La intro es atípica. Por las bocinas se escapa la voz de María Victoria que canta “Cuidadito”, un guiño inusual pues la banda que la utiliza poco se ha pronunciado respecto a abrazar la cultura popular de este país. Tampoco apunta como un buen presagio, si consideramos que Aztlán, el más reciente disco de Zoé, es una placa con algunas buenas canciones, pero sin alcanzar la unidad. No obstante, tres noches con boletaje agotado en el Auditorio Nacional hablan de la conquista del quinteto a partir de un trabajo continuo en el que tal vez haya altibajos, pero también la voluntad para no caer en el anquilosamiento.

Al lugar lo han despojado de las primeras butacas y el frente es ocupado por los fans más solventes de la banda, quienes aguantan a pie firme la noche. Extrañamente, el escenario se mantiene a la misma distancia, por lo que si Zoé buscaba una mayor intimidad con sus fanáticos, esto no se consigue.

Aunque muchos cuestionan al grupo, lo cierto es que su mezcla de fortalezas y debilidades se encuentra balanceada y ello ha influido en el incremento de seguidores. La confluencia de generaciones llama la atención.

Una vez pasada la intro, aparece una de las  fortalezas del grupo. No se limitan a sus éxitos, hay una apuesta por intentar nuevas cosas y cuando trasladan su música del disco al escenario, ésta gana con creces. El ejemplo instantáneo es “Azul”, una de sus composiciones recientes que si en disco no presenta fuerza, en directo gana actitud y mucho nervio rockero.

Sergio Acosta (guitarras), Rodrigo Guardiola (batería), Jesús Báez (teclados y sintes) y Ángel Mosqueda (bajo) suenan potentes, exhiben los años de trabajar juntos; León Larregui (voz y ocasionalmente guitarra) es luz y sombra. Como vocalista tiene sus deficiencias, como letrista batalla para plasmar imágenes afortunadas, su dicción no siempre es la mejor y tampoco presenta el dinamismo de un frontman; pero tiene carisma, algo inidentificable que atrae a las féminas y que no guarda relación alguna con la calidad; está ahí, es invisible, las atrae y ellas responden a la mínima provocación.

Sin embargo, Zoé sabe de eso, lo ha superado, y podrá o no gustar, pero es innegable que no desconocen cómo montar un show, conducirlo y salir airosos. Es la confluencia de canciones, de temas pegajosos y contagiosos, con interpretaciones que no se reducen a reproducir con fidelidad lo grabado, sino a buscarle nuevos recovecos y arreglos.

En ese sentido, Sergio Acosta y Jesus Báez son artífices importantes al momento de entregar las melodías, incluso el último da la sensación de poder encaminar a Zoé a otros territorios, si no existiera la voluntad, tácita o inconsciente, de seguir más la fórmula solista de Larregui.   Mosqueda y Guardiola, por su parte, dan solidez al ritmo: impensable navegar sin su experiencia y soporte.

El que sólo haya un invitado en la noche (el guitarrista de Centavrvs, Demián Gálvez) es otra muestra de la suficiencia de la banda, una solvencia adquirida con el paso del tiempo. También destaca la cuidada producción que pone la banda a la noche. Luces, videos, música ambiental propician una fuerte conexión entre el público y los cinco que redunda en beneficio de la música, porque al final de la noche, el protagonista más importante es la propia música y Zoé sabe tratarla en vivo, acariciarla y mimarla para hacerla llegar sin cortapisas y sin escatimar entrega.

Más que los discos, más que el número de copias vendidas de cada uno de ellos, lo que ha hecho de Zoé uno de los grupos más importantes de la escena del rock de este país, en los últimos años —con sus contradicciones incluidas—, radica en su capacidad de transmutarse sobre un escenario e insuflarle una vida extra a cada una de sus canciones, hasta convertirlas en pequeñas cartas que van y tocan directamente a cada uno de sus seguidores.