Para Angélica, como siempre

Las palabras se mueven, la música se mueve
—T.S. Eliot, “Burnt Norton”

Sospecho que para muchos de los que rondamos con razón y sin remedio la década de nuestros inexorables años sesenta, los sonidos que acompañan la era de la incertidumbre son la expresión esporádica de nuestras propias perplejidades culturales y estéticas. Los gustos globales se han pulverizado en el consumo frenético de música electrónica,  “música urbana”, la proliferación de dj´s, el imperio del reggetón y del trap, el desvanecimiento de las fronteras de la “música alternativa”, variaciones al infinito del rap en distintos idiomas y con diversas intensidades, a los que habría de agregar los sonidos locales dominados por la música de banda, el romanticismo pop o los ecos del rock nacional.

El alargamiento de la juventud y el envejecimiento relativo de la población son fenómenos que acompañan los consumos y definen de manera imprecisa los gustos musicales permanentes, inestables o fugaces entre individuos y tribus, entre estratos y clases sociales, cuyas preferencias se revelan todo el tiempo frente a las nuevas plataformas digitales, donde la música ha alcanzado niveles de audiencia nunca antes registrados, en una expansión sin precedentes de las nuevas industrias culturales. La crisis de la radio y el declive dramático del consumo de discos (con todo y el renacimiento de los discos de vinil) alcanzan también la erosión de la crítica, donde predomina sin discusión el relativismo del “todo vale”. Las brechas generacionales se han convertido en fragmentos que flotan sobre la superficie de arenas movedizas, en la cual jóvenes y no tan jóvenes coexisten bajo climas sociales en los que la exigencia de derechos y la anti-política se mezclan con la furia y el ruido, con los reclamos y las denuncias, con la desigualdad y la violencia.

Es curioso como ese contexto se traduce en sonidos paradójicos. Ritmos planos, repetitivos, la legitimación del lenguaje soez, del “porno auditivo”, sexismo y violencia, imágenes de status como poder personal, la divinización del individualismo, la defensa del barrio y la tribu, la exposición de creencias y grandes expectativas de lujo y consumo, de hedonismo y placeres, catálogos enteros de postales de drogas, sexo y reggetón habitan zonas extensas de los imaginarios culturales de la incertidumbre. En ese contexto, géneros como el rock, el blues, el soul, el R&B y todas sus mudanzas e hibridaciones se han relocalizado en la aldea global. La música del siglo XXI los ha desplazado sin pausa pero sin prisa de la luminosa centralidad que ocuparon en la segunda mitad del siglo XX. Hoy, los grupos, compositores y cantantes que cultivaron esos géneros, al amparo de la primera explosión del “capitalismo cultural” que sentó las bases de la industrialización de la música masiva, sobreviven grabando algunos discos, organizando conciertos esporádicos o emprendiendo giras mundiales en loas cuales puedan conectar con públicos recientes o antiguos.

Quizá debido a ello, los ahora más que maduros artífices de los sonidos que gobernaron la música popular en el último tercio del siglo pasado han emprendido trayectos revisionistas, una re-lectura de sus propias obras. Se trata de esfuerzos por repensar y corregir, en algunos casos para mejorar, canciones tempranas; pero también contemplan la hechura de nuevas canciones que colocan tímidamente en el mapa de los sonidos globales contemporáneos, como banderas de un tiempo que no se ha ido, como recordatorio de que la interpretación de las culturas exige siempre el reconocimiento del pasado reciente.

Con el viento en contra, Paul Simon, Bruce Springsteen y Mark Knopfler son buenos ejemplos de esos esfuerzos exóticos, casi heroicos. A finales del año pasado lanzaron obras al gran océano de los sonidos globales, acaso con la esperanza de que a alguien o a algunos les resultaran atractivas, quizás hasta interesantes. Se trata de discos inspirados por la nostalgia de las pasiones tranquilas que están detrás de la creatividad musical, donde la experiencia, la paciencia y la persistencia se confirman como fuentes únicas de curiosidad e invención de sonidos y letras. En un tiempo dominado por las pasiones destructivas (codicia, racismo, xenofobia, violencia, desesperación), la apuesta por la mesura y la distancia, la prudencia y el escepticismo, constituyen buenas noticias para el optimismo presente y futuro.

