Mis oídos sangran, están lacerados. Sometidos a una brutal descarga de fuerza y volumen, claman por descanso. Son varios los responsables. La segunda noche de esta celebración arranca con John Zorn, Dave Lomardo y Mike Patton que desde el comienzo bordan una red sonora que hunde sus raíces en los noventa, en el grindcore, en el hardcore y en Naked City. Pero si aquello era una demostración del exceso, a ello se añade el poder, la experimentación.

Patton no profiere ni un solo vocablo inteligible; trata de “hablar” con Zorn, pero la comunicación es imposible y ambos se enzarzan en un diálogo que rememora la torre de Babel acompañados por los tambores de Lombardo. La explosión es despiadada, las esquirlas saltan, lastiman, hieren; Patton dirige a Lombardo, es él quien decide la clase de alfombra sobre la cual transitar; a veces, es un camino pedregoso, las más de las veces, una avenida de vidrios, clavos y púas.

Fotografía de Steven Pisano, bajo licencia de Creative Commons.

Zorn llama a John Medeski a los teclados, Patton y Lombardo abandonan, su lugar lo ocupa Matt Hollenberg en la guitarra y cuando el saxofonista sale, llama a Kenny Grohowsky. Por un momento, Simulacrum se apodera del escenario y la brutalidad se incrementa. Esta ya no cederá, el intercambio de músicos continuará hasta el fin, luego de media hora devastante.

Sin pausa, Medeski, Hollemberg y Grohowsky, mejor conocidos como Simulacrum, inician su set. Detrás de su guitarra, Hollenberg acecha a Medeski, su mirada es la de un cazador atento a los mínimos movimientos de su presa, pero Medeski permanece inmutable, no advierte la amenaza, por momentos hila una atmósfera espacial, luego una de misterio, para concluir con un cluster de notas. Casi frente a él, Grohowsky también le busca la cara sin obtener respuesta. Entonces, guitarra y batería se dejan llevar, los labios de Medeski cantan, siguen la partitura, la tararean.

Ahora los tres ya han logrado comunicarse: Hollenberg deja a un lado la mirada persecutoria; alcanzado el objetivo, ahora se divierte, pero no deja de ser una fuerza más en este blockbuster que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. La sangre fluye, tiñe el piso; los oídos, flagelados, zumban. El fin ha llegado, comienza el descanso.

El tormento prosigue

Un charco de sangre comienza a coagularse. La música de Zorn sabe de extremos. Lo hizo con Naked City y Painkiller; Simulacrum retoma esa furia y la expande. Cleric (Matt Hollenberg, guitarra; Nick Shellenberger, voz, teclados; Dan Kennedy, bajo; Larry Kwartowitz, batería) busca llevarla mas allá. Sus composiciones forman parte del Libro de Beri’ah y desconocen el matiz. Allí donde Simulacrum se permite ciertos descansos o una ligera exploración de atmósferas, estos cuatro son pura violencia, funcionan como una entidad más cercana al metal extremo en el que, ocasionalmente, se advierten ciertos toques de funk, pero uno sabe que esto es una mera ilusión.

Los cuatro, comandados por ese guitarrista polimorfo que es Hollenberg, trabajan con precisión quirúrgica, paran intempestivamente, guardan un silencio de fracción de segundo y retoman la intensidad, a veces redoblada. Cuando parecen haber llegado al límite, encuentra una fuerza interior que les permite avanzar más. Si los temas de Zorn habían entrado en una etapa de remanso en algunas de sus obras, es claro que ahora han abrazado una forma extrema de metal.

Esa tendencia incluso permea el trabajo de la siguiente banda. Secret Chiefs 3 ( Trey Spruance, guitarra; Jason Schimmel, guitarra; Matt Lebofsky, teclados; Eyvind Kang, violín; Shanir Ezra Blumenkranz, bajo; Ches Smith, percusión: Kenny Grohowski, batería) también interpretan temas del Libro de Beria’ah. La fuerza deja a un lado la brutalidad, pero no la abandona por completo. A manera de contrapeso, la música aquí se acerca al klezmer, a la música del mundo, y hay instantes en los cuales tintes de surf o de la música de los balcanes impele a los cuerpos al balanceo, a acompañar la música con un movimiento acompasado.

No obstante, Spruance conduce a su banda por territorios mas agrestes, balancea estas incursiones con incorporación de melodías y también recurre a la precisión, una cualidad indispensable para formar parte del universo que gravita alrededor de Zorn. Es el set más largo de la noche y Kang y Spruance crean momentos sublimes con sus diálogos; Smith y Grohowsky se alternan en batería y percusiones, pero el primero aporta más colorido con el vibráfono y otros artilugios de percusión. Los solos no abundan, pero Lebofsky se apunta un par de ellos rayanos en lo virtuoso.

Secret Chiefs cauteriza las heridas, inunda los corazones de alegría, obliga a los cuerpos a bailar, cierra  la segunda sesión y lo hace con tremenda actuación.