Cuando hay lo más alto, no hay más alto. Es todo lo alto y ya. No le busques más. Siempre hasta allí llegarás.

Y lo más alto de la música es Louis Armstrong. No hay más alto. Cosa fácil de demostrar.

Si lo esencial de la música es que tiene que ser música, sólo música y nada más que música, pura música, música pura y ya, entonces nadie puede llegar a la altura insólita de Louis Armstrong (1901-1971). Ni se creyó Dios sin Dios como Bach, ni se anduvo con sorderas necias como Beethoven; tampoco se las dio de ser más cabrón que bonito como Schoenberg. Jamás se comportó como intelectual en su torre de marfil como Frank Zappa ni salió con las lobregueces y repeticiones de Bob Dylan. Porque en lo popular, Louis Armstrong no tiene pares. Los Beatles no le llegan ni a los zapatos a la hora de ser un virtuoso de la voz y la trompeta, don Carlitos Gardel suena a pura naftalina ante el Armstrong de su época. Miles Davis se cae de drogado y difuso. Astor Piazzolla se resbala con su propia baba.

Louis Armstrong en Amsterdam.
Fotografía del Archivo Nacional de Holanda, bajo licencia de Creative Commons.

Louis Armstrong es música. La música sublime del jazz. El fondo musical de nuestra era.

Quizás, entonces, Charles Chaplin en el cine, Pablo Picasso como pintor y Jorge Luis Borges como escritor sean de los muy pocos pesos pesados de la cultura del siglo pasado que estén a la altura de Armstrong.

Satchmo, en gabacho, es una expresión sintética de “Such Mouth”, o sea, es una palabra que quiere decir “Bocaza” en nuestro castilla. Y no hay mejor modo de explicar lo que es Louis Armstrong. Porque es la gran boca de Louis Armstrong lo que de inmediato se comunica con quienes escuchamos sus grabaciones, la boca del supremo trompetista del siglo XX y la boca del cantor de tesitura y estilo totalmente propios. La boca de un río ancho y enorme como el Amazonas o el De la Plata. Una inmensidad de boca, para volver sagrado el vibrar de la trompeta y de las cuerdas vocales en la garganta. Un beso sonoro de La Musa misma.

En cada momento de su extensa biografía musical, Louis Armstrong emergió y se sostuvo en lo excelso, en lo más sublime de lo más sublime, hasta cuando se arriesgó a chocar de frente con lo cursi y limitado de las modas circunstanciales. Jamás simplificó su fórmula, nunca se confío a su fama. Nada lo contenía o reprimía y todo lo hacía estallar en modo musical perfecto, perdurable, lleno de sabiduría y de un humor inigualable. Una carcajada radiante de esa bocaza divina en lo humano, demasiado humano, de la síncopa en el jam y el improvise. Captar al duende de las notas musicales y volverlo melodías capaces de ponerle carne de gallina a quien escucha, lo mismo que música para hacer mover los pies y danzar de modo emocionado. Música para levantar a los muertos y ponerlos a bailar como calacas de Posada.

Jazz divertido, jazz creativo, jazz siempre inteligente, jazz interpretado del modo más universal posible, con el feelin’ de lo caliente y movido de Nueva Orleáns y Chicago y con el “contra-stomp” pausado de lo “frío” de Nueva York y Los Angeles, siempre de los siempres sonando con una cadencia más caribeña que africana; porque el jazz de Louis Armstrong siempre se consideró originalmente un producto cultural americano, como el tango del antes mentado Astor Piazzolla, el bolero de Alvaro Carrillo o el rock de Elvis Presley. Pero la gran virtud de nuestro trompetista insuperable es que nunca se creyó compositor y no llenó discos con sus dizque creaciones; siempre supo comportarse como un músico de veras popular, un intérprete genial del sentir común, de modo que muchos de sus covers ahora son inimitables y se recuerdan y conservan mil veces mejor que los supuestos originales.

Hay un Louis Armstrong para cada quien. Un modo único y personal de encontrarlo un día, un modo de recibir el rayo y un modo de seguir o no seguir en su senda, pero ya para toda la vida con su marca en nuestra vivencia de la música y nuestras ideas de lo musical. Yo lo descubrí en las grabaciones que tenía mi padre, las de los años cincuenta, un Armstrong ya consagrado y seguro de sí, tocando con músicos dispuestos a seguir su vuelo y hacerlo llegar al culmen de la música. De allí lo acompañé hasta su muerte en 1971. Mi pieza favorita de ese entonces era su versión inigualable de “Hello, Dolly”. Con la distancia me quedaron como paradigma de ese primer encuentro con su música las grabaciones que hizo para la película sobre la vida de Glenn Miller, donde logra la piedra filosofal del jazz como juego de improvisaciones y contrastes sobre lo imprevisto de lo previsto. Para dudar mucho pensando en cierta interpretación suya de “Moon River”. Nunca tocó una pieza de la misma manera, cada vez dejó una versión deslumbrante. Ahora viajo de modo constante a sus orígenes, los más remotos, cuando era parte esencial de la orquesta de Fletcher Henderson, el punto en que opta por la trompeta como su instrumento definitivo. Luego recorro con asombro creciente todas sus grabaciones con los Hot Five y los Hot Seven, un monumento al trabajo de banda y el genio propio de Louis Armstrong para ello.