El artesano, el nómada, el sedentario

Paul Simon (Newark, 1941) lanzó a en la primavera del año pasado In the Blue Light (Legacy, 2018), una obra intimista, a la vez introspectiva y retrospectiva, que construye serenamente alrededor de diez canciones reinventadas por un grupo extraordinario de músicos jóvenes, a los que el propio Simon invitó para explorar su pasado como compositor y cantante.  El resultado es una sorpresa, la revelación de una obra exquisita mirada desde una perspectiva diferente. Canciones arrumbadas, otras vueltas a grabar, algunas olvidadas por el propio Simon en algún estudio de grabación, desfilan lentamente a lo largo del disco. “Can’t Run But, “How the Heart Approaches What it Yearns”, “René and Georgette Magritte with Their Dog After the War”, “Teacher”, “Questions for the Angels” son parte de los registros acumulados por Simon a lo largo de más de medio siglo de trayectorias mútiples por los barrocos mapas del folk y el rock norteamericanos. La combinación de flautas, clarinetes, violines, chelos, percusiones, sax, pianos, tubas, chasquidos de dedos, imprimen fuerza y delicadeza al recorrido sonoro, al que invitó como arreglistas a músicos como Wynton Marsalis, Rob Moose o Bryce Dessner. En un trabajo de orfebrería artesanal, de re-hechura de sonidos, armonías y letras de sus propias canciones, Simon propone una incursión profunda sobre las aguas de sus propias nostalgias, anhelos y esperanzas.

Por su parte, el noveno disco en solitario del guitarrista escocés Mark Knopfler (Glasgow, 1949) exhuma la música del nómada. Sobriedad, discreción, una narrativa minimalista, salpicada de los toques metálicos del sax y de suaves coros susurrantes, configuran el sonido apacible y cálido de uno de los mejores guitarristas de rock de la historia del género. Down the Road Wherever (Universal Music, 2018) quizá representa mejor que sus discos anteriores las líneas maestras de los territorios simbólicos que Knopfler está empeñado en recorrer desde hace más de dos décadas. Trece piezas que apuntan hacia distintas direcciones, intensidades y ambientes. Retratos de oficios viejos, útiles para lidiar con las nuevas circunstancias vitales dominadas por el consumismo y la incertidumbre (“Trapper Man”), niños abandonados creciendo solitarios y vagando en planicies áridas (“Nobody’s Child”), la música de la melancolía y de los afectos personales (“When You Leave”), la auto-contemplación del envejecimiento físico mirado desde el espejo de alguien que se desvanece en la distancia (“Floating Away”), las dificultades por entender un tiempo presente y extraño que parece transcurrir demasiado rápido para algunos (“Slow Learner”), la nostalgia por practicar “el único juego del pueblo” alrededor de viejas pistas de baile (“Back on the Dance Floor”). Lejos de los incendiarios riffs de su pasado remoto, Knopfler desliza sus dedos expertos entre los acordes de guitarras acústicas y el ritmo pausado de bajos eléctricos, acompañados por teclados, baterías, percusiones, flautas de madera, saxofones, trompetas, trombones. La voz profunda del escocés marca con nitidez los matices, los énfasis, las palabras que imprimen un sentido de coherencia básica a sus experimentos sonoros. Knopfler es un alquimista nómada, un artesano inquieto que va a donde el camino lo lleve sin preocuparse demasiado por el destino, confiado en que sus instintos, el azar y la fortuna le pueden deparar cosas interesantes.

Bruce Springsteen (New Jersey, 1949), por el contrario,  dignifica la figura del sedentario en Springsteen On Broadway (Columbia Records, 2018). El disco recoge  parte de las canciones que el músico de Nueva Jersey incluyó en la obra protagonizada por él mismo durante el otoño pasado en el Teatro Walter Kerr de Nueva York. Por medio de un monólogo, Springsteen narra el origen de la creación de dieciséis de sus canciones más representativas, tratando de descifrar el sentido de las palabras y sonidos que habitan piezas como “Thunder Road”, “Born in the USA”, “My Hometown”, “Brilliant Disguise”, “The Ghost of Tom Joad”, “Dancing in the Dark” o “Born to Run”. Son relatos íntimos, confesiones personales y quizá generacionales (que suelen ser también tribales), gobernados por la fe y la inseguridad, la nostalgia y la esperanza, la amistad y la diversión. Con buen sentido del humor, el Jefe reconoce ahora que el combustible detrás de cada canción fue la depresión. Combinado con la necesidad del reconocimiento paterno, de la búsqueda inconfesada de una identidad y algún sentido de pertenencia, el rock se convirtió para Springsteen en un pretexto para construir un refugio seguro, habitado por amistades sólidas y afectos perdurables. Fiel al costumbrismo urbano de la música de la costa este, las canciones son ejecutadas únicamente con guitarras, armónica y piano, en la soledad del escenario en penumbras de un viejo teatro de Broadway.

Simon, Knopfler y Springsteen reafirman a la contemplación como una de las bellas artes. Nos recuerdan que nada es tan bueno ni tan malo ni para siempre. Pero también nos ofrecen la extraña certeza del cultivo cuidadoso de las pasiones tranquilas, de cierta estética melancólica, como mecanismos legítimos de defensa en períodos de incomprensión e incertidumbre. Después de todo, quizás el propio Eliot tenía toda la razón poética cuando afirmó en “Dry Salvages” aquello de que “somos la música mientras dura la música”. Disfrutemos mientras se pueda.