Nada es eterno. La proposición no es nueva, pero recordarla, simplemente escucharla, siempre tendrá algo de doloroso, agorero, profético. Sin embargo, tal vez hay cosas que pueden romper el dique de la mortalidad y pasar a la categoría de imperecedero. Una de ellas es la música y en ese amplio universo, en el que algunas expresiones sonoras lo merecen más que otras, La Barranca ocupa un lugar preponderante.


Fotografías: Liliana Estrada

El quinteto —Adolfo y Ernick Romero (guitarra y bajo, respectivamente), Yann Zaragoza (piano, sintetizadores), Navi Nass (batería) y su líder, José Manuel Aguilera (guitarra)— abrió el Auditorio Blackberry a sus seguidores, para la presentación de Lo eterno, doceavo opus en su obra discográfica, obra que en el marco total de su existencia, a quien esto escribe se le antoja uno de los eslabones más débiles, aunque con todo y ello se erige por encima del promedio del rock mexicano.


Una noche con La Barranca siempre es una constatación. Esta nueva alineación, ya con varios años de trabajo, se ha consolidado. En ella no hay fisuras, el entendimiento es advertible, no hay momentos de duda y una vez que los cinco abren las puertas para que ingresemos a su universo sonoro, iniciamos un viaje que esta ocasión se permite revisitar algunos de los instantes más emblemáticos de su producción y al mismo tiempo darse el lujo de dejar afuera del repertorio canciones importantes, aunque el énfasis, obviamente, recae en el álbum más reciente del grupo.


Como ya es costumbre en una sesión con La Barranca, las composiciones se mueven, presentan arreglos diferentes. José Manuel Aguilera maneja confiado la nave, porque sabe que detrás de él tiene a una tripulación confiable y la adición de Zaragoza ha venido a imprimir un nuevo color, al tiempo que ha permitido recuperar composiciones temporalmente abandonadas como “La fuga de Rubén”, entre otras.

“Estas canciones existen cuando se presentan en directo”, comenta el guitarrista, pero si bien es cierto, la afirmación no hace mención a esa energía invisible, eléctrica, que desde el comienzo del concierto se establece entre la agrupación y sus seguidores, un vigor que crece en cada acometida, en cada tema y con instantes brillantes en “Ser un destello”, “Hendrix”, “La rosa”, “La barranca”, “Quémate lento”, “Córcel”, “Zafiro” y en esas catedrales sonoras extraídas de Lo eterno y capaces de hacer palidecer a otras composiciones de la banda: “Cuervos” y “Brecha”.

Una noche con La Barranca, invariablemente, es de ensueño. Líricamente siempre hay líneas que parecen oráculos, responden a las dudas, aclaran el camino, ahondan o sanan una herida; musicalmente es una proposición salvaje, capaz de navegar por un agitado mar lo mismo que por aguas tranquilas y hacer ambas cosas en un mismo viaje. La conjunción de ambas es lo que vuelve a la velada única, excepcional, entrañable. Hoy, de nuevo, el quinteto hizo explícita su vocación por crear, avanzar y no solazarse en su pasado; hoy, también, dejaron claro, en más de dos horas, que se trata de una de las mejores agrupaciones de rock de este país.