La telenovela que medio México vio y de la que la otra mitad por lo menos se enteró, el golpe de Netflix simplemente llamado Luis Miguel: la serie, puso las cartas para que Luis Miguel, autodenominado “El Sol” —dato que ahora es común, gracias a la misma serie—, volviera a resplandecer. Auditorios nacionales agotados una vez más en cuestión de minutos, el regreso tan esperado del ídolo de papás y de mamás, ahora listo para ser descubierto por millenials, algunos de manera irónica y otros no tanto.

La gira, sin material nuevo, apoyada en exclusiva en los grandes éxitos que lo hicieron quien es, tocó tierra otra vez en la Ciudad de México. Quienes fueron al primero de esta nueva serie de conciertos lo alabaron: fue un regreso en forma, con show total. La redención.

Después de caer en desgracia por la cancelación de varias presentaciones, de desaparecer del ojo público y regresar pasado de peso, con un corte de pelo que lo hacía parecer Raúl Velasco —porque la estética importa, más cuando se trata de alguien que recibe la deferencia de un Dios en carne viva—, ahora se redimía. Con sólo unos pocos kilos de más, con una voz como la de antaño y con, lo que parecía, ganas de hacer lo que mejor sabe hacer.

Fotografía: Cortesía OCESA.

Sin embargo, para el segundo show ya había señales de que la redención era, a lo sumo, superflua. La noche del 3 de octubre en el Auditorio Nacional, Luis Miguel abarrotó el lugar y, de inicio, mostró la felicidad de saberse querido por un público que se rindió ante él, incluso aunque todavía no apareciera en el escenario. Primero los acordes de “Billie Jean”, el mayor éxito de otro ídolo también caído en desgracia, y luego una pantalla en la que la silueta del cantante se hacía grande y más grande, hasta cubrir el escenario de suelo a techo. Luis Miguel, con traje impecable, pero frente a una pared de visuales que avisaba de la decadencia que estaba por venir: escalones parecidos a los de la época de apogeo del Baby’ O en Acapulco, pantallas con constelaciones de estrellas que semejaban más un salvapantallas de Windows que la última moda.

Lo único impecable: los músicos, como siempre. Pero, en la misma costumbre, nunca al estándar esperado por “El Sol”. Si algo fue constante en la noche, junto con sus periódicas desapariciones del escenario por minutos y minutos, fue su batalla con el ingeniero de audio, por volumen del chícharo o por volumen de los instrumentos. A pesar de la baja calidad del espectáculo, Luis Miguel seguía produciendo, en su cabeza, el concierto del año. Una desconexión curiosa: él no quería estar ahí y el nivel de su actuación así lo demostraba; no obstante, esperaba lo máximo de quienes lo acompañaban. Quizá para salvarlo o quizá porque él no caía en cuenta de que no estaba al nivel de sus acompañantes.

Sus desapariciones fueron notorias. Durante largos trechos entre canción y canción, LuisMi se iba del escenario y, con la luz apagada, los asistentes comenzaban a silbar cuando su ausencia se volvía intolerable. Regresaba, a la mitad de la canción o incluso después de saltarse varias: redujo el set por al menos cinco canciones respecto a conciertos previos, sin hacer mención alguna del porqué. Cuando apareció el mariachi, casi al final del show, fue un asistente más: en lugar de cantar, se dedicó a aplaudir y a admirarlos, como si él también estuviera pagando por ver un concierto.

Cuando quiso, eso sí, destelló. “La Bikina”, “La incondicional”, con todo y video ochentero para recordarle al público por qué estaba ahí, para recordarle su mejor época; pero también para recordarle la serie de Netflix que había llenado butacas vacías, Luis Miguel hizo gala de sus cuerdas vocales. Pero nada más.

El resto del show fue un popurrí de grandes éxitos, a veces cortado, otras tantas guashaguasheado ante el olvido de las letras e incluso, en uno de los momentos más penosos de la noche, desafinado. El cantante tuvo que detenerse para poner sus cuerdas a tono con sus músicos. Salvo el par de destellos, en el mejor de los casos cantó de manera plana, como si estuviera obligado por contrato a cumplir con dos horas y nada más –lo cual bien puede ser cierto. Se sabe que este tour funciona como pago a quienes invirtieron en una de otras tantas giras fallidas en el pasado.

