Vemos a ese hombre que se pasea agitado por caminos deslumbrantes y ferozmente atractivos, sumergido en un traje que está indeciso entre el negro y el gris oscuro, una lucha que revela el insomnio de tantas madrugadas cantando. Sus hombros están acojinados y sus tirantes parecen articulaciones que no sostienen el pantalón sino sus piernas.

No lleva tiempo en sus pasos, pero sí la brisa de que ha caminado demasiado. Una brisa de vibraciones que lo distingue de las sombras; no se sabe cuánto imagina, sufre, ríe o se tortura. Es un solemne y excéntrico catrín con la cabeza de nube a punto de llover ceniza fina y fresca sobre la incesante nostalgia de ritmos que no se han podido esconder a su mirada. Ritmos que siempre han estado allí, en lo real y lo imaginario, pero que no habían sido del todo explorados. Iberoamérica no está del todo explorada.

Augusto Bracho es un músico diáfano y nocturno. Sus dedos largos y chuecos raspan y le dan memoria a su cuatro venezolano que provoca a las provincias de Lara y Apure –en la septentrional América del Sur–, para fugarse hacia los barrios más entrañables de la Ciudad de México. Bracho es una máscara de humor y destreza a manera de heterónomo musical de otro personaje adicto a la contemplación de la vida diaria: Gustavo Guerrero, caraqueño y navegante de La Vega, Petare y el Valle en la capital venezolana. Hoy marinero de Tepito y la Merced Balbuena. Augusto y Gustavo. Humoroso y tímido. Máscaras que no pueden ser arrebatadas al mismo tiempo.

Bracho es un soldador de ritmos que puede escuchar los sonidos ocultos de las pequeñas cosas, transitar por la intimidad de los instrumentos y las palabras. Le alcanza para tener tantos proyectos como le vaya permitiendo su curiosidad. Colectivos a manera de comunidades musicales como El Conjunto, donde colabora con la agudeza y perspicacia del baterista Martin Bruhn, con quien también comparte El Cuarteto Musical, formado junto a otros artistas sin miedo a quebrarse el corazón, como Marina Sorín y Nacho Mastretta.

Otro más es Augusto & Moisés, un dueto con Moisés de Martin que se resume en un disco maravilloso: Pajarera vertical (2015), un trabajo de armonía excepcional que desborda talento y conserva reliquias como “Por qué no pude ser poeta”:

“Soñaba con vivir sobre mis ramas,
en época de mangos no hay delirios,
las frases maquilladas pierden fuerza,
resecan cualquier vida o muerte fresca.
Y pocas alegrías yo imploraba,
llegué a pensar en ir para la iglesia;
varias veces lo intenté
pero madrecita: apagabas mis alarmas,
varias veces lo intenté
pero me dormía después de tus remedios
y no podía ser, no me dejaban ser,
yo no lograba ser poeta.”

En su último disco, El mercado de los corotos (2018), Augusto deja clara una intersubjetividad en la que dialoga con el corazón de los objetos y lo narra con su guitarra de La Lagunilla que salpica los espíritus del tianguis que le arrebata el corazón en cada amanecer.

“¿Quieres guardar intactas todas las voces de amaneceres? No congeles los sonidos, ya están ungidos, no se hacen ver”, dice Bracho.

Vibran sus dientes y su voz de pecho, aullidos barítonos, oscilaciones exactas y humeantes. Puede llevarnos del sepia del bolero, al rojo intenso de la canción ranchera o bien a la rumba del merengue o el cuplé. No es una voz airosa, pero sí con suficiente aire, la matiza en balances profundos y sutiles entre la nariz y el pecho.

“Yo quisiera cantar alto, pero mi pecho no aguanta, con el polvo del camino se me seca la garganta”, dice en el tema “Coplas oaxaqueñas”, canciones populares finamente adaptadas, intervenidas y musicalizadas por este marchante del silencio y el sonido que remata:

“Para mejorar mi vida, me enamoré de la muerte y corrí con buena suerte porque la hice mi querida, ora me siento muy fuerte porque la tengo parida…”

Colchones, trompetas, estufas, tambores, cuerdas, microondas o algo de fierro viejo que vendan, le presten o le fíen a este músico, con tal de experimentar versos y cadencias sin perder la fuerza del canto hispanoamericano. Las presentaciones de Bracho son tan íntimas como el fuego que guarda silencio para escuchar a la madera quebrarse, como en sus míticos “Cantinazos”, en los que su voz y los demás instrumentos se van compartiendo sin un solo micrófono que los amplifique.

El cantor y músico se faja con toda desnudez frente a un público variado que pareciera salido de una tabla de lotería. Este diablo moreno va repartiendo rosas —a veces escorpiones— acompañado por La Bullanga Atronadora, banda de músicos desvergonzados que lanza sus atarrayas hacia la profundidad de un mar de mezcalina de San Pedro Mixtepec que no hace más que sensibilizar el tímpano para no dejar pasar detalle. Solo o en compañía, Bracho, nos trae brisas amortajadas como “La finca de los bólidos”:

“Roza la presea, invisible a la marea,
pesca de otros barcos y a pulmón,
recto va directo, curvilínea la avalancha,
flecha en cinturones de latón”.

“El rey del pecado frito”, como reza la canción que abre su reciente disco, siempre trata de compartir el escenario o la tarima con músicos iberoamericanos de la sierra, el llano o la costa. Algunos de estos invitados son el trompetista cubano Alfredo Pino; el jaranero de Jáltipan, Veracruz, Geissler Dorantes; la violinista venezolana Ada Odreman o el guitarrista chilango Ángel Céspedes, “El Cepicristo”, apodado así porque físicamente parece una mezcla entre Jesucristo y Cepillín.

De amores ingratos al surrealismo jocoso, así transita el suculento laberinto de Augusto que se va llenando de pasión y derroche, como cuando se entrelazan la guitarra y el clarinete en “Olga Iodopovídona”, tan abrupta como la definición que puedo ofrecer: una polka ranchera.

“Amor de amazona.
La venda, la compresa,
La seda y la mona.
La Rusia de la guerra,
El fuego de Roma. Brebaje de suicidas,
lesión que se entona:
¡Olga Iodopovídona!”

Después del encuentro con Augusto Bracho y sus sones hondos y rotundos, en el pecho se siente un dolor, de pronto, alegre. El bohemio suspiro en la propiedad conmutativa que hay entre la luz y la sombra.

Para estar al tanto de Augusto Bracho, escucharlo y asistir a sus “Cantinazos” u otras presentaciones diversas, visite: www.augustobracho.com