Todo va a salir bien. Era lo que aquel hombre inquieto interpretaba a lo lejos, cuando el gallo cantaba anunciando el alba. La intersección entre la noche y el día, el punto análogo entre las dualidades mesoamericanas.

Jairo Zavala no dejaba de escuchar ese anuncio de madrugada, el cacareo de posibilidad ante el mundo que apenas despierta y asoma sus ojos desde la sombra. En esa mañana, la tristeza ya no entraba por su puerta, incluso el frío la había abandonado allá afuera. Se levantó vigoroso y subió a la montaña en el sureste mexicano. Allí miró y escuchó las historias de cientos de sonrisas de elote, sin rostro. Era la palabra la que se revelaba. Una música interna desde la profundidad de la tierra.

“Somos viento”, decía, y el cacareo del gallo alargaba los ecos. Depedro nacía en el silencio, entregado a una súbita irrupción del sonido que marcaba la frontera, pero no una frontera en tanto muro, sino un horizonte como materialidad que le arranca un pedazo al infinito. Una frontera sensible que nos revela la simpleza sublime y a veces inasible de las cosas, para que podamos mirarlas y a la vez que ellas nos miren.

Depedro, el proyecto más personal de este hijo de las nostalgias latinoamericanas y la esperanza de un África de todas las suertes. Desde allí nació un solo sentir-pensar de la vida: “Todo va a salir bien”. Frase tan hueca para el que no escucha, se atreve o experimenta. Una consigna de resistencia y de calma para levantarse de uno mismo y que hoy lleva el título de su último disco con el que celebra diez años de iniciar aquella maduración musical, la que no podría existir sin la sensibilidad colectiva de músicos que lo han formado y acompañado. Almas vivas que han logrado hacer este proyecto posible. Raíces que se colocan entre otras con firmeza para desplegar el suelo.

Zavala ha nacido de un colectivo que no sugiere la negación de lo individual, sino potenciarla. Allí están muchos de sus ascendientes como Amparanoia, La Vaca Azul, Tres mil hombres y Zolo Zeppelin. Hoy se integra a otras fuerzas creadoras de las cuales no para de aprehender nuevas posibilidades, como lo es el grupo estadounidense Calexico, sus oráculos que le han enseñado a experimentar opciones múltiples cuando el camino parece cerrado. El amor ha sido mutuo, y es por eso que carga con orgullo el liderazgo de la guitarra en aquella flamante agrupación: flores en el desierto que sueñan sin muros.

Para celebrar esta primera década, Depedro, recurre al ensueño del púrpura profundo y desde allí hace un trabajo excepcional, grabado en vivo desde el Estudio Uno en Colmenar Viejo, en Madrid. Estudio que por dos días continuos se volvió una bohemia plazuela de encuentros, ideas y matices. Allí Jairo no sólo incurrió como el músico de gran capacidad de tiempos y ejecución, sino como productor de este recorrido de diez años en los cuales ha escudriñado la vida con sus cinco sentidos.

Amigos que por fortuna rebasan los dedos de una mano lo acompañan, tales como Coque Malla en la canción “Déjalo ir” que demuestra cómo un tema se puede volver aún más entrañable. En otra esquina aparece “Como el viento”, con el catrín del plástico fino, Santiago Auserón, que dota de su alucinante personalidad a uno de los temas que han definido la historia Depedril. Luego viene Luz Casal, que se posa como matrona en “Te sigo soñando”, esta canción que desde siempre asoma los poros de la piel y que si me lo permiten, diré que en unos cuantos años, los necesarios, podríamos pedir a alguno de los mariachis en la Plaza Garibaldi de la Ciudad de México para cantarle al amor eterno.

Las emociones sólo operan en suma y deciden rendirse con “Llorona”, una interpretación con Fuel Fandango que hace arrebatar una sonrisa a Chabela Vargas en su camino al Mictlán, inframundo azteca donde las almas encuentran descanso eterno sin que haya cupo para las diferencias sociales como en la Tierra.

Como colofón, nos topamos con “Diciembre” y la promesa del regreso, ofrenda que cumplió Vetusta Morla para volver a abrazar esta canción con la nostalgia del reencuentro. La continuidad narrativa aparece con Izal en el gallardo “Nubes de papel” y no podía faltar el fuego que enciende las velas del pastel antes de que se vuelvan humo con “Vidas autónomas”, homenaje a tierras zapatistas con la voz inconfundible de la gitana Amparo Sánchez acompañada de los beats del cumbia commander Camilo Lara.

Entre estas colaboraciones aparecen temas necesarios y que articulan este bello cuerpo sonoro. “Miguelito”, canción-homenaje a Miguel Ángel Hernando, conocido como “el Lichis”, de la mítica agrupación española la Cabra Mecánica, va atenuando las luces como atenuó las lágrimas de aquel iconoclasta catalán, en uno de los primerísimos conciertos que dio Depedro, derrames a manera de primera piedra de este viaje de una década.

Las interpretaciones de las canciones con invitados, de este trabajo de dos lustros, se han grabado también en video y es una premisa mirarlos. Son agregados que nos muestran la intimidad de este encerrón musical de festejos.

Depedro presentará en México todo este disco el próximo 7 de diciembre, en función doble (20:30 y 23:00 hrs ), en el Foro del Tejedor de El Péndulo, en la colonia Roma, y el 8 de diciembre en Guadalajara, Jalisco (Cronopios, 21:00 hrs).

Con esta celebración resumida en disco, Jairo Zavala es fiel a su música interior, a la “música de ideas”, esa sinergia telúrica que ha unido ancestralmente a las tribus primitivas con la tierra y el valor ritual con el que las canciones pasan en un sentido oral como registro de sus metáforas y las de su entorno, aquel que sobre todo tiene que ver con la familia: el principio de todo para Zavala, un músico leal a ese sitio desde donde hace un clamor hacia las virtudes del ser humano para hacerlas conscientes y exponenciarlas. La humildad aparece en su carrera como hilo conductor.

Jairo Zavala no quiere la gran perla, sólo quiere entregarse a las olas como si fuera la primera vez. Al fin y al cabo, la vida no nos pertenece, nos atraviesa. Tenemos el deber de vivir, es nuestro cometido y está escrito en nuestra carne.

Todo va a salir bien, sin más.

 

 

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