Lo propio de Charly García ha sido ser indefinible; pero siempre vuelto un escándalo, siempre del lado de los rudos. Un ser de locuras. Grandes locuras. Un genio loco.

Así resulta que hay muchos conceptos de Charly García y ni un solo Charly García verdadero. Hay uno por país de América Latina, muchos para España y los EUA. También es distinto según la generación. Los que lo vimos llegar como Sui Generis o Serú Girán lo consideramos el casi más que Bob Dylan del rockcito argentino, lo que le faltó nomás fue algo como “Como una piedra que rueda”. Quienes lo escucharon como música de discoteca desde Clics modernos o Piano bar responden como perro de Pavlov y bailan mecánicamente en cuanto suena una de sus rolas. Quienes le agarraron el plan en la era del exceso, casi ya están muertos todos, por pasados y drogotas, y no pocos se encuentran en el salón de la “fuma” de los punks con penacho inkapache del coño sur de la Isla Tortuga. Luego vino la etapa Say No More, un galimatías. Para que sus fans del siglo XXI tengan un concepto arcoíris de Charly García, pues, unos lo ven como un abuelo dañado y otros como un arlequín rocambolesco y no falta quien lo quiera entender como un Rimbaud de asilo de ancianos tipo Arkham, you know. En fin, hay Charly García para todo y para todos. Ahora ya lo bailan como escuadrón de la muerte en las fiestas de XV años o lo emplean para entretener momias vegetales ya sólo en espera de la muerte en los hospitales y sanatorios de la godinez terrestre.

Charly García
Fotografía de Prensa TV Pública, bajo licencia de Creative Commons.

De situar la música de Charly García dentro de un referente conocido, lo mejor será decir que hace música pop al estilo argentino o al estilo porteño internacional sin chéyser. Tiene momentos sublimes de blues, rock o jazz, en un cuatro por cuatro perfecto y bien sincopado, el paradigma es “Nos siguen pegando abajo” y la síntesis alquímica está en “Fanky”; pero generalmente deriva y surfea por las zonas polícromas de lo progresivo diverso y muy ecléctico. García puede tocar la guitarra y los teclados, en estos últimos es donde se siente más seguro. Es un mago de la melodía y la armonía, logra tonalidades y texturas que ponen la piel chinita y los ojos aguados. Pero domina la tonada que pone a bailar pensando y a pensar bailando, como lo pide el budismo zen más puro, el que sólo aguantan los camellos y los leones y que le escupe a los ojos al yoga y las mameces de la religión new age.

Comparado con su paisano y cuate Luis Alberto Spinetta, nuestro héroe camina con los pies en el suelo y nunca se olvida de que el rock es una cosa necesariamente sucia y rascuache, hasta cuando supera a Bach y Beethoven. Comparado con Andrés Calamaro, el viejo prematuro Charly García no se cree Chavela Vargas ni imita a Bob Dylan en traje de torero gallego, porque García sí tiene una personalidad propia y llena de mundo, no se cree el Leonard Cohen de los choripaneros ni el Brian Wilson de los bailadores de malambo, él siempre es el monstruo Charly García y ya. Y comparado con el finado Gustavo Cerati, el guitarrero de Soda Stereo, la música de Charly García no es una fotocopia de Police encimado con Maná ni hace letras afásicas o rústicas.

Un valioso momento autobiográfico dentro de la extensa y compleja obra de Charly García se encuentra en el álbum Filosofía barata y zapatos de goma (1990). Allí narra de forma conceptual minimalista la historia de la relación amorosa con Zoca, una estudiante de danza que conoció en Brasil, cuando ella tenía 21 años. Vivieron juntos más de diez años y de pronto un día, sin avisar, ella agarró sus cosas y lo dejó para nunca regresar. Todo eso lo dejó descontrolado y suicida por el lado humano, desastre que supo sublimar en la composición y grabación de estas once canciones, colección que concluye con una versión muy pachecota del himno nacional argentino, esto lo llevó a un juicio en el que lo acusaban de ofensa a los símbolos patrios, juicio sobre libertad de expresión que al final él terminó ganando en los tribunales y así consiguió que su versión fuera autorizada para publicarse e interpretarse en Argentina.

Dentro de lo que compuso para la banda Sui Generis hay grandes canciones, cargadas de ingenio verbal y de compromiso social, tales como: “Canción para mi muerte”, “Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris”, “Confesiones de invierno”, “Rasguñar las piedras”, “Instituciones”, “El tuerto y los ciegos”, “Juan Represión” o “Me tiré por vos”. Y ya con todo un estilo propio en lo pop, las canciones de Charly García como solista son pegajosas y sus letras dan mucho para pensar. Dentro de las que van perdurando con buena aceptación están “Promesas sobre el bidet”, “Demoliendo hoteles”, “No voy en tren”, “La ruta del tentempié”, “Cerca de la revolución” y “Ella es tan Kubrick”. En verdad, hay Charly García para todos los gustos… y también para todos los disgustos.

Del lado negativo, se puede decir que las grabaciones de Charly García son muy desiguales. Que fueran menos hubiera sido mejor. Por eso funciona bien en recopilaciones y antologías. Con sus innegables momentos de genialidad surrealista, la imagen de rebelde maldito que se inventó hasta volverla carne y hueso no es digna de imitar en ningún sentido. No pocas veces ha hecho el ridículo en grande. Ni modo, es muy humano y muy frágil, un genio temperamental.

Para quienes de esta manera estén entrando en contacto con la música de Charly García, yo les propongo que comiencen a escucharlo por la rola “Los dinosaurios”. Que traten de reconstruir el contexto histórico en el cual García la graba y hace pública, que es cuando Argentina vive la hora sangrienta de la dictadura militar y la guerra más sangrienta de las Malvinas, cuando la gente desaparece por todas partes, ya sea por sospechosa de algo, por terrorista de alguien o porque la aniquilan los soldados británicos en las trincheras. Decir lo que dice esa canción fue una temeridad ante la censura y la represión de la cultura popular que ejerció la dictadura militar argentina, un populismo sangriento más. Es una buena muestra del rockero contracultural que siempre ha sido este personaje del bigote bicolor. Pero si reducen la letra de esta canción a meras sílabas sin sentido, como si no entendieran el castellano, pongan mucha atención a la interpretación del piano, primero, luego sus armonías en los otros teclados, las voces sobregrabadas de García, la ausencia de batería. Música urbana. Con bailarla te olvidas de ti.