Que quede. Soy un ruco sentimental. No lo niego. La edad educa y ablanda. Kurt Cobain o Jim Morrison, a mi edad, podrían andar vendiendo de casa en casa cajas de galletitas de las niñas exploradoras de su barrio; nomás dando lástima involuntaria con los tanques de oxígeno y las andaderas metálicas. No es cosa de enchílame la otra eso de ser de alma gruesa y pesada toda la pinche vida. Después del segundo hijo, el primer ascenso y las mensualidades para el carrito del año, ya no cualquiera dice: “Vamos a reventarnos… hasta que muéramos…” y se compra el primer disco de Juan Gabriel o de Café Tacuba, con su ni modo.

El día de 1998 que vi y escuché por vez primera en MTV el videoclip de la pieza “Chúntaro Style” de El Gran Silencio, además de que la piel se me puso de gallina y los pelos de la barba se me electrizaron hasta sacar chispas por la nuca, lloré y gemí como cliente del sybian en el programa de radio de Howard Stern, se me escurrieron por la panza lágrimas, mocos y babas. Lo confieso. Quedé hecho una pinche gelatina temblorina en medio de un derrame ternurita de mucosidad subjetiva.

La conmoción no era para menos. De repente, estaba viendo y oyendo, en la pantalla de luz de la plana caja de la mierda idiota de la institución musical para el comercio global de opio popular, lo que se suponía por completo imposible en la realidad mexicana: el encuentro y anudamiento metafísico y afrodisiaco del blues eléctrico y la cumbia cumbiambera de la mera gente naca de donde soy. Que, para eso, soy de la mera Cartagena, Tacubaya, donde Javier Solís descubrió la glostora y donde la cumbia pierde su santo nombre para devenir lo que incendia de arriba para abajo los tíbiri-tábara. Todo ello envuelto, además, con un marcado estilo regiomontano sin redova que llenaba de contracultura loca la vivencia histórica de ese gran acontecimiento roquero (al menos para mí). Cuando el proletariado asentó cabeza, escribiría, quizás, un José Revueltas próximo a la vieja y querida revista La Mosca en la Pared.

Los efectos de mercado de ese buen producto musical de El Gran Silencio, tanto en video como en audio, hoy demuestran que mi emoción no fue algo meramente subjetivo y personal; a mucha más gente le prendió igual de fuerte que a mí esa intensa creación de cumbia de altura que muy bien puede ser vista todavía hoy, veinte años exactamente después de su aparición, como la música del porvenir, con todo lo que para músicos “serios” como Richard Wagner y Ferruccio Busoni significó ese concepto… Música Nueva… Después de todo, la cumbia y el blues pueden considerarse géneros musicales en hermandad, pues ambos modos de hacer música sincopada pertenecen al desarrollo de la música africana en el perrón exilio que le impuso la esclavitud americana. Que la inhumana esclavitud de la gente negra de África fue el primer petróleo para la maquinaria capitalista, el otro vino después.

Total, ya les digo, fue de veras conmovedor para mi espíritu roquero de tenochca-tlatelolca nato ese primer encuentro con la cumbia y el blues integrados y potenciados en la forma ultra-regia del “Chúntaro Style” según el ingenio cumbiambero bien naco de los seis integrantes de El Gran Silencio que la grabaron.

