Vibras, ¿el OK Computer del reggaetón?

Israel Pompa Alcalá

En la proposición 5.6 del Tractatus Logico-Philosophicus, el filósofo Ludwig Wittgenstein afirma que “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”, es decir, “el sujeto metafísico no pertenece al mundo, sino que es un límite de este según su lenguaje”, dice el también filósofo Bertrand Russell en la introducción de 1919 al Tractatus.

Partamos entonces de un hecho: la música es un lenguaje. Sin embargo, no es homogéneo: cuenta con diversos estilos, a los cuales llamamos géneros. Podemos deducir entonces que, ante la variedad, cada género o lenguaje musical tiene límites distintos: algunos son más amplios y otros más cortos. ¿Esto es malo en sí mismo? Definitivamente no. Ahí están el punk, cierto tipo de electrónica y hasta corrientes académicas como el minimalismo, cuyo ADN se constituye justo a partir de su ahorro lingüístico-musical.

Otro género que pertenece a esta familia es el reggaetón. Sin embargo, como un patito feo, es vilipendiado y negado por quienes se ostentan como el Tribunal Musical de la Superioridad Moral-Intelectual. Los miembros de este grupo han dado su veredicto: el reggaetón es cuasi-música sin valor artístico alguno. Este veredicto, como todo juicio de valor, se trata simplemente de una conjunción de subjetividades. Obviemos las pasiones y vayamos a los hechos concretos.

¿Qué pasa cuando un género con limitantes conocidas decide no sólo acercarse sino abrevar de otras lenguas-géneros? En la lógica de Wittgenstein, el resultado es sencillo: su mundo amplía sus límites, por tanto, crece. Vibras, la más reciente obra discográfica del colombiano J. Balvin, se erige como una grieta en los muros fronterizos del reggaetón, una ruptura necesaria con el género para hacerlo más interesante y complejo.

Por principio de cuentas, el álbum está diseñado para funcionar como un disco completo y no como una simple colección de canciones. El tema abridor, homónimo del álbum, es un pasaje ambiental percusivo, cálido y amable que se ve roto por un contagioso riff sintetizado que anuncia la llegada del éxito mundial “Mi gente”. Balvin toma prestado del rock y las obras conceptuales la idea de pegar tracks y hacerlos convivir en un mismo espacio para darle cohesión a su mensaje. La declaración de principios aparece a los 14 segundos del segundo tema: “mi música no discrimina a nadie / así que vamos a romper”. Una invitación a la unión, la mezcla y la fusión que a final de cuentas es lo que define a la música occidental más interesante de la historia (recordar, por ejemplo, la apuesta de Paul Simon en su obra maestra Graceland: el rock y la música africana son, en esencia, lo mismo: existe un hilo invisible que conecta al Mississippi con el Nilo).

“Ambiente”, tercer tema, tiene una introducción arraigada en el dubstep y el reggae tradicional, para dar paso a un bello juego rítmico entre guitarra, percusiones y sintetizador. “Cuando tú quieras”, siguiente canción, cuenta con una melodía ejecutada por un steel drum (instrumento tradicional del caribe), un coro sin palabras que echa mano de los loops propios de la electrónica y percusiones ligeramente distorsionadas apoyadas por congas.

“No es justo” es una melodía mucho más dulce si se le compara con las dos anteriores, gracias al uso del ukulele y los sintetizadores, así como lo pegajoso de su coro. “Ahora” es un tema tradicional de reggaetón que no desmerece con los hallazgos anteriores, pero tampoco sorprende.

La leyenda dice que la canción número siete de cualquier disco es su ethos, su esencia, su alma. De ser cierto lo anterior, hasta con eso cumple Balvin: “Brillo”, séptima melodía de Vibras, es la mejor canción de todo el álbum y la que lo parte en dos, con lo cual se consolida tanto su ambición como su intención conceptual. La voz de Rosalía, extraordinaria cantautora española, otorga belleza inusitada a una base rítmica y armónica sencilla, pero no simplista: es capaz de hipnotizar con muy pocos elementos. Lo hermoso de hacer mucho con tan poco.

