Pertenece a una generación para la cual la autogestión es importante y probablemente la manera más idónea de hacer las cosas. Paulina Lasa lleva años en la música. Seguramente algunos de ustedes la ubicarán como fundadora y artífice de esa agrupación llamada Haciendo el Mal, con la cual grabó un par de placas: Haciendo el mal (2013) y La revolución en tus ojos (2016).

Luego, en un momento de su vida (2014) decidió transformarse y cambió su nombre por el de Nima Ikki. Con ello también mutaron sus intereses, de las canciones pasó a la utilización de su voz como un instrumento más –“piano es lo que mejor toco. También canto, toco el bajo, la guitarra, la jarana y sé hacer ruidos muy chidos con pedales de efectos”– y a integrar ésta a una música en la cual la electrónica y la experimentación son las dominantes.

“En la primaria –cuenta– era la más nerd de la clase de música y mi maestra era una genio que me enseñó muchas cosas. También allí empecé a hacer algo que ahora se llamaría mash-ups, grabando pedazos de canciones en la radio y creando narrativas nuevas. Es larga y poco convencional la historia de mi relación con la música”.

Su “debut” en la electrónica, de la que le atrajo “la posibilidad de utilizar tecnología para hacer muchas cosas al mismo tiempo”, es Mantras, un EP en el que cuenta con la colaboración de Camille Mandoki y en en el que el motor de arranque es la palabra, lo que ella describe como frases cortas que se procesan y superponen, reforzadas ocasionalmente por un instrumento o ruido (“I Say We Don’t-I Want To”) y le sirven para crear un bello mosaico de múltiples voces.

El EP, dice en su Bandcamp, es “un viaje de cantos a la introspección y a la conexión con el mundo abstracto, a las obsesiones propias que se desenvuelven en ciclos que se superponen y reflejan el vaivén entre la simplicidad y la complejidad de nuestra existencia”.

Tal vez una imagen pendular funcione mejor para describir su música, porque en su propuesta, efectivamente, los sonidos-voces oscilan, entran, salen, se instauran, desaparecen en un movimiento lento, con delicadas transiciones. Campean la electrónica y un espíritu completamente experimental, con ligeros vestigios de la electrónica de los setenta (“Should It Be Over”), porque si bien la voz es el protagonista de estas jaculatorias, ésta pocas veces genera frases legibles.

Luego de Mantras, Nima realizó Sajniñu, “una comisión de la Fundación del Centro Histórico, producida con sampleos de esa zona de la ciudad” y en la que “utilizo audios de mercados, manifestaciones, calles pobladas por comerciantes ambulantes, así como también creo audios propios para traducir a sonidos las señales que encontré en mis recorridos”.

En este trabajo hay cortes cuyo inicio se da con un ruido, como en “Agua-sangre”, donde el agua borbotea, aparece y desaparece; o “Polleros-sangre” que toma ruidos céntricos como input para más tarde transformarlos en un tema bailable bastante atípico. El atractivo de Sajniñu radica en esos ruidos cotidianos, el pulso vital de la zona, que le sirven de punto de partida para generar un ritmo en algunos casos y en otros para integrarse como subrayados o decorados a la música.

“Compongo cuando tengo algo que decir. Después las cosas salen muy naturales y mi problema a veces son los acabados finales. Trabajo en un estudio casero, con una computadora no muy poderosa, equipo bastante viejo y poco tiempo para hacer arte, pues muchas veces tengo que tomar otros trabajos que pagan mejor” –señala.

Con eso en la mira, su siguiente grabación es Umlilo, una colección de ambientes y texturas en los cuales el teclado es el protagonista y con él Nima crea melodías místicas, muy tranquilas y ambientales que ocasionalmente se ven interrumpidas por efectos, voces y grabaciones de campo. Por momentos hay drones y voces lejanas, pero nuevamente poco legibles (la excepción podría ser “Clones” que inicia con un diálogo sampleado), pero el tenor de la obra es más apacible (“Dreamless Sleep”).

Su más reciente producción en aparecer (en su haber cuenta con tres colaboraciones más: Conociendo la dimensión, con Turning Torso, una colección de “improvisación y sicodelia”;  Free Energy Device y XXX-XI-XVI) y la única editada físicamente es Skeletons Hidden in the Closet, un sencillo cuya cara A –que da título al disco– es misteriosa, como si fuera una evocación de Oriente, con los sintetizadores que tejen las atmósferas y las voces que surgen como si, efectivamente, se tratara de una entidad que viene de otra dimensión, pero cuyo canto es cercano al de una nana. En “I Think I Can Control the Noise”, la voz, en medio de un caos, emerge ocasionalmente, como siempre ininteligible: un susurro, un eco, un vaticinio, un presagio o un horror.

Sin proponérselo, exclusivamente a partir de su accionar, Nima Ikki es la punta de lanza de una nueva generación de mujeres que ha encontrado en la electrónica y la experimentación un vehículo idóneo para resistir y plantear su peculiar forma de mirar el mundo.