Tere Estrada. Este año Tere Estrada cumplió tres décadas de trabajo continuo en los escenarios y lo celebró con el octavo disco de su carrera, una placa titulada Blues en la penumbra que también funciona como el soundtrack de una novela homónima publicada en formato digital y en la que narra la vida de Ámbar, cantante de voz inigualable y sempiterna bebedora de ron Potosí, pero a quien pierde el amor.

Tere Estrada

El lector y melómano puede acercarse al texto y encontrar, al final de algunos de los capítulos, la indicación de pulsar el reproductor del CD para dar paso a una composición que complementa la historia. En ese sentido, nos enfrentamos a un álbum diverso, permeado por el sabor de la noche, salpicado de alegrías y tristezas (más de las últimas) y en el cual su autora ha echado mano de una variedad de vertientes sonoras: bossa nova, rhythm and blues, funk, jazz y hasta canción de cuna. Son canciones, dice, “de enamoramiento, de pérdidas, de renacimientos, de encuentros mágicos, de viajes alucinados, de amor a la música”.

Ese “amor a la música” se traduce en una sensualidad que cobija la totalidad de las composiciones. Si la historia escrita fluye cual río con sus rápidos y sus pasajes de calma, las composiciones del álbum hablan-retratan a una mujer apasionada que vive la noche con sus peligros, tentaciones, sueños y sinsabores.  “Estréchame”, un bossa nova en su primera parte, más inclinada a la salsa en la conclusión, es como una ráfaga de viento nocturno, juguetón, erótico, incitante, mientras “Tortuguita consentida” es una chilena a capella y “¡Vamos, gato!” –  el amante de Ámbar que la deja plantada y causa principal de que esta se sumerja en el alcohol– tiene algo de funk, jazz y blues. La autora de Sirenas al ataque, ese libro que debería de ser de texto para todo aquel que busca internarse en las entretelas del rock mexicano, ha hecho uno de sus mejores trabajos. Puesto a elegir, me quedo con el disco —la producción del mismo estuvo a cargo de Roy Cañedo—, sus acabados, por esa perpetua sensación que te deja de estar atravesando la noche; pero una vez que se le escucha, es tentador repasar la triste historia de su inpiración: Ámbar.

Leticia Servín. Sor Juana Inés de la Cruz es una poetisa frecuentemente mencionada, más como un lugar común que porque su obra sea verdaderamente leída. Leticia Servín, cantautora que, además de componer, ha dado prueba de su buen gusto, lanzó hace poco La fiera borrasca, en donde acometió la tarea de musicalizar a la oriunda de San Miguel Nepantla.

Leticia Servín

No se crea que del disco se desprende un tufo de solemnidad, aunque sí, la Servín lo encaró con seriedad y mucha sensibilidad. Acompañada de un gran número de invitados (Ramsés Luna, María Camargo, David Aguilar, Roberto González y Juan Cubas Friedman, entre otros), ella juguetea con la música para arropar los textos y lo  mismo construye sonidos pastorales (“Verde embeleso”) o de una gran melancolía (“Desengaño”) que adorna con algo de clasicismo (“Esta tarde”) y en donde su voz recupera ese canto popular, en donde las coplas tienen un sabor a viejo y macerado por las experiencias, por las caminatas solitarias por campiñas donde la tierra habla.

La fiera borrasca no es un disco de éxitos, es una propuesta que va más allá, es una declaración de los caminos que la música mexicana —olvidémomos de un género en específico— gusta hollar de vez en vez. Aquí hay riesgo (“Lisonjero” es una norteña con todas las de la ley), cuidadosos arreglos, sonidos bellos pero también poco complacientes (“No puedo tenerte”) y que ella es capaz de llevar a los terrenos del bolero o de la canción tradicional (“Glosa”) sin necesidad de recurrir a los clichés. Un disco bello, deseoso, ansioso de ser escuchado por más oídos.

Myrna Ar. La Conjura es un cuarteto integrado Myrna Ar (voz, letras), Juan Carlos Máquez Téllez (guitarras acústicas y eléctricas), Mauricio Romero Hernández (bajo) y Sergio Delberth Mendoza Guzman (batería). Es una agrupación de reciente cuño que entrega su primer álbum llamado La sed del tiempo, obra que podríamos incluir en una vertiente de rock pop, aunque por momentos se adentra por ciertos pasajes duros, agresivos y casi lindantes con el metal (“Qué pasa aquí”).

Myrna Ar

Es una colección de canciones bien construidas que incluso se internan por el bues (“Instante”) y uno de cuyos puntos importantes es la gana de decir cosas que muestra Myrna en sus letras. En “Calladitas” hay una crítica a la condición que guarda un sector de las mujeres (“Calladitas, invisibles, siempre amables”); en “Juana”, pinta el retrato de una mujer que llega a la frontera a tratar de cruzar para encontrar trabajo. Especial mención, además, para el trabajo de las guitarras de Márquez Téllez, quien también fungió como productor de esta placa editada de forma independiente  y que se erige como una alternativa para quienes están hartos de lo mismo.

 

 

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