Tras la cima de Vibras viene un interludio llamado “En mí” que no es más que un arpegio de teclado acompañado otra vez por la magnífica voz de Rosalía. Esto sirve como introducción a la canción del mismo nombre que empieza con ritmos cortados, voces sampleadas y una melodía de voz tan pegajosa como chicle derretido. El coro es uno de esos por los cuales cualquier compositor mataría, mientras la base rítmica sólo sugiere el reggaetón, pero jamás cae en ello. Grandísima composición.

“Peligrosa”, con Wisin & Yandel, dos emblemas del género, es otro reggaetón clásico que seguro será un éxito en cualquier perreo, pero que no explora demasiado (prestar atención a los arreglos de sintetizador, lo más interesante de este track). “Noches pasadas” recupera un poco de temas como “En mí”, “Ambiente” y “Cuando tú quieras”, es decir, experimentación y apropiación de otros géneros (el riff sintetizado a contratiempo es una joya de arreglo).

“Tu verdad”, “Dónde estarás” y “Machika”, la trilogía que cierra el disco, son un ejemplo de la perfecta fusión entre el pop, el hip-hop, los llamados ritmos urbanos y el reggaetón. El cierre ideal para un disco que apunta alto.

El punto aquí es: ¿logra J. Balvin romper sus propios esquemas, limitantes y barreras? Vibras, luego de varias escuchas, es la apertura a un nuevo lenguaje dentro del reggaetón, un parteaguas para el género, la bifurcación del camino, el mítico crossroad: por un lado, el reggaetón continuará con su camino de domesticación, en el cual perderá su esencia original provocadora (la manifestación abierta de la sexualización, su cuna de barrio transgresor); por otro, Balvin invita con esta obra a las súper estrellas del ritmo a romper sus propios límites y generar música mucho más sofisticada, arriesgada y rica para un género que, en el prejuicio, no podría acceder a ello.

El reconocimiento para Vibras es unánime. Medios como Pitchfork y Time colocan a la creación de J. Balvin como uno de los discos más importantes del 2018 hasta el momento, lo cual no es cosa menor: ningún otro disco de habla hispana está cerca de ostentar ese honor.

En 2010, Mike Diver, uno de los críticos musicales más importantes de la BBC de Inglaterra, dijo respecto a The Suburbs de Arcade Fire: “Es su obra más apasionantemente fascinante hasta el momento, un trabajo complejo y cautivador (…). Podríamos llamarlo su OK Computer”. ¿Es Vibras el OK Computer del reggaetón? En términos concretos, no: a pesar de su ambición, no es perfecto y sin fisuras como la obra de los de Oxford e incluso como el disco doble del combo canadiense. Sin embargo, la apuesta por hacer crecer su lenguaje, romper cadenas y arriesgarse a rebasar los límites es tanto o más loable que cualquier otro disco de cualquier género, pues el reggaetón, encima de todo, tiene que luchar contra el prejuicio social, el estigma intelectual y la crítica clasista.

J. Balvin quizá no hizo un disco que trascienda el tiempo, pero sí provocó algo dentro de su mundo: demostrar que los límites conocidos no existen. Big Bang, Balvin. Big Bang.


Cuando la prudencia es transgresión

Alejandro González Castillo

Desde hace tiempo, se viene hablando de la maduración del denominado género urbano y la aparición de Vibras, el más reciente álbum de J Balvin (¿el mejor alumno de la clase de reguetón?) ha conseguido que varias plumas suelten comentarios que, lejos de emerger de la cabeza de quienes los profieren, parecen habérseles escurrido de la entrepierna (situación del todo congruente, después de todo; además, imposible de condenar). Y vaya, es comprensible la urgencia de erigir tótems: la historia del pop está plagada de historias así. Sin embargo, el desgarriate está bien para la pista de baile, no para cuando llega la hora de dar martillazos. Así que recurramos a la calma.

