Cienfuegos —el nombre proviene de Ixca Cienfuegos, personaje de La región más transparente, novela de Carlos Fuentes— es una banda formada en Guadalajara, Jalisco, en 2014, a instancias de Paco Pérez-Rul (guitarra, sintetizador, efectos) y Chen Quintero (sax barítono, flauta transversa), quienes junto con Fernando Franco (batería) y Malambres Arellano (bajo) entraron al estudio de grabación para producir un álbum homónimo que apareció dos años mas tarde.

Es un trabajo de jazz con buenas hechuras, pero que aún no consigue establecer su propia voz, ese sello que lo haga sobresalir y ponerse por encima de otras producciones. Cuenta Pérez-Rul: “Cuando empezamos a trabajar Fer Franco, Chen Quintero y yo, fue un laboratorio de exploración y ese disco es producto de ese encuentro con el que fuimos trabajando y labrando un poco el sonido de lo que iba a ser la banda. Es como una radiografía, es un álbum con un sonido diferente, pensábamos en un cuarteto de jazz moderno”.

En el lapso que ha transcurrido desde entonces, Cienfuegos ha observado cambios cualitativos y cuantitativos. En 2017 se transformaron en quinteto. La alineación, además de Chen Quintero, Paco Pérez-Rul y Fernando Franco, se complementó con Sara Ventura (sax alto) y Carlos Rolón (bajo); con esta formación, grabaron una segunda producción titulada Bestiario (Ropeadope Sur, 2018), trabajo en el cual encontramos a un nuevo Cienfuegos, a un colectivo con un rostro diferente: de rasgos más definidos, aventurado, adentrado en la vanguardia y la fusión.

“Cuando empezamos a trabajar Bestiario —comenta nuestro entrevistado— y empezamos a hacer las maquetas, fue claro que esta música  necesitaba de una mayor densidad armónica y melódica y echamos mano de Sara Ventura y fue un super acierto”. Prosigue: “Hay mucho ruido en la vida moderna y no queríamos que fuera un retrato de las cosas buenas, no viéndolo como lo bueno y lo malo, sino como aceptándolo como es. La vida moderna es ruidosa, acelerada, violenta, es dolorosa en muchos aspectos y se buscó eso, que los sonidos fueran penetrantes, intensos”.

Bestiario abre con “La serpiente” y “El jaguar”, un par de cortes en los cuales se retrata la identidad a partir de las características de ambos animales: “Hubo un duro trabajo de introspección en este disco. ‘La serpiente’ tenía que  ser sepenteante, con mucho movimiento, amenazante y reflejar belleza; ‘El Jaguar’ era una pieza que tenía que mostrar cierta fiereza; pero en el mundo prehispánico, el jaguar era la dualidad de lo oscuro y lo luminoso, de manera que en esa pieza los saxos conversan apelando a esa dualidad”, señala el guitarrista.

Ambos cortes, a pesar de distanciarse de lo que se incluye en la obra debut de Cienfuegos, aún conservan ligeros resabios; sin embargo, cuando entramos en el segundo tercio de Bestiario comienzan las sorpresas. “Alebrije” es un corte festivo, el más amable del álbum, con su combinación de percusiones prehispánicas y latinas a cargo de Giovani Figueroa, el único invitado del disco.

Cuando uno traspasa el umbral, se adentra en “El cenzontle” y “El perro de agua”, dos composiciones aventuradas, inscritas de lleno en la fusión, con destellos de rock y detalles experimentales. Cienfuegos estalla, convence, termina de seducir. Si en los tracks anteriores el escucha se deleita con una cauda sonora poderosa e intensa, aquí éstas cualidades se redoblan. Dice su guitarrista y fundador: “La primera es una total alegoría a la dualidad de la belleza y cosas horribles, es una canción que siempre busca subir  en espiral, pero a la vez lo hace de una manera muy bonita; tiene un lado rasposo y sí es muy cercana al rock, más progresiva, más alejada del jazz, refleja bastante nuestra búsqueda. ‘El perro de agua’ justo debía ser así, densa y ruidosa, porque esa canción va dedicada a la narcoviolencia y lo que sufrimos en este país. Hay una cita de Carlos Monsivais que me gusta mucho y dice: ‘¿Por qué me pasa todo esto? Porque soy mexicano. ¿Cómo sé que soy mexicano? Porque me pasa todo esto’. Queríamos reflejar el lado más duro de esas cosas, es como una persecución sin fin”.

Cuando la intensidad cesa, cuando Cienfuegos se ve en la necesidad de darnos un respiro, presenta “El Sumidero”, un tema que en apariencia se aparta del Bestiario. Pérez-Rul explica: “En el disco pasado, la última pieza se llamaba ‘Hormigas’, se alejaba del jazz y comenzaba a acercarse a la fusión, el noise y el diseño sonoro, era una puerta a lo que iba a venir. Cuando estábamos por terminar Bestiario, hacía falta un tema que fuera mexicano en lo más tradicional, pero que también transmitiera esta sensación de lo que somos nosotros. Creemos que todas estas ideas alimentan a Bestiario, su corazón está en el sur, en Chiapas, fue como mandar un mensaje claro. Hay unas ocarinas antiguas, una atmósfera mística y es la idea de recrear un paisaje imponente; es la canción más clara del disco, la menos rebuscada”.

Bestiario es un trabajo redondo, una espiral —comienza y termina con las percusiones—, una obra de continuos ascensos, un disco que desde su inicio atrapa y viene a dar esperanzas e insuflar nuevos bríos a la escena tapatía del jazz fusión y en donde el quinteto —Esteban Zamora ha sustituido a Fernando Franco en la batería— ha dado un paso firme sin necesidad de negar su pasado, pero sí con la mirada puesta en el porvenir.

Concluye Pérez-Rul: “Todo el track list está montado para tener este story telling, esta manera de contar esta historia que proviene de un pasado pero va hacia un futuro; nos gustaba la idea de que fuera un álbum conceptual, como los grandes discos de rock progresivo de los sesenta y setenta. Es como una manera de empezar y terminar el viaje, fue un detalle planeado para que el disco se sintiera  redondo y la verdad es que lo es, pero como se trata de música instrumental, es difícil encontrar el hilo conductor de todo”.