Tanguito supo ser un fracaso toda su vida. Así de rebelde era él. Todo un bisonte de las praderas. No quería estar adentro del orden urbano de los normales del montón, por ello fue un excéntrico voluntario de principio a fin. Un monstruo. Contracultura pura. Un gitano del rock.

Desde ese querer ser rockero a lo argentino y en Argentina, sin tener que copiar a los norteamericanos ni a los ingleses. Como su voluntad de ser loco y libre se lo pedía y dictaba. Y sin derrapar del lado fácil del tango y el folclore del malambo y el bombo legüero. Porque Tanguito se propuso ser un rockero argentino en sentido cosmopolítico, en un orden donde las fronteras y los pasaportes no existen y donde la identidad cultural no es un asunto nacionalista. Él era un argentino por personalidad y capricho propio, un argentino de plata, es decir, lunático. Un poeta maldito hecho del metal noble de la Luna y las sombras de la noche. Un bohemio del sur.

El nombre de Tanguito era José Alberto Iglesias y nació en 1945, en San Martín, una ciudad de la gran Provincia de Buenos Aires. Pero muy pronto se encontraba viviendo en el puerto mismo de Santa María de los Buenos Aires, después de haber chocado de frente con su familia de clase baja, abandonar los estudios domesticadores, descubrir las drogas y el alcohol, gozando del blues y muy decidido de llegar a ser un músico de rock a como diera lugar y precisamente en ese lugar, más en sus calles y plazas que en los espacios del espectáculo. Y todo esto por su firme vocación de ser un fracasado.

Hoy día se le recuerda más que nada porque compuso, junto con Litto Nebbia, la canción que popularizó al rock argentino: “La balsa”, grabada en 1967 por Los Gatos, la banda en la que militaba Nebbia como tecladista y cantante. De golpe, esa canción hizo ingresar el rock en español dentro de los oídos y los gustos de las masas, se convirtió en un ícono de la música popular, en buena parte por su parodia ante la letra del bolero “La barca” del mexicano Roberto Cantoral y por su forma de mezclar rock y bossa nova de un modo muy latino y sin tener que sonar a Pérez Prado.

Con ese éxito y su bien ganada fama de auténtico rockero argentino, Tanguito tenía abiertas las puertas del espectáculo. De pronto, podía hacer lo que quisiera para volverse tan famoso como Sandro o Leo Dan. Por ello la compañía de discos Mandioca, especializada en rock argentino progresivo, le propuso en 1970 grabar un LP como solista. Era una oferta excepcional, pues lo dejaban escoger el grupo acompañante que quisiera y le daban todo el tiempo de estudio profesional que necesitara para la grabación. Tanguito eligió como acompañantes a sus amigos del trío de rock y blues pesado Manal (el baterista Javier Martínez, el bajista Alejandro Medina y el guitarrista Claudio Gabis) y preparó un buen conjunto de canciones suyas y de sus amistades. Entonces, ya con la mesa puesta, se comportó como todo un poeta maldito del rock, peor que Jim Morrison o que Jimi Hendrix. Se drogó y se emborrachó y se reventó hasta olvidarlo todo y no llegó al estudio el primer día ni el segundo, dejando a todo mundo vestido y alborotado.

Al tercer día programado para la grabación del disco, ya no asistieron Medina y Gabis, esa vez sólo llegó al estudio su gran amigo Javier Martínez. Sin dudar, Tanguito dijo hagamos así el LP y grabó todas las canciones nada más con su guitarra acústica y su voz. El resultado es asombroso, por lo agresivo y transgresivo, pero también por lo inspirado y efectivo de ese rock que bien podemos calificar de “súper rupestre”. No se parece a nada.

Son canciones eclécticas, mezcla de rock y bolero, de blues y milonga, pero con personalidad. Todas las marca la intención de fracaso de Tanguito, su deseo de no hacer lo que piden el mercado y la gente del montón, su plan de no ser normal y querer dejar su marca, una huella enorme de autenticidad, un aullido de rebelión, una señal de gozo en lo simple y directo, sin perder lo barroco y rebuscado. Hay cuatro canciones de calidad soberbia, su versión de “La balsa”, su interpretación de “Amor de primavera”, una inspirada balada de Hernán Pujó en la que cuenta con los coros de Javier Martínez, y de “A veces me pregunto”, un blues rasposo compuesto por Martínez, con el remate de “Natural”, la canción que expresa entera la personalidad de Tanguito, su rock. Luego están tres canciones de su autoría: “El despertar de un refugio atómico” —poesía surrealista con sus silbidos psicodélicos y su falsete aguardentoso—, “Diamantes de espuma” y “Jinete”, para terminar de integrar el conjunto de canciones con la sin igual “Balada de Ramsés VII”.

Después de esa grabación sui generis, Tanguito siguió la deriva del rockero maldito. Las drogas y el alcohol lo llevaron varias veces a la cárcel y en definitiva, diagnosticado como demente, fue a dar a un sanatorio psiquiátrico para delincuentes, del que se escapó para aparecer muerto en las vías del tren el 19 de mayo de 1972, cerca de la estación Del Retiro, en Buenos Aires. Faltaban sólo cuatro meses para que cumpliera 27 años, así que también supo fracasar en esta cábala rockera mitológica, para resultar más maldito que maldito todavía.