“Mamando obscuridad”, dos palabras que estaría dispuesto a tatuarme en el pecho, pues eso es justa —o indebidamente— lo que vine a hacer a este mundo: sorber de las ubres de la maldad, sin importarme en absoluto el daño que haría a los demás. ¿Qué puedo hacer? Me conozco a mí mismo y no me puedo desatar. A la hora de la verdad —que es la de buscarse a sí mismo en lo objetivo—, uno olvida todo y se dispone a no ser fiel más que a su propia sinceridad.

Fotografía de Pedro Echeverría

“Mamando obscuridad”. Palabras sonantes que encontré en Vagabundo (1996), de Draco Rosa, en el tema “Llanto Subterráneo”, y que me parecían profundamente familiares. Corrí entonces por aquél tiempo a mi biblioteca personal y las encontré en “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines” (1973), del poeta transformador de la realidad —que transformó primero la literatura— y francotirador de las letras: Jaime Sabines. El poema del que mama Draco Rosa es el número XI: “Recién parido en el lecho de la muerte / criatura de la paz, inmóvil, tierno, / recién niño del sol de rostro negro, / arrullado en la cuna del silencio, / mamando obscuridad, boca vacía, / ojo apagado, / corazón desierto. // Pulmón sin aire, niño mío, viejo / cielo enterrado y manantial aéreo, / voy a volverme un llanto subterráneo / para echarte mis ojos en tu pecho”. Y se atreve, de igual manera, a incluir el poema número XII —completo— en “Para no olvidar”: “Morir es retirarse, hacerse a un lado, / ocultarse un momento, estarse quieto, / pasar el aire de una orilla a nado / y estar en todas partes en secreto…”.

Ilustración: Correoppola

Habrá que preguntarle a Rosa del por qué de este homenaje al poeta de Tuxtla Gutiérrez en Vagabundo, acerca de lo que estaba padeciendo para sufrir esa profunda depresión al momento de componer y grabar el disco. Lo único que sé, gracias a Frank Ferrer —baterista durante la gira del disco (y de la banda Guns N’ Roses)— es que había mucha, pero mucha droga de por medio, ahí, metida en las 14 canciones que componen ese álbum.

El pasado mes de agosto se anunció Vagabundo 22, un larga duración remasterizado de aquel disco del 96, elegido por la revista Spin de Bob Guccione Jr. como “uno de los mejores álbumes de rock en español de todos los tiempos” y que ve —por primera vez— la luz en el glorioso formato del vinil.

En Vagabundo, Draco Rosa se asume como poeta, en un caso típico en el cual el genio está determinado por la conducta de su vida. Su orgullo, su lucidez, son productos de la necesidad, de resarcirse, de recuperar la infancia, ese estado privilegiado de pureza, y lo hace de la mano del bardo de la calle, la escuela, el parque, el burdel, el hospital, el cine y la habitación, como lo hizo Sabines.

En Vagabundo, el recuerdo de la infancia obra en el ánimo del músico, como un don revelador que le sirve para sumergirse en contacto vivo con el mundo, en una partitura simbólica de la naturaleza (“Madre Tierra”, “La flor del frío”); así, descubre las relaciones y las correspondencias secretas de las cosas: “Grito los nombres pero nadie responde / perdí el camino de vuelta al hogar / sé que estoy yendo, no sé adónde / busco principio, sólo encuentro final”. (“Delirios”).

En este álbum, Draco Rosa aspira a una integración con el todo, por vías de un enlace inmediato —las drogas—. La poesía aquí no es, como se escucha en las composiciones anteriores cedidas a Ricky Martin, un escaparate del ámbito de lo real, sino un estar dentro, entre las cosas y el mundo: “Sol negro, negra luz / los perros vomitan plástico azul / los relojes marchan al revés / y el invierno aparece bajo tus pies”.

En Vagabundo, Draco no es músico sino poeta, por una necesidad de reintegrarse al seno del que ha partido: la obscuridad, aquella que lo separa temporalmente del mundo presente —lo que ha grabado posteriormente poco importa—, ese mundo que él descubriría con terror cuando su fantasía lo encaminaba hacia el estado privilegiado de la infancia, donde no existía la enfermedad.

El tatuaje quedaría ahí, aún sin tinta, veintidós años después de desgastar la cinta o el CD, de examinar la poesía y adoptar el riff; quedaría henchido, tocado, anestesiado por una música y una poética que representaban la verdadera voz de los fantasmas de la ciudad en que nací, vagabundos que habían olvidado el camino a casa, justo como yo: un perro que tras la lluvia ha perdido todo rastro de orina para regresar a un lugar tangible.

Vagabundo 22 empezó a comercializarse el 10 de agosto, en una revisitada edición especial —y limitada— con una portada renovada y sonido remasterizado por Bob Ludwig, el ingeniero de masterización del mismísimo David Bowie.

La poesía en Vagabundo —una opera-rock del dolor— es la calle misma, el subyacente, el gran todo, el postulado de identidad del músico/poeta y el underground y no hay ninguna necesidad teórica de beber a tragos el placer sin sentir antes la boca del miedo. Habrá entonces que seguir vagando.