Nacido en el estado de Guerrero (1975), Mixar López es narrador, cronista, ensayista y periodista musical. Colabora en diversos medios, como las revistas El Fanzine, Letras explícitas, Radar Magazine, Marvin, Cáñamo, Narco (Argentina) y Zona de obras (España), entre otras, así como en los diarios Los Angeles Times y El Norte, de Ciudad Juárez (donde publica la columna “No me apuntes con eso”), además de en medios digitales como Vice y Noisey. Colaborador también de Acordes y desacordes, desde hace cuatro años vive en Des Moines, Iowa. Próximamente aparecerá su primer libro de crónicas, Prosopopeya: la voz del encierro (Editorial Paraíso Perdido).

¿Cuál fue el primer disco que escuchaste?
El primer disco que escuché completo fue Armed Forces de Elvis Costello. Fue su tercer álbum, editado en enero de 1979. Yo tendría cinco años en ese entonces y ya había en mí una semilla punk. Las cosas pueden haber finalizado en el tiempo horizontal y acabar de empezar en tu cuerpo, sobre todo cuando te topas con un artista así. A veces, siento el recuerdo de ese verano en las playas de Guerrero, como una espora, como una semilla que se posa en mí.

¿Cuál es el primer disco que compraste?
Dangerous Rhythm (1981) de Dangerous Rhythm, la primer banda de punk en México, liderada por Piro Pendas. Un disco a la usanza inglesa, pero ya con atisbos latinos, muy a lo Costello también. Piro me parece un artista extraordinario, un letrista enorme y un vocalista muy refinado. Un maestro. Me ha sacado de muchas situaciones difíciles.

¿Cuál fue el primer disco que le envidiaste a alguien por no poderlo tener?
Los Ángeles, de X. Sigo sin poder conseguirlo. Las voces de Exene Cervenka, John Doe y Billy Zoom crearon un sonido único que fusionó al punk con el folk. Muchas de esas canciones se convirtieron en verdaderos himnos contra el sistema.

¿Cuál es tu disco favorito para manejar?
Puede variar. Hoy día manejo con el único disco de Cigarretes After Sex (2017). Es excelente para el tránsito taimado, el frío implacable y el panorama postapocalíptico de Des Moines. Vicente Ribes hizo una playlist temática sobre David Foster Wallace en Spotify que también es fundamental para el volante. Entre sus tracks se encuentran piezas de Elliot Smith, Nick Drake y Wilco; todas funcionan como una oda al suicido.

¿Cuál es el disco que mejores recuerdos te trae?
Sin duda, el Sandinista! (1980) de The Clash. Es también una pléyade de estrellas, pues todos mis artistas favoritos colaboran en él, desde Ian Dury hasta Tim Curry. Ese sonido dub lo tengo tatuado en los huesos desde entonces.

¿Cuál es el disco que más te avergüenza tener?
Ninguno, nunca he sido de gustos culposos. Mi amiga Toti Willy me regaló hace tiempo el vinil Niños Eléctricos (1988), de Microchips, y ahora lo escucha mi hijo.

¿Cuál es el disco que más lamentas haber perdido?
Bela Lugosi’s Dead (1979), de Bauhaus. Se lo presté a una chica que tenía más respeto por el sexo que por las pertenencias del otro.

¿Cuál es el disco que adquiriste más recientemente?
Space Gun (2018) de Guided by Voices. Ya sabes, podemos abandonarlo todo, menos las obsesiones.

¿Cuál es el disco que más te ha influido en la vida?
Creo que tus preguntas son demasíado complicadas; con los discos no se juega, son celosos. No me atrevería a mencionar ninguno, pero aviento una piedra al río: Metal Box (1979) de Public Image Ltd.

¿Cuál es el disco que prefieres para hacer el amor?
Para hacer el amor, Superficies de placer (1987), de Virus; para coger, Corpiños en la madrugada (1983), de Sumo.

¿Cuál es el disco que quisieras que tocaran en tu funeral?
¿Pero qué es esto? Diría que Viva Hate (1987), de Morrissey (para molestar a la concurrencia, como siempre, hasta el final).

¿Cuáles son los cinco discos que te llevarías a una isla desierta?
Me he dado cuenta de que todos mis viniles son número uno, viles hits del record chart. Todos se pueden conseguir en cualquier disquería de 12 pulgadas de pueblo mágico. Si viajara por el mar, y quedara varado en una isla desierta, estoy seguro que bajo una roca, a los pies de una palmera, me encontraría con cualquiera de esos discos que plagan mi fonoteca, pero por si acaso, me llevaría el Chet Baker Sings (1956) de Chet Baker, el Closing Time (1973) de Tom Waits, el Histoire de Melody Nelson (1971) de Serge Gainsbourg, el Hunky Dory (1971) de David Bowie y el Secretos (1983) de José José. Esos plásticos y decibelios me darían una larga vida bajo el sol.