Juan Carlos Ruiz (JCR) es un compositor mexicano a quien no se le ha hecho la debida justicia. Desde las diferentes trincheras en las cuales se ha parapetado (Nazca, Culto Sin Nombre, Arteria), siempre ha cultivado el horror, el espanto, la zozobra. Sin importar el nombre de sus proyectos o el número de sus acompañantes, la oscuridad se encuentra presente en todos ellos.

Hace 22 años apareció el primer disco de La música de Erich Zann (Discos Monia, 1997), en ese entonces con una formación integrada por Carlos Alvarado (piano, sintetizador, sampleos, sax tenor, clarinete bajo y composición); Noé Tenorio (clarinete y sax tenor); Gustavo Albarrán (corno francés, corno natural, voz) y JCR (composición y fagot).

Ahora, esa presencia regresa con una nueva alineación (Adolfo Zaragoza, guitarras; Carlos Alvarado, sampleos; Alex Eisenring, sintes y sampleos orquestales y JCR, fagot y composición) y disco (En tormento, Eibon/Kathmandu Records/Discos Momia, 2018).

Si en su primera incursión La música de Erich Zann —el nombre se tomó de un cuento de H.P. Lovecraft— había una dosis de misterio, también es cierto que creció con limitaciones, pues la paleta sonora de la cual dispusieron Ruiz y compañía no alcanzó a cubrir la imaginación de éste. Desde entonces, el fagotista echó a andar otras agrupaciones y fue el año pasado cuando recuperó este proyecto que, comparado con su grabación anterior, en realidad es una entidad nueva en la que los visos de continuidad sólo se han dado por el nombre.

Prácticamente todos los ensambles de los que ha formado parte JCR han transitado la senda del rock en oposición, en una de sus vetas más “siniestras” y En tormento no es la excepción. Como referentes, el escucha puede pensar en Univers Zero y Present, pero también recurrir a la historia de Nazca y, con mayor énfasis, a los recientes movimientos que gestó en Arteria, principalmente porque un aliado allí, Adolfo Zaragoza, se convierte en una pieza clave en esta producción (oído a los latigazos de guitarra en “Ansiedad” y “Suplicio”, la última apoyada por los sintetizadores de Eisenring que generan un mosaico del dolor).

Los cortes están perlados de esa extraña musicalidad que desparrama el fagot, de efectos sonoros (de la mano de Alvarado) que, aquí y allá, apuntalan las historias sonoras de este álbum que se nutre de Edgar Allan Poe, August Derleth, H.P. Lovecraft y otros maestros del horror. No busquen luz, brillo o resplandecientes auras en los sonidos de este cuarteto, es música agorera (en “El sepulturero”, uno casi puede sentir el andar de ese personaje nada deseado, pero necesario, que avanza ineluctable a la realización de su trabajo).

Es música para orquesta de cámara que echa mano de la tecnología, pues Ruiz compone y escribe toda la música y ésta posteriormente es transportada por Alex Eisenring a sonidos virtuales (violines, chelo, contrabajo, piano, timbales, campanas tubulares, dos bajos eléctricos y voces) que se fusionan con la interpretación en vivo del fagot, la guitarra y los sampleos. Es un trabajo con alma dolorida en la que la guitarra tiende a ser visceral, al crear violentos y dolorosos sonidos que recrean una pauta del infortunio, aullidos dolorosos en los cuales no hay cabida para la esperanza.

Cuando hay ocasiones en los que la música parece no poder ser más siniestra, llegamos a un corte  (“Lo que no muere”) que contradice esa idea. Aquí, fagot y piano crean una atmósfera opaca y la guitarra —un verdadero chirrido, un taladro inmisericorde— torna más espeluznante ese martirio que las percusiones recalcan (JCR escribió las composiciones a partir del título de las mismas, por lo que sus descripciones sonoras son bastante acertadas). Es una orquesta del desasosiego, porque de pronto aparecen violines, piano, diferentes percusiones, sampleos y cellos que se tornan incluso cacofónicos en una composición como “Ceremonial negro”, un verdadero aquelarre.

Una de las múltiples crestas de este disco está en el corte que da título al álbum, la descripción sonora de la lucha entre quien aplica el dolor y el tesón de quien lo resiste, pero en realidad En tormento es uno de los trabajos más sólidos que hayan surgido en años recientes en la veta de la vanguardia de este país. No, de ninguna manera la propuesta de La música de Erich Zann es sencilla de asimilar, pero hay que intentarlo y una vez que se consigue atravesar esa densidad, la gratificación —porque la hay— será constante.