Romina Peluffo comenzó una exitosa carrera como actriz en 2002, con pequeñas grandes participaciones en cortos y películas como El último tren (2002), Whisky (2004) y Total disponibilidad (2008). Coqueteó con el departamento de arte, el departamento de casting y la dirección de arte, pero su enfoque siempre estuvo en la actuación, hasta que decidió volcarse hacia adentro, a esa necesidad de fluir como interprete de sus propias palabras, de su propia poesía, y así comenzó a desanclarse en Romina Peluffo esa materia que quiere soñar.

En septiembre de 2018, esta uruguaya estrenó Obsesa, un álbum de diez tracks, de producción independiente, con el cual se da a conocer como música y entra al mundo del rock. En Obsesa, las pistas suenan oscuras y melódicas, en la línea más pura del tropical dark charrúa, con toques de un western post-apocalíptico. El disco es como una cápsula del tiempo, una caja con objetos cotidianos que una niña enterró en el pasado a la espera de que fuera descubierta y estudiada en el futuro.

“La madurez es la escalada hacia la verdad y hacia el bien”, escribió Cieri Estrada, ¿cómo ha sido esa escalada para Romina Peluffo, y cuál es ese bien final?

Creo que esa es una visión optimista de la madurez. Está bien. Es algo así como el mejor escenario posible. Pero “la verdad” y “el bien” son conceptos tan absolutos, tan grandes, que no me atrevo a usarlos. Lo cierto es que desde hace tiempo estoy intentando desentrañar de qué se trata la madurez, al menos para mí, en mi pequeña vida. Tal vez lo más difícil sea tratar de escapar del desencanto, de cierto cinismo que a veces parece inevitable. Por ahora solo tengo conclusiones provisorias.

Prácticamente lo has hecho todo en el cine; trabajaste como asistente de director, actriz, directora de arte. ¿Cuáles de estas vidas te ha gustado más?

En realidad, nunca fui directora de arte. Lo que más me interesó siempre fueron las áreas de dirección y guión. De todos modos, hace unos años me alejé también de eso y me he ido centrando cada vez más en mi trabajo como actriz, que es,por lejos, el que más disfruto dentro del cine.

¿Qué recuerdas de la realización de aquella Whisky del 2004, en donde hiciste un pequeño papel como “la chica de la boutique”?

Mi experiencia en el rodaje fue tan breve como mi aparición en la película. Y como siempre ocurre en el cine, uno pasa más tiempo esperando que filmando. Pero fue precioso. Mi escena era en el Argentino Hotel de Piriápolis, de manera que la aventura incluyó el viaje hasta allá, que, aunque breve, le sumaba atractivo a la experiencia. Yo no sabía que luego la película se iba a convertir en lo que se convirtió, pero se sentía en el aire que se estaba cocinando algo importante.

¿Cuándo nace esa pasión por la música en Romina Peluffo?

Creo que nació conmigo. Fue la primera cosa que supe que quería hacer. A los siete años, pedí que me inscribieran en la escuela de música del colegio al que iba. Mi sueño era estudiar piano, pero un piano era muy caro y nadie tenía muy claro que yo fuera a perseverar en la materia, así que por las dudas empecé con la flauta dulce. Estudié un año y perdí el entusiasmo. Al año siguiente me anoté en el coro del colegio, donde también estuve sólo un año. Evidentemente no era muy constante, pero la música me interesaba desde muy pequeña. Luego seguí explorando otros caminos. Me anoté en un grupo de teatro también dentro del colegio. Hacía deporte. Y la música quedó atrás.

¿Por qué esa pasión quedó algún día de lado?

Seguramente porque hace falta mucha disciplina para estudiar música, mucha paciencia. Y un umbral alto de tolerancia al fracaso, sobre todo al principio, porque uno no hace más que equivocarse todo el tiempo. A los siete años se ve que yo no tenía nada de eso. Me acuerdo que un día me dio una especie de ataque de rabia. Estaba estudiando con la flauta y había una parte que no me salía. Me frustré tanto que arranqué la hoja pentagramada del cuaderno, la arrugué y la tiré bien lejos, con un grito de furia. Luego la levanté del piso, la alisé y volví a ponerla en el atril para seguir intentándolo, pero me quedó grabado ese momento porque fue la primera vez en mi vida que sentí una frustración tan grande. Luego pasaron treinta años, y cuando volví a estudiar música, esta vez con una guitarra. Me encontré con que ahora sí tenía paciencia y perseverancia y que un montón de fracasos acumulados habían estirado considerablemente mi umbral.

