Parapetada detrás de su cello, Natalia Pérez Turner parece sumida en una eterna batalla con ese instrumento que si no la hace sudar al momento de tocarlo, sí lo consigue cuando lo transporta a lo largo y ancho de la Ciudad de México. Sin embargo, se trata de una lucha fraterna, porque luego de años, cuando se colocan sobre un escenario, sin importar el tamaño o la solemnidad del recinto, se funden y entablan una comunicación única, misma que se hace patente en esos sonidos graves, ora  dulces o agresivos, luego extraños y que hablan de la búsqueda a la cual se ha dado ella en su trabajo con grupos como La Generación Espontánea, Liminar o en improvisaciones con, entre otros, Sim Bringas, Gibrán Andrade o Wilfrido Terrazas.

“La música —dice— siempre estuvo presente en mi casa. Mi padre escuchaba mucha música clásica: Haydn y Mozart. Y todo lo que allí suele englobarse: barroco, romanticismo, ópera también. Mi madre me presentó a Messiaen y a Britten, pero también escuchaba con ella a The Who y a los Rolling Stones”.

De pequeña, Natalia empezó a tocar la guitarra “más por capricho que por otra cosa”. Su padre, guionista, