La cumbia es una memoria, otra memoria. Nuestra memoria. Una música que no emerge desde el mercado “global” del espectáculo norteamericano, dueño del mundo desde 1945 hasta la fecha; aunque lo afecta y aprovecha, lo interviene y contamina, desde lejos y desde abajo, que es desde donde habla la contracultura.

La cumbia, como el regué y la salsa, adquiere una personalidad salvaje cuando incluye la guitarra eléctrica. Ese paso trascendental, en apariencia un mero trasplante, dejó emerger lo más salvaje de la música considerada salvaje de verdad por Occidente. Volvió técnica moderna el sonar de los tambores de la resistencia oscura e irónicamente risueña que muy pronto se adueñaría de todo, hasta de las computadoras. Tambores de cumbia y “perreo”, con toda la carga semántica que esta última palabra conquistadora tiene hoy día.

La cumbia expresa la parte maldita de la alta cultura. Es una música tan compleja como la más culta de Occidente y tiene una antigüedad de miles de años, cosa que no le iguala la occidental. Es la música de la “mbira” africana, ese instrumento de metal fundido y madera, tan antiguo como la marimba y predecesor por más de cincuenta siglos del piano actual.

Porque ya desde las grabaciones de Mike Laure, como luego las de Rigo Tovar, lo mismo que las del Acapulco Tropical, la cumbia mexicana emerge bien cargada de voluntad rockera, es decir, con muchas ganas de ser música popular del mundo entero, tanto por su natural alegría como por su delicada complejidad rítmica y armónica. Una música bella para bailar, para convocar la alegría, aun en medio del más grave de los duelos y dolores, aun en medio del funeral. La cumbia es un motivo para vivir, una razón para no darnos por vencidos y seguir hacia adelante, en espera de lo que más imposible parece, los siempre deseables tiempos mejores, tiempos mejores para todos y todas en el mundo entero. Con voz de cumbia, que es la voz con que la Tierra se embellece y vuelve hermosa, con su pollera colorá, con su dulce sudor que hace translucir el cuerpo entero bajo su blusa y falda.

Entonces, el tiempo magnifica y aclara la grandeza superior de la que, se diga lo que se diga, es la obra maestra del encuentro del blues, la cumbia y el rock: “La Negra Tomasa” de Caifanes. Hasta ahora, el non plus ultra, pues todo en ella es punto límite y riesgo absoluto. Un gran punto del rock en tu idioma, con la auténtica mejor alineación posible de esta banda.

Cuando apareció “La Negra Tomasa” todo era escándalo en ella. Que muy naca. Que muy cursi. Que muy jazzy. Que muy fresa. Que puro remedo. Que pura invención. Y la polémica se extiende con toda razón hasta ahora. Era una grabación fuera de serie, pues contradecía el esquema impuesto hasta entonces de que sólo se podía copiar, de que no se podía hacer algo que no hubieran hecho antes unos norteamericanos o unos ingleses. Pero ya estaba allí, por todas partes, el regué, por ejemplo. Y Caifanes se corrió el riesgo, cuando todo mundo dudaba y nadie se sentía seguro de estar haciendo lo correcto, cuando todo mundo sentía que se contradecía en algo; tal contradicción liberó un nuevo espíritu rockero, intenso, apasionado y con personalidad propia. El rugido de la cumbia, en el punto donde ésta se convierte en jazz de fusión y muy nueva música mexicana. Se piense lo que se piense y se diga lo que se diga ahora sobre este grupo, tan parecido al principio a tantos otros, comenzando por The Cure, si se quiere, pero que al llegar a “La Negra Tomasa” le abrió puertas y ventanas a la cumbia dentro del rock hispanolatinoamericano, o sea, nuestro rock (por seguir calificando como rock todas estas músicas mundiales con ya más de medio siglo de permanencia).

Sin ser la octava maravilla como cumbia o como rock, “La Negra Tomasa” consigue envolverse en una atmósfera por completo propia, capaz de situar la cumbia en el orden de Miles Davis y el rock en el plano de Chico Che y La Crisis. De manera que esa profunda identidad y diferencia le brotan de su ser una pieza rara en todas partes, una anomalía exitosa, para el grupo, la productora, la época y muchas otras circunstancias, un logro inusual y extraño como no lo han logrado conseguir igual de naco y paradójicamente refinado bandas como Maldita Vecindad, Café Tacuba o Maná, que tanto presumen de cumbiancheros y populáricos. Porque, una vez puestos a prueba con la vulgar cumbia, los músicos de Caifanes se propusieron alcanzar el mayor virtuosismo musical que les fue posible y ello los condujo a producir una auténtica cumbia, su cumbia, no una copia rockera de la cumbia ni una parodia de ambas músicas, como si sucede, por ejemplo, con la “Abuelita de Batman” de Botellita de Jerez.

“La Negra Tomasa” contiene, íntegra, la tradición cumbiera y cumbiambera que la precede y a la vez anuncia, total, el estilo chúntaro que vendrá: dice toda la cumbia que ha llegado al blues y el rock. Cada uno de los músicos que fueron Caifanes para esa grabación supo construir una sinfonía cumbiambera de identidad darketogótica, id est: calmada en el lado cool del cold turkey. No es una obra superior o inferior en la cumbia o en el rock, porque constituye la síntesis de todo lo posible, en todas direcciones y en todos los casos, comenzando por la senda del fracaso y lo cursi, si se quiere, hasta ascender a la gloria y la fama después de todo; de allí, insisto, su muy profunda y bella extrañeza, su carácter de perla berrueca, donde los chipotes embellecen y la perfección se contiene presente pero invisible en cada uno de los detalles de la figura, tensa entre la circunferencia y la elipse, abierta como parábola. Cumplimiento y presagio de otra música, una menos sometida al cuadro simplista y monótono del mercado corporativo de música para adolescentes.

Ahora, veinte años después del “Chúntaro Style” y treinta después de “La Negra Tomasa”, la cumbia ya es toda otra cosa o muchas cosas diferentes dentro de la música popular contemporánea. Hoy existen más de treinta variantes intercontinentales de cumbia, desde la cumbia texana de Selena (qepd) hasta la  cumbia villera de la Argentina, la psicodélica del Perú y la subterránea de donde sea. Ya la cumbia forma parte integral de nuestras figuras de rock hispanolatinoamericano; aunque todavía no recibe un reconocimiento amplio en lengua inglesa, análogo al del regué o la salsa tropical a lo Santana y quizá eso mismo sea la prueba de su fuerza y su porvenir, que todavía esté afuera del encierro MTV en lengua inglesa por debajo y por encima de todo… y con todo y todo. Este ensayo ha sido un intento por situarla de modo rápido desde mi experiencia dentro del mundo del rock y el blues. Otra cosa muy distinta, que por ahora quedará pendiente, será la historia de la cumbia desde adentro de la música y sociocultura de la cumbia misma.