¿Qué tan rockera te sientes ahora?

Bueno… ¿qué es ser rockera? En cierto sentido, soy más rockera de lo que nunca he sido, porque ahora hago música y esa música es rock. Por otro lado, llevo una vida mucho más tranquila y saludable que antes. Ya no fumo ni consumo otras drogas, cada vez tomo menos alcohol, practico yoga y entreno tres veces por semana. A lo mejor eso es más rock, en realidad. Quién sabe,

La prensa del corazón ha definido a tu música como: “caballos salvajes cansados de estar encerrados”, pero, ¿cómo la describirías tú?

Me gustó esa descripción. Me sorprendió y me pareció una linda imagen. Tal vez porque la música venía gestándose desde hacía décadas (aunque yo no era consciente), siento que es verdad que hay algo como de animal liberado. Pero si tuviera que describir mi música, diría que son canciones de rock bastante simples. Capaz que se puede decir que es rock/pop, porque hay algo pop en las melodías y también en los arreglos. Desde el punto de vista lírico, suelo decir que es un disco obstinado, porque insiste sobre los mismos temas una y otra vez, sin disimular ni pedir disculpas. No en vano se llama Obsesa. Musicalmente trabajé con mucha libertad, porque apenas llevaba un par de meses tomando clases de guitarra cuando empecé a componer, entonces fui muy libre, muy inconsciente. Después tuve la enorme fortuna de que Santiago Peralta y Laura Gutman se entusiasmaran con las maquetas y quisieran trabajar conmigo. Entonces las canciones agarraron un vuelo y una solidez que yo jamás hubiera podido darles por mí misma.

Has dicho que sientes que fluyes como cantautora e intérprete de tu propia poesía. ¿Qué vivencias y qué autores te llevaron hasta este punto?

Todo lo que puedo decir sobre ese concepto de fluir es que es algo que sucede sin que pueda explicarlo del todo. Cuando estoy haciendo música (en cualquiera de las etapas) siento que sé lo que tengo que hacer, aunque no haya estudiado prácticamente nada, aunque no sepa las reglas, aunque todo sea una gran improvisación. En cuanto a los autores que me pueden haber influido, no lo sé. He leído y escuchado de todo, pero soy poco rigurosa. Tengo períodos en los que me fanatizo con algo y le doy hasta el hartazgo, para luego abandonarlo. Y puede ser que tenga un nuevo empuje más adelante. Tuve mi época de fanatismo con Cortázar, de quien leí todo lo que encontré. También me gusta muchísimo Borges, quien tiene una obra tan profunda y llena de capas que se puede releer infinitamente. Bukowski es otro favorito. Sus novelas son maravillosas, pero su obra poética me deja la piel de gallina. Hay muchísimos autores. Supongo que todo lo que leí está en algún lugar de mí y puede haberme influenciado de maneras que ni siquiera puedo identificar.

Hace poco fui a ver a Joan Manuel Serrat que vino a Montevideo a presentar su espectáculo Mediterráneo da capo, en el que revisita su clásico disco que está por cumplir 50 años. Yo me crié escuchando ese disco, porque mi mamá es muy fanática, y ahora me pregunto qué tanto puede haber influido en mi cerebro infantil escuchar esas canciones que se mantienen vigentes medio siglo después y que aún me emocionan y cuya lírica me parece de un nivel superior. Es difícil saber qué es lo que lo hace a uno lo que uno es. Son muchas cosas, todas entreveradas.

¿Cómo fue trabajar con Santiago Peralta y Laura Gutman en la producción de Obsesa?