Punto uno respecto al quinto álbum del de Medellín: no, no es un disco conceptual. Punto dos: aunque a varios les duela, no se trata del álbum que pasará a la historia como el responsable de que el mundo (es decir, rockeros por delante seguidos por hordas de adultos aburridos) comience a tomarse a los del perreo más en serio. Y tercer punto (el más triste de todos): Balvin no ha confeccionado todavía el plato con el que Aleks Syntek dejará de relacionar al reguetón con los macacos. En realidad, las bondades de Vibras son otras, afortunadamente.

Pedacería unida con destreza. Una producción sobresaliente. Ahí los principales atributos del disco del colombiano, quien concretó un afilado trabajo en el estudio de grabación; el mejor que ha manufacturado a la fecha, no hay más. Porque trozos de dancehall, esquirlas de dub, tufos de r&b y trap y la urgencia del pop se unen en ésta, una obra que echa mano de sonoridades sintéticas, sampleos, loops e instrumentos de cuerda y madera con una premisa más o menos constante y sorprendente: recurrir a la mesura. Sí, acá se ha empezado a entender lo que la palabra autocontención significa; todo un logro en una era donde el exceso, el desparrame a lo bruto, se erige como ley. Revelación millennial de la mano de uno de sus mesías: hoy día, la prudencia puede ser transgresora.

Vibras apuesta por una voz de mando lánguida, filtrada por ese lente sónico esencial llamado autotune. Apenas arranca la obra, un scratch calienta las calles al son del hitazo “Mi gente”, ideal para asolearse en las esquinas de Miami. Del listado de catorce tracks, sobresale también “Cuando tu quieras”, con esa suerte de marimba borracha al fondo, como tijereteada al azar y pegada con cinta canela entre porros para luego encimarle la voz cavernosa que despide al tema (¿un homenaje a la cumbia rebajada?). Por otro lado está “Brillo”, quizás el punto más alto de todo el temario. Una caminata por el trópico más psicotrópico con la ayuda vocal de Rosalía, quien invita a cruzar ríos sobre puentes formados por mástiles de guitarras sin que, vaya sorpresa, el tupatupá arribe jamás.

Por otro lado, “Peligrosa” (con Wisin & Yandel) es una composición que alude a los clichés que el reguetón más barato prodiga en los microbuses de este país y algo similar sucede con  “No es justo” (con Zion & Lennox), un tema que Luis Fonsi recogería gustoso pero que al lado de intentonas por eludir la vulgaridad –como “Dónde estarás” y “Ahora– se antoja prescindible. Finalmente, luces rojas parpadean sobre “Machika”, un llamado frenético a la algazara recia, inclemente (“estoy muy borracho y no puedo más”, es la confesión que como mantra se sucede, una y otra vez). A saber cuántos aquelarres provocará este tramo de ritmo en todo el planeta, un cierre diabólico, sin duda. ¿Algo más? Sí, las letras del disco. Bueno. Yatusabe. Hay esfuerzos por mover los verbos a otro sitio, pero a su autor le cuesta esquivar el lugar común: escarceo, erecciones y fluidos; faje, calentura. Finalmente, ¿por qué habrían de existir cambios?

Vibras es un paso adelante para J Balvin que todos los que a su alrededor andan también aprovecharán. No obstante, sigue tratándose de música para bailar. Y ya. No hay un flamante manifiesto estético que resulte contundente; uno que, como muchos pretenden, sacuda los paradigmas que hace tiempo se han establecido si de reguetón se habla. De tal suerte, no es éste un álbum conceptual que conseguirá que los escuchas tomen asiento para detenerse a escuchar atentos. De Vibras han salido y seguirán saliendo videos con millones de vistas, hartos comentarios con carretadas de likes y seguramente suficientes premios, en todo el mundo. Pero, en esencia, seguirá siendo música para sacudir la osamenta. Nada más que eso. Un atributo formidable, sin duda. 

 

 

Un comentario en “Dos visiones contrapuestas de un disco de reggaetón

  1. Un gran artículo sobre un tipo de música que me gusta mucho como es el reggaeton.
    Me ha gustado mucho leer esto y lo recomiendo.
    Gracias por esta información.
    Un cordial saludo.