El único momento de genuina felicidad para él fue el final del concierto, en el que su staff le dio pelotas gigantes de color negro para aventar al público y flores blancas —¿rosas, claveles?— para regalar en las primeras filas. Cual niño, y ante la extrañeza de muchos, pasó más tiempo en eso que en otras cosas. Como dijo alguien al salir: regaló más flores que canciones. Nada le emocionaba más que poder jugar con otras personas. No como público, sino como niños de la cuadra con los que pudiera patear un balón.

Y se entiende. Ya todo México sabe que no tuvo niñez, que “Coño, Mickey” fue lo más cercano al cariño paternal y que su madre simplemente se desvaneció de la faz del planeta.

El problema radica en que este concierto, este regreso, debía cerrar el arco de redención. Como historia de Hollywood: tras el declive, el regreso triunfal. La versión idealizada de Luis Miguel que todo México llegó a tener. Esta no es la última actuación, pero a juzgar por lo visto, “El Sol” se encamina a apagarse a sí mismo.

Una imagen quedó tras terminar el concierto: inevitable pensar en los shows de Elvis Presley en Las Vegas. Un ídolo cansado, desconectado, con cara de que si no fuera porque necesita el dinero, preferiría estar a miles de kilómetros de distancia. En lugar de eso, Luis Miguel estuvo, cuando estuvo, frente a un público que cantó cuando él no quiso, que le aplaudió a pesar de sus defectos, sus errores e incluso sus desaires. Y en vez de dar las gracias, dio las espaldas. Sonriente, porque ya podía irse, como el resto de los asistentes, a su casa.

 

 

 

11 comentarios en “El sol se apaga: la fallida redención de Luis Miguel

  1. Completamente de acuerdo, un evento chafísima para lo que pagamos por verlo… Éso, sólo verlo!

  2. Creo que es mejor que vague el ritmo y se quede ya en lo boemio, tranquilo cómodo para el para que aguante un raro mas

  3. Parece que olvidamos, su problema auditivo, debe ser terrible realizar un concierto, en esas condiciones, imagino que su esfuerzo es sobrehumano

  4. Era lo lógico!!!
    Todo tiene un inicio. Si tienes suerte una cúspide.. Pero el declive . Más con ese ego es puntual!!!

  5. Hará lo que todos los grandes hacen al final de sus días, hacer varios horrores de show hasta que le caiga el 20 que está cansado y necesita otra fuente de ingresos para poder seguir viviendo como le gusta y que ya no regrese a los escenarios. Es una pena pagar un boleto nada barato para ir a ver ese tipo de escenas que viene haciendo desde hace ya varios años.. le faltó decir al escritor que tira el micrófono, patea los monitores, tira rosas al ing con intensión a pegar.. etc.. Que de las gracias antes de caer en la desgracia…

  6. Hay q pensar q es un ser humano, todos los días estamos bien en un 100% ? A veces en el trabajo no rendimos igual hay días y no por eso vamos a ser malos. Después de 75 conciertos en el cuerpo en tres meses quien puede lograrlo? Solo Luis Miguel, no es un dios es un cantante y persona. Yo encuentro q no estuvo tan malo como describen en este reportaje, hay q estar cansando dos horas. Quizás sin tanta energía como en otros conciertos pero no es para liquidarlo así!! No estoy de acuerdo.

  7. Es un ser humano, no un dios, las personas no tenemos todos los días iguales, a uno incluso le pasa en el trabajo q tenenos días buenos y no tan buenos y eso no significa q estemos acabados, yo encuentro q quizás no era un buen día con menos energía. Pero de 75 conciertos seguidos en tres meses no se puede hablar que este perdiendo su talento. Siempre será Luis Miguel con bajos y altos!! Hay q pensar en su trayectoria, talento y profesionalismo, si medio neurótico.
    Pero a ese nivel quien no?