Fue un lujo. Ambos son grandes músicos y tienen una sensibilidad extraordinaria. Pero además, son exigentes, no les gusta cualquier cosa y no son para nada condescendientes. Así que cuando me dijeron que mis maquetas les habían gustado mucho y me propusieron hacer algo con ellas, no podía más de la emoción. Luego siguieron dos años de trabajo que fueron un placer de principio a fin. Nos entendimos perfectamente. Lo primero fue definir qué tipo de sonido íbamos a buscar. Los demos eran mi voz y una guitarra acústica. Aquello se podía llevar para cualquier lugar. Pero había por lo menos un par de temas que para mí necesitaban ruido, volumen, lo que en Uruguay llamamos “bardo”. Entonces decidimos que iba a ser un disco de rock y empezamos a andar ese camino. Santiago hizo de todo: arregló y produjo los temas, grabó todos los instrumentos salvo las baterías (que grabó Manuel Souto) y una guitarra acústica que grabé yo, mezcló, masterizó, fue ingeniero de grabación y hasta grabó algún coro. Su trabajo fue realmente colosal. Laura grabó un montón de coros y como productora estuvo desde un lugar más satelital, supervisando y opinando sobre todas las cosas, pero no metida todo el rato en el estudio. (Un detalle anecdótico: durante el proceso de trabajo, Laura y Santiago, que son pareja, tuvieron una hija. Así que Laura pasó un embarazo y los primeros meses de maternidad mientras grabábamos y mezclábamos el disco). Fue un proceso largo y un poco lento, pero extremadamente disfrutable y enriquecedor. Aprendí muchísimo en el camino y no existen palabras que puedan expresar el agradecimiento que yo siento con estos dos seres humanos, que además son amigos muy queridos.

¿De qué manera se dio el contacto con Santiago Guidotti para el diseño del disco?

A Santiago lo conozco hace años. Está casado con una amiga mía y me gusta mucho su trabajo como diseñador. Él también es músico (tiene una banda que se llama Monkelis que es muy divertida y original) y diseñó la portada del disco Planes de Franny Glass (un artista uruguayo bastante popular por estas tierras y también en Argentina). Esa tapa la hizo en colaboración con Alejandro Mazza, un fotógrafo que trabajó también en el rodaje del clip de “Obsesa”. Entonces, cuando decidí que la tapa del disco fuera un retrato mío, me pareció interesante convocarlos a ambos para que hicieran dupla otra vez, porque me había gustado mucho su trabajo previo. Quedé muy contenta con el resultado.

¿Cómo fue grabar en El Pinar?

Fue hermoso. Grabamos en la casa de Mario Davrieux, que luego terminó siendo tecladista de la banda con la que estamos presentando el disco. Mario era miembro estable, aunque como bajista, de la banda de Laura Gutman (Laura y los Branigan), al igual que Manuel Souto que grabó las baterías. Los Branigan ensayaban en la casa de Mario, así que había una sala ya dispuesta para ensayar que convertimos en estudio de grabación por un día. Fuimos un sábado de febrero y nos pasamos todo el día grabando. El Pinar está a unos 35 kilómetros de Montevideo y es una ciudad muy tranquila, donde mucha gente se ha ido a vivir en los últimos años, buscando escapar del “mundanal ruido” de la capital. Esa jornada para mí fue hermosa. Era lo primero que grabábamos (y era mi primera vez grabando un disco) y sentí que podía hacerlo el resto de mi vida.

Háblame de “Pobre el diablo”

“Pobre el diablo” fue de las primeras canciones que hice cuando aprendí las nociones básicas de composición. Empezó como un ejercicio de guitarra y cuando quise ver, tenía una canción entera. Eso me pasaba todo el tiempo. En un momento iba cada semana con una canción nueva. Era impresionante. Algo curioso de este tema tiene que ver con el título. “Pobre el diablo” hace referencia a un dicho popular que al menos en Uruguay resultó ser mucho menos popular de lo que yo creía. El dicho es así: cuando una persona se refiere a otra diciendo, por ejemplo: “Pobre fulano/a que lo dejó el/la novio/a”, alguien más (probablemente una tía abuela) dice: “Pobre el diablo que perdió la gracia de Dios”, en alusión al mito de Lucifer, el ángel caído que desafió a Dios y fue echado del Paraíso, convirtiéndose en Satanás. Entonces, según yo lo veo, el dicho sirve para poner un poco de perspectiva sobre las cosas: perder el favor de Dios y ser expulsado del Paraíso es algo grave. De ahí para abajo, digamos que no es para tanto. Yo lo entiendo de esa manera y le puse ese título a la canción porque para mí resignifica el texto. Lamentablemente, me encontré con que muy poca gente conoce el bendito dicho popular y muchos piensan que el tema se llama “Pobre diablo” que lleva la canción para un lugar que no me interesa para nada y que no es el que le corresponde. Pero bueno, es el riesgo de poner algo en el mundo. Uno pierde el control, tengo que acostumbrarme.