Es 2003 y el arribo del nuevo milenio plantea interrogantes en todos los ámbitos de la vida. El rock nacional no es la excepción y aunque se levantan varias manos, muy pocas, contadas, tienen algo interesante que decir. Una de ellas, San Pascualito Rey (SPR), lo hace con un disco debut intitulado Sufro sufro sufro.

En vez de un vals, la agrupación lo celebra con la reedición en vinil de esa primera placa, a la cual le queda de sobra el apelativo de aventurada y experimental. Hay cambios ligeros pero dignos de mencionar entre aquella primera edición y la nueva versión. La portada preserva el espíritu, pero es diferente y bien podría jugarse a “encuentren las diferencias”; los discos son de color rosa y amarillo y se incluye un par de bonus: el demo de “Beso de muerto” y la inédita “Lo más bello de mí”. Quedan fuera los créditos, los quiénes y cuándo que nunca están de más y siempre son reveladores.

Si algo caracterizó el debut de SPR fue el atrevimiento, el desparpajo, la falta de contención y las ganas de manifestarse líricamente. Cuando uno se acerca nuevamente a este álbum y escucha “Te voy a dormir”, se enfrenta a una orquesta intergaláctica, un combo que interpreta algo que busca ser una cumbia, pero en realidad es una canción de rock que navega por el son, el lounge o la música de un film noir que combina un aliento crepuscular y mortuorio aunque, paradójicamente, también gozoso.

Sorpresivo, arrabalero, contundente, Sufro sufro sufro es una obra que mira al futuro, pero al mismo tiempo recapitula acerca del pasado y abreva de éste sin vergüenza. Es una música que suena como un continuo lamento, una constante evocación. Es al mismo tiempo vintage, moderna (“Disturbios”). con una voz parida en los excesos y el fatalismo: “No hay dónde llegar, dónde dejar este destino”. Es un trabajo atípico producido por alguien que se tragó a The Residents, pero no pudo asimilarlos y terminó por vomitar un son espacial, estelar (“Espero”) o una canción infinitamente triste y oscura (“a que sabe el beso de muerto / de alguien que es un recuerdo / de alguien que tienes adentro”), rematada por los versos de Javier Corcobado (“Beso de muerto”).

Hay en Sufro sufro sufro un duende que lo ronda de principio a fin, un espíritu lúdico patente en los teclados, en el uso del theremin, en una sed por experimentar que añade extrañeza a las composiciones, pero que no repele al escucha. Al contrario, lo llama, lo invita y termina por seducirlo, ya sea con un son pachequísimo, sicodélico (“Hoy no es mi día”) o con el corte inédito (“Lo más bello de mí”) que se propone como un verdadero desafío al escucha.

Los rasgos de mexicanidad aparecen y le tienden una mano a la americana en “Historias”, con un solo de guitarra que lleva consigo la puesta de sol, como si fuera el tema de un western filmado en  escenarios desolados y con personajes de almas vacías, derruidas; en “Cerquita de Dios”, el violín de “Cox” Gaitán, la voz de Juan Pablo Villa y ese teclado que suena al órgano melódico de Juan Torres, ponen un toque cercano al son huasteco para embellecer el track; pero en ese primer SPR no hay lugar para la ortodoxia, porque luego de esa meliflua sección, aparece el theremin para pervertir el corte.

En Sufro sufro sufro hablan el arrabal, las heridas, las lágrimas, la desesperanza, la tristeza, el lamento (“Nos tragamos”), el impetuoso impulso rockero fusionado con el son (“Flush”), en suma: la vida. A quince años se mantiene como un álbum intenso, vivo y no ha perdido ni un ápice de su brillo.