San Francisco, California. Veinticinco años después de su primera visita a The Masonic, un sobrio y ecléctico auditorio ubicado en el barrio de Nob Hill en las montañas de San Francisco, Van Morrison regresó nuevamente para ofrecer tres conciertos de verano en este 2018.

El recuerdo de aquel concierto quedó registrado en el espléndido disco doble A Night in San Francisco (Polydor Records, 1994), una obra que ya incluía un pausado recorrido sobre las dos primeras décadas de las obras del músico irlandés. Un cuarto de siglo después, el 16 de agosto, frente a los poco más de 3 mil 500 asistentes que abarrotaron el Masonic, el León de Belfast, a sus 73 años, cerraba su gira en el puerto, ofreciendo un espectáculo sobrio, concentrado, pero con la potencia de una voz y un estilo que conmueven y deslumbran a sus seguidores nuevos y viejos.

Van Morrison. Fotografía de Jarle Vines, bajo licencia de Creative Commons

A las 7 de la tarde, Shana Morrison, su hija, abrió el concierto por cortesía de su señor padre. Interpretando cinco canciones con una voz estupenda, acompañada por el compacto grupo de coristas y músicos de base de Morrison, tuvo una intervención celebrada respetuosa pero discretamente por el público. Después de todo, los asistentes habían ido a celebrar los 50 años de Astral Weeks, una de las obras emblemáticas del mítico cantautor irlandés. Además, ese día se había anunciado por la mañana el fallecimiento de Aretha Franklin, una noticia que llenó durante todo el día los sonidos de la ciudad con sus canciones, interpretadas por los músicos callejeros desde el Fisherman’s Wharf hasta la calle Haights, en el barrio hippie de la ciudad, pasando por la Market Street, en el corazón viejo de San Francisco.

Bajo ese clima mezcla de entusiasmo y tristeza y con la acostumbrada niebla marítima vespertina cubriendo el puerto, “The Old Black Magic”, de Johnny Mercer, estalló en el Masonic, anunciando la discreta entrada de Morrison, acompañado en este cover clásico por su propia hija. Desde el principio, la voz potente del irlandés sacudió los cimientos del auditorio, inundando impetuosamente de soul, jazz y blues la acústica sonora del lugar, y permitiendo a los asistentes –en su mayoría cincuentones y sesentones, acompañados en ocasiones por sus hijos y nietos– apreciar las virtudes intactas de un hombre de baja estatura, vestido de negro, de lentes y portando un finísimo sombrero que gobernaba de inmediato a una banda que le obedecía con la confianza que solo proporcionan la fe, el oficio y la sabiduría musical.

“Let’s Get Lost”, “I Can’t Stop Loving You”, “Have I Told You Lately” siguieron en la lista, confeccionada cuidadosamente por canciones antiguas y recientes, incluyendo las de sus últimas grabaciones: Roll with the Punches y Versatile (ambas lanzadas por Caroline Records en 2017) y, con Joey DeFrancesco, Youre Driving Me Crazy (Legacy Records, 2018). A la cuarta canción del concierto, con el sax y el piano entre sus manos, Morrison se desenvolvió en el escenario con la maestría que sólo proporcionan medio siglo de conciertos, 39 grabaciones y el oficio solitario de escribir canciones, de interpretar covers, de interactuar con otros músicos, compositores y cantantes. Una masa silenciosa, atenta e inmóvil, capturada por la música, seguía con una mezcla de respeto, devoción y entusiasmo el ritmo de la voz y los sonidos conducidos por George Ivan Morrison, mejor conocido como Van The Man. Para algunos, el impulso de arrodillarse y pedir perdón por sus pecados era irresistible. Para otros, disfrutar en la oscuridad de las canciones, siguiendo con un discreto tamborileo de manos y pies el espectáculo, era una reacción más que suficiente.

Más adelante, “Broken Record”, “Afternoon”, “Moondance” y “Magic Time” trazaron una línea de tiempo y sonidos gobernada por el “desarticulado discurso del corazón”, como reza una de las confesiones de parte elaboradas por el propio Morrison en algún momento de los años setenta.

Al final, “Ballerina”, una de las piezas incluidas en Astral Weeks, fue iniciada sólo por la voz indómita del cantante y seguida por un largo episodio de jazz de sus músicos, con la trompeta, el bajo, la marimba, la batería, la voz espléndida de una de las coristas. En medio de la interpretación, el viejo león se retiraba discreto del escenario, caminando lentamente al backstage, perdiéndose silencioso entre  penumbras por los pasillos que conducen a los camerinos del auditorio. Nunca saludó, nunca se despidió: pura coherencia irlandesa.