirte y hacer un salto de fe a un mundo desconocido, donde no estás seguro si va a haber ángeles o demonios.

¿Qué instrumentos tocas en The Sinking?
Siempre me ha gustado jugar con todo tipo de instrumentos, incluso colecciono instrumentos prehispánicos y otras rarezas; entonces hay de todo, desde lo más obvio como bajo, guitarras y voz, hasta ocarinas, flautas, órgano. Mucho sintetizador y pedales, percusiones raras, grabaciones de campo y mucho sampleo y procesamiento digital. Me gusta editar la música electrónicamente, es como hacer un collage. Tienes la capacidad de manipular el sonido de la manera que quieras, la mayoría de las veces llegando a resultados de forma accidental.

En ambos discos has optado más por lo electrónico, pero Cosmic Giggle me parece más la búsqueda de tu yo interno, usas la voz como un instrumento más, advierto un poco de influencia de trip-hop y algunos cortes son más cósmicos, espaciales. ¿cómo defines este primer disco?
Siento que es bastante popero, porque hay melodías pegajosas y las canciones tienen más estructura. Más que trip-hop diría que hay una enorme influencia del hip hop y derivados electrónicos del mismo como Flying Lotus, por ejemplo. Hay mucha inspiración de anime, la manera aislada, melancólica y romántica de vivir la ciudad. También estaba enamoradillo en ese entonces, lo cual influye. Recurro a los temas de amor imposible y tragedia épica. A diferencia de Roaring, esta música está mucho más apegada a la realidad, no es tan fantasiosa.

Roaring Silence, aunque no necesariamente más alegre, me suena más luminoso por momentos, pero aquí experimentas un poco más (“Run Away Babe”), hay un tema que me recuerda a Eric Satie (“Moon is Smiling”) y otros cercanos al jazz noir (“Demon’s Lament”). ¿Qué buscaste expresar en este segundo disco?
Siento que es lo opuesto a Cosmic Giggle, porque en vez de ver hacia afuera lo hago hacia dentro, es mucho más introspectivo y aunque llega a puntos muy emocionales, también es un ejercicio de desapego a los sentimientos y al mundo “real”. Cosmic Giggle es un disco de verano, Roaring Silence es de invierno. Son los extremos opuestos. Sí soy gran admirador de Satie, me gusta su manera de apreciar la belleza y la melancolía tanto de la naturaleza como de la ciudad de manera equivalente y en este disco siempre estoy explorando ese contraste entre ambos mundos y justo su música es muy invernal. “Demon’s Lament” también es tragedia épica, fantasiosa y surrealista. Soy gran admirador de los surrealistas y su manera de ver más allá de lo material, explorando las infinitas posibilidades del abismo. Esa canción es como una danza con la sombra, con lo desconocido, pero dejando claro que en la sombra, por más oscura y temible que sea, se puede apreciar su belleza.

¿Por qué lanzarlos uno tras otro?
Me agradó la manera en la que los dos discos contrastan y se sienten casi opuestos, como si uno fuera la contraparte de otro.

¿Cuál es el punto de unión entre ellos?
El deseo de expresar emociones fuertes y de hacer sentir a otras personas esas mismas emociones. También el hecho de que ambos parten más o menos de las mismas influencias.

Más que influencias, ¿quiénes fueron tus referentes al momento de estas grabaciones?
Para este disco, música de videojuegos como Zelda y Final Fantasy, soundtracks como Twin Peaks y Nosferatu de Herzog, mi héroe Jefre-Cantu Ledesma, Lovesliescrushing, Basinski, Grouper, Dirty Beaches, My Bloody Valentine, Arvo Part, Henryk Gorecki, Satie, Oneohtrix, el Selected Ambient Works Vol. 2 de Aphex Twin, los minimalistas neoyorquinos de los sesenta como Terry Riley, cosas más nuevas como Visible Cloaks y artistas mexicanos que he tenido el privilegio de conocer: Shax, Erebo y la Juventud Psíquica, etcétera.

¿Son discos previamente compuestos o nacieron lúdicamente, a partir de estar “jugueteando” con los instrumentos?
Creo que ninguna de las piezas, de cualquiera de los dos discos, fue previamente compuesta. Eso lo estoy haciendo más con lo que estoy trabajando. Pero sí, casi todo surgió de estar jugueteando con los instrumentos, o en el caso de Cosmic…, jugueteando con Ableton y Logic. Me gusta ser ceremonioso a la hora de grabar o componer. Me aseguro de estar solo y entro en un especie de frenesí de alcohol y hierba, en un “stream of consciousness”, buscando desconectarme de mí mismo y a partir de ahí buscar accidentes, improvisar. Así salió “Moon is Smiling”, por ejemplo, que es mi favorita.

¿Qué se pierde/gana con las nuevas formas de grabar? Me refiero a que ya no necesitas un estudio como los de antaño para hacerlo.
A mí me gusta mucho vivir en esta época, porque puedo grabar yo solo en mi casa y no hay nada como ese sentimiento. No te puedes aislar física y mentalmente de esa manera cuando estás en un estudio profesional, a menos que sea el tuyo. Cuando te encuentras en tu casa estás en tu “zona”, con tu gato y tus pinturas y tus chingaderas. Literal, puedo grabar voces mientras abrazo a mi gato o se sube al teclado a agregar un par de notas a alguna canción. Siento que los discos hechos en casa pueden sonar igual de impecables que los hechos en estudio. Lo más importante, más que saber mezclar y masterizar, es grabar la señal de origen lo mejor posible y todo lo demás se soluciona fácilmente. Estudios tal vez convienen cuando tienes una banda o grabas instrumentos complejos, pero electrónico lo haces donde sea con tu computadora.

¿Hay planes de futuros discos pronto?
Habrá otro este año, definitivamente. Va ser el más cholo hasta la fecha. Es lo que he trabajado más recientemente, porque Roaring, la mayoría es bastante viejo. Lo próximo va ser electrónico hiperactivo, combinado con hip hop ruidoso y cochino y baladas medievales de amor que suenan a un Final Fantasy que nunca salió.