Enclavado en el barrio de La Misión, en la bahía de San Francisco, The Chapel es un lugar pequeño, un rectángulo que en otro momento albergó una funeraria —de allí su nombre—, para luego convertirse en auditorio de una escuela y finalmente pasar a ser sala de conciertos en 2012.

Este es el sitio elegido por John Zorn para celebrar su cumpleaños número 65, con una residencia de siete conciertos a lo largo de cuatro días, en los cuales repasó algunos de sus trabajos más recientes en las manos de diferentes ensambles.

John Zorn. Fotografía de Andy Newcombe, bajo licencia de Creative Commons.

La noche inaugural, la apertura Trigger, con un trío de jovenes (Will Greene, guitarra; Simon Hanes, bajo; y Aaron Edgcomb, batería) que hace honor a su nombre: Gatillo. Cada una de sus interpretaciones es un disparo, una rápida y vertiginosa acometida a la cual el apelativo de brutal le queda corto. Sus composiciones son breves, certeros y demoledores golpes que recuerdan a Painkiller, pero aquí hay un condimento de funk y math rock que, condensado en 25 minutos, lo deja a uno exhausto, como si se hubiera corrido el maratón.

La pausa, el reposo, viene de la mano de un dueto de cellos a cargo de Erik Friedlander y Michael Nicholas, quienes dan una demostración de técnica, sincronía y emotividad. Su set es como un rizoma que abre varias vías de comunicación y las interconecta, es un efluvio de sonidos que guiñan a una tradición clásica para luego abrirse a la música contemporánea, el klezmer, y en donde ambos músicos insertan rasgos de humor.

El cierre de este acto dedicado a las Bagatelles, el trabajo que Zorn realiza desde hace un par de años, lo hace el saxofonista con el quinteto integrado por él, Kenny Wollensen y Kenny Grohowsky (batería), Dave Douglas (trompeta) y Greg Cohen (contrabajo). Aquí, Zorn recurre a las señas,  dirige, pide a los bateristas aumentar la intensidad, los hace callar intempestivamente, los alterna, exhorta a Cohen a usar el arco para luego pedirle que regrese a tocar con los dedos, pide unísonos a sus bateristas y él entabla hermosos diálogos con Douglas. El quinteto cerrará luego de 25 minutos.

Estúpidamente hermoso

Son las diez de la noche y Greg Cohen, Erik Friedlander y Mark Feldman (violín), el Masada String Trio, salen al escenario acompañados de Zorn quien, sentado en posición de flor de loto y de espaldas al público dirige al trío que abre la segunda sesión del “maratón”, dedicada al Masada Book 1, 2 y 3.

Los tres, a las señales de Zorn, inician. Ecos del folclor oriental escapan de las cuerdas, se enroscan en un eje que forma la estructura de una composición más cercana a la música de concierto, pero cuya flexibilidad la lleva hacia los terrenos de la vanguardia.

Cohen, Friedlander y Feldman son tremendos instrumentistas, pero encaran el compromiso con espíritu lúdico y por allí aparece el aura juguetona de la música de los cartoons de Carl Stalling, esas abruptas transiciones de un género a otro que adquieren sentido en conjunto y en los que los silencios breves, apenas fracciones de segundo, añaden dramatismo.

Cohen, Feldman y Friedlander hacen solos magistrales, intensos, y estos aparecen en el momento adecuado y sin llegar a cansar; uno lo siente, porque los cuerpos se mecen rítmicamente, vibran con la resonancia de las cuerdas, los quejidos que los arcos extraen de ellas y que hacen de eso algo estúpidamente hermoso.

Este año, Zorn dará a conocer The Book of Beriaah, el ultimo de los trabajos que cierra el ciclo dedicado a Masada en un box set de diez álbumes de los cuales uno de ellos corresponde a la cantante Sofia Rei, quien, al lado de JC Maillard en el saz —instrumento de cuerdas de mástil largo proveniente de Turquía— entrega canciones propias, cantadas en español, en las que la tradición sefardí aflora. Ocasionalmente, la Rei procesa su voz, le agrega algo de reverb, añade un poco de eco o utiliza el  delay, pero la mayoría de las canciones llegan muy desnudas, vestidas ligeramente, aunque eso sí, con eficacia, por el saz de Maillard, el palmoteo ocasional y las todavía mas esporádicas armonías vocales de ambos.

La clausura

Masada, el cuarteto (Douglas, Cohen, Wollensen y Zorn) es para quien esto escribe un sueño acariciado desde 1994, cuando Alef, el debut discográfico, apareció en el mercado. En grabaciones, la batería corría a cargo de Joey Baron, pero a Wollensen le ha tocado estar detrás de los tambores en mucha de la vida en concierto de la banda, así que sabe de este libro al derecho y al revés.

Han tocado tanto en directo que el sonido es amarrado, sólido; la alquimia es evidente, la fusión de klezmer y jazz es caliente, derrite cualquier posible reticencia. Sí, el lugar esta perlado de fans, pero las composiciones son majestuosas edificaciones que en directo adquieren otra belleza, una exuberante vitalidad.

El trabajo entre los cuatro es irreprochable y los solos, nuevamente bien dosificados, son sorprendentes, rayan en lo sublime. Zorn dirige desde el frente. Sus señas exigen rapide, ora silencio, ora aumentar la intensidad y cuando eso sucede, parece que los cuatro rebasaran sus límites para romperse. Sin embargo, una señal del anfitrión pide calma y el descenso casi a cero es abrupto, para comenzar de nuevo esa construcción que, en una demostración de sincronía llega a su fin. Soberbio.

 

 

Un comentario en “Feliz cumpleaños 65, Mr. Zorn (I)

  1. Una reseña a la par de las presentaciones, fluye de manera natural aunque el vocabulario no es del todo sencillo. Es decir, la música de Zorn y la reseña no son fáciles ni de escuchar ni de leer, pero te dejan un “resabio” que invitan a querer escuchar y leer. Felicitaciones estimado David.