Pero ya no hubo más de eso por ahí. Pronto se les acabó lo que se daba y quedó demostrado que los de El Gran Silencio ya no podrían llegar más lejos por esa selva. Ese fue su límite superior, su demasiado genio y ya no más, porque ya eso fue más que un chingo. Un punto muy alto en la historia del rock hecho en México, ya ni quien lo dude, aunque se dude del grupo y todo lo demás. Pero únicamente fue eso, un punto sublime, sí, pero sólo otro punto aislado, como “Tus ojos” de Los Locos del Ritmo o la “Triste canción de amor” del Tri o el burro que tocó la flauta del blues. Les faltó el dibujo logarítmico de esa posible curva parabólica hacia la auténtica música del porvenir”, esa que aún hoy es posible imaginarle a esta pieza singular de El Gran Silencio. Faltó su ingreso en el pleno virtuosismo instrumental, más los arreglos con la temeridad acelerada de un Jimi Hendrix o la autenticidad pura de un John Lennon; faltó y sigue faltando más espíritu roquero, más intención de revuelta; todavía está por venir a la realidad algo análogo al Sargento Pimienta en el orden de la cumbia-rock. Todo se quedó esa vez en un gran logro de la tradición que antecede a El Gran Silencio y una promesa incumplida para el futuro que tanto genio convocaba, tal como, por desgracia, suele suceder.

Claro. Nada de esta yuxtaposición sincrética de los sistemas musicales del blues y la cumbia comenzó con el “Chúntaro Style” y El Gran Silencio; tampoco nada terminó con su falta de continuidad ascendente. Eso, tan de Monterrey y su cumbia loca, nada más fue el cierre de una época, la marca simbólica de una frontera, el antes y después de la conversión de la cumbia en cosa de todo mundo, su desborde del aparato folclórico y regional, su ahí se ven y ahí se quedan. Ya todo eso, tan radical y subterráneo, había empezado mucho tiempo antes. La revuelta por la cumbia, la revuelta con la cumbia. La intensa búsqueda del “naco es chido”. Pero esa combinación en concreto resultó muy poderosa y significativa, sirvió de catalizador para hacer aparecer todo lo tocado ya entonces por la fuerza de la cumbia. Con ello, los músicos de El Gran Silencio hicieron emerger muchas otras figuras del chuntarismo blusocumbiero mexicano y nos recordaron e iluminaron todo lo que de inmediato les predecía. Brillo así con luz propia Celso Piña, quien, con todo y todo, se quedó del otro lado, en el antes de la cumbia chúntara.

“Suena… Suena y se emociona… Nuestra acordeona…”.

Desde las primeras grabaciones de cumbia y porro colombianos hechas en México, allá por 1944, esta música tropical ya venía pidiendo su encuentro con el blues y su respuesta roquera. Tal como lo expresan los arreglos orquestales de Rafael de Paz para la voz raspocumbiosa de Luis Carlos Meyer. Es la voluntad de potencia de nuestra música hispanolatinoamericana, como utopía universal abierta, ser un gran salto hacia adelante. No en balde estoy calificando a la cumbia blusorrockera como la música del porvenir, la de nuestro actual porvenir, todavía; un fenómeno bien cargado de pasado, ni quien lo ponga en duda; pero que estalla y nos llena de luz desde el futuro, cargada de fuerza eléctrica, cargada de imaginación creativa, según nuestra propia vivencia.

Como el blues, la cumbia hunde su memoria y raíces en las percusiones africanas, brota de las tres voces tambor del árbol antiguo, para encontrar un alma libre en el aporte de la “gaita” indígena, un juego de dos flautas (“macho” y “hembra”) que sólo tienen de gaita europea el parecido en los sonidos. Para funcionar, ya todo entretejido, como teatro de la memoria de los esclavos exilados en América, lo mismo que, ya entonces, de los indígenas que de inmediato se mezclaron con ellos.   Música de pueblos conquistados y dominados por la fuerza del capitalismo europeo, música otra, ajena a Occidente, música de África y América, que deviene, ya hoy, la música del mundo entero, vía el cha cha cha, Pérez Prado, la salsa y toda la música tropical que va más allá y envuelve entera a la música afrocubana. Porque la cumbia es ese más allá de lo tropical, donde se oye mejor la voz de las comunidades precolombinas. Rueda de areito de cumbia. Rueda de tambores con negros e indígenas girando también en rueda al paso de ello, para cantar las historias antiguas, las historias que guardan la memoria y la dignidad de la otra vida, la memoria de África y América contra la dominación violenta, siempre violenta e injusta de Occidente.

(Continuará)