Voy a empezar este texto con algo que a nadie va a importarle (y por ello, totalmente gratuito): sin duda, esta es la reseña más difícil que me ha tocado escribir. Y no por el análisis del disco en sí, sino por todo lo que rodea al ahora conocido Fenómeno Rosalía ®.

Y es que la compositora, productora y cantante catalana parece estar imbuida en eso que los angloparlantes llaman el hype y los mexicanos llamamos el mame: gracias a su más reciente obra El mal querer (Sony Music, 2018), la artista acumula lo mismo alabanzas por parte de medios respetadísimos (whatever that means) que acusaciones de ser un producto fabricado, videos en YouTube de media hora con análisis exhaustivos de sus composiciones, textos en tono de burla, elogios por modernizar el flamenco, señalamientos de “apropiación cultural”, perfiles en redes donde su figura es santificada y comentarios que apuntan a un hartazgo.

Total, que en una época en la que la gente y los medios parecen empeñados en soltar la opinión más estrambótica, aguda, gigantesca, exagerada, atrevida, polémica, agresiva, salvaje y con potencial viralizante, quizás estas líneas sobren. Pero hagamos el intento de ir por otro lado: el de analizar puramente el álbum, una vez que las aguas parecen estar más calmadas.

El mal querer está compuesto por once temas, todos unidos por un eje conceptual basado en una novela del siglo XIV llamada Flamenca que cuenta la historia de una mujer sometida por su esposo y enamorada de otro hombre. El giro de tuerca está en que Rosalía toma ese argumento para hacer una crítica al amor romántico y el machismo.

El disco arranca con la archiconocida “Malamente”, composición que lo mismo abreva de la percusión flamenca (palmas incluidas) que de estilos como el trap y el pop. Una de las mayores virtudes de la obra es la producción, realizada por Rosalía y El Guincho, otro músico de origen catalán. Cada detalle parece haber sido colocado con precisión quirúrgica, así que de una vez la recomendación: para maximizar la experiencia de El mal querer son necesarios audífonos y atención. Es una obra que demanda tiempo para encontrar todos los detalles y joyas ocultas que contiene.

Aclarado lo cual, vamos al segundo tema, “Que no salga la luna”, primera gran sorpresa de un disco que parecía apuntar a la creación de hits radiables. La canción es casi un flamenco experimental, con un motivo de guitarra loopeado hasta el infinito, mismo que construye una base minimalista a través de la cual la voz de la cantante se mueve por diversas tonalidades y suelta un pequeño diálogo que abona a la construcción de la historia.

Después aparece el otro sencillo que dio revuelo al disco, “Pienso en tu mirá”. Potente y cohesionado, es una joya del pop contemporáneo.

“De aquí no sales” es una proeza del diseño sonoro: percusiones hechas con sonidos de autos, motos y ambulancias, la voz de Rosalía utilizada como percusión, las palmas y el auto-tune como detalles estéticos. Sin más, una composición experimental casi orfebre que juega sin miedo con sus pocos pero esenciales elementos.

El track 5, “Reniego”, nos muestra el poder de la voz de Rosalía, quien está acompañada únicamente por un arreglo de cuerdas maravilloso que de cierta manera recuerda la etapa Homogenic de Björk. En cuanto al siguiente tema, es una especie de interludio que parte el disco en dos. En él se escucha a la actriz Rossy de Palma hablar de los avatares de una relación tortuosa. ¿Acaso la protagonista de la historia desde una voz futura?

Como suele suceder en los grandes discos, la composición número 7 es una fotografía de la esencia de la obra total. “Bagdad” cuenta con un sampleo de la canción “Cry me a river” de Justin Timberlake, coros en contrapunto que la acercan a la música clásica, una base rítmica apenas sugerida y Rosalía por encima de todo este castillo con su voz en el tono más agudo que es capaz de alcanzar. Sofisticado, misterioso y atrevido, es sin duda alguna el pináculo perfecto para un disco que a partir de este momento no cesa en su ambición.

“Di mi nombre” es otra reinterpretación del flamenco, el pop y la así llamada música urbana. Las palmas son acompañadas por un piano eléctrico que apenas sugiere los acordes sobre los que baila la voz de Rosalía.

“Nana” es un espacio para que la calidad y los alcances vocales de la catalana sean medidos. ¿El resultado? Una mujer en plenitud de facultades, dueña de sus miedos y conocedora de los topes que puede romper. El tema 10, “Maldición”, arranca con un arpegio de piano que se mueve sin aparente centro tonal, casi como si Debussy y Ravel hubieran aprendido a palmear. En medio aparecen de nuevo sonidos y efectos que hacen coherente la historia.

Finalmente llegamos al corte “A ningún hombre”, un lamento dolorosísimo pero reivindicador: Rosalía canta rabiosa pero sanadora, con un dejo de esperanza recobrada luego de sufrir por tanto tiempo.

¿Es entonces El mal querer ese discazo del que habla o reniega todo mundo? De entrada sí. Es un álbum redondo, con pocos espacios para la distracción, lleno de detalles finísimos (insisto: escucharlo con audífonos varias veces es vital para llegar a su corazón) y un talento impresionante para generar curiosidad, empatía y sorpresa (¿cómo hacer un disco “comercial” y “experimental” al mismo tiempo? Esta es la respuesta).

Ahora bien, ¿es una obra maestra como pregonan muchos? Creo que eso no lo decidimos nosotros, sino el tiempo. Colocarlo desde ya como piedra de toque de esta década suena más a una necesidad social de encontrar un referente que un asunto que podamos dirimir con seriedad. Argumentos existen de sobra en el disco, pero tengamos calma. Sería muy injusto colocar sobre los jóvenes hombros de Rosalía la responsabilidad de ser LA VOZ de una generación o presionarla para que siempre entregue lo que nosotros queremos oír de ella.

No corramos a pedirle milagros a una artista que apenas acumula dos (eso sí, muy buenos) discos. Admirémosla, pero no con afán de volverla diosa inalcanzable.   Dejémosla crecer como artista, permitámosle fallar y rehacerse de las cenizas sin exigirle que rompa cadenas que sólo son nuestras. Dejémosla ser lo que siempre ha sido: un espíritu libre y curioso que no ve límites entre géneros, discursos, conceptos o ideas: de ahí saldrá la ansiada obra maestra. O no, qué más da. Aprendamos a disfrutar con paciencia y cautela lo que tenemos ahora. Que los cánones se mueran y las etiquetas y la presión y el reclamo y nuestros propios demonios o nuestros propios  vacíos. Que Rosalía se mantenga creativa sin presiones. Es lo mínimo que podemos hacer por una mujer que nos ha demostrado que aún se puede conmover con la música en un mundo que, a punta de trolls y de haters, se empeña en destruir todo esfuerzo creativo. Que así sea.

 

 

Un comentario en “Rosalía y El mal querer: una coda al hype

  1. puro hype, en unos meses nadie escucha este disco… es interesante de rosalia como los productores de medellin si se apropiaron a traves rosalia del flow flamenco, con feroz rapidez. “Pineapple” de Karol G es un buen ejemplo.

    El tema que mas me gusta de rosalia es el que canta en el disco de j balvin, Brilla.

    Pero que linda es rosalía… y con ese nombre…!