Dice el viejo tango que 20 años es nada. 25 tampoco. Pero el tiempo es relativo y dos décadas y media pueden ser muchísimo, un todo absoluto y totalizador. Lo son. Sobre todo cuando partimos del hecho de que ese par de decenios más un lustro empezaron en un año tan crucial como 1994.

Fue el 5 de abril de ese mismo año que una noticia cimbró al mundo, no sólo del rock, no sólo de la música o del espectáculo, sino al mundo todo. Kurt Donald Cobain O’Connor se había arrancado la vida. Un hombre de escasos 27 años, un individuo rebelde e inadaptado a las exigencias de eso que solemos denominar como El Sistema, un tipo inseguro y tímido, pero audaz y talentosísimo, acababa de poner fin a su existencia de la manera más cruel y expedita, mediante el trámite mortal de un escopetazo.

Kurt Cobain tuvo una carrera musical muy corta y fue así por decisión propia. Pudo haberse convertido en una mega estrella del rock y quizás hoy seguiría dando conciertos por el mundo entero. Tal vez nos dejó sin la posibilidad de conocer lo que habría sido lo mejor de su obra como compositor e intérprete. Sin embargo, no pudo o no quiso soportar toda la parafernalia industrial, todo ese tinglado de intereses económicos que se había armado a su alrededor y que lo ahogaba con las exigencias de la mercadotecnia y el star system.

Ilustración de Rose Robin, bajo licencia de Creative Commons.

Congruente como era, prefirió el camino —¿fácil, difícil?— del suicidio y dejó en la orfandad no sólo a su preciosa hija, sino a millones de seguidores en todas partes del mundo.

Pero más allá de lo que ahora es una figura mítica, una leyenda roquera a la altura de un Jimi Hendrix, un Jim Morrison, una Janis Joplin, un Brian Jones y otros integrantes del célebre Club de los 27, ¿cuál es la real importancia de Cobain como músico, como compositor, como artista?

A menudo escucho a gente que le regatea méritos. Dicen que el de Aberdeen (pequeña población cercana a Seattle, la principal ciudad del noroccidental estado de Washington, en la costa del Pacífico, donde nació el 20 de febrero de 1967) sólo es ensalzado por su muerte y que si no se hubiera suicidado, Nirvana habría sido una agrupación más del montón. Yo difiero radicalmente de esta visión y pienso que al morir, el autor de “Lithium” y “About a Girl” era ya un artista consumado, con una obra pequeña, sí, pero muy importante.

Si revisamos cada álbum en estudio de Nirvana, desde el Bleach de 1989 hasta el Heart-Shaped Box de 1994 (para no hablar del extraordinario Nevermind de 1992), encontramos una obra concisa, congruente, que no sólo refleja el espíritu desencantado de una generación (la que en los años noventa del siglo pasado tenía entre 15 y 30 años), sino también la desesperación de aquellos jóvenes en una década económicamente muy dura y en la que las drogas y el alcohol parecían la única manera de sobrellevar problemas como el desempleo, la violencia urbana, la desintegración familiar, etcétera. En esos trabajos discográficos vemos que la mayoría de las canciones son, en lo musical y lo letrístico, joyas de una perfección sorprendente. Temas como “Polly”, “In Bloom”, “Come As You Are”, “Breed”, “Rape Me”. “All Apologies”, “Pennyroyal Tea”, “Dumb”, “Frances Farmer” o, por supuesto, ese himno imperecedero que sigue siendo “Smells Like Teen Spirit”, con su ya clásico e inconfundible riff , están cuidadosamente construidos y la rabia y el angst que contienen sigue estallando cada vez que suenan. Son piezas formal y sustancialmente impecables.

Al lado de su bajista y gran amigo Krist Novoselic y de su fantástico baterista Dave Grohl (hoy líder de Foo Fighters), Cobain logró compendiar lo que fue la primera mitad de aquella década trágica y transformadora y aunque quizá como músicos no tuvieran la estatura técnica y artística de contemporáneos suyos como Soundgarden, Pearl Jam, Alice in Chains o Screaming Trees, ninguno de éstos lleva en sí, como Nirvana, la marca del grunge, ese subgénero que fundió como acero ardiente al punk y al rock duro con el metal y el noise. Eso fue lo que hizo ese trío encabezado por aquel muchacho flaco, desbalagado, rubio y de ojos azules que era el muy estadounidense Kurt Cobain.

Lo que hizo con Nirvana ahí queda, con cuatro discos en estudio y dos o tres en concierto que no han perdido vigencia y siguen sonando actuales. Era un artista en toda la acepción de la palabra. Pero también un ser humano vulnerable, débil, sin el ánimo de enfrentarse a las calamitosas exigencias de la fama.

Un cuarto de siglo se cumple este año de su partida. Lo que aún no podemos decir es si se fue a tiempo o si debió permanecer entre nosotros.

 

 

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Kurt Cobain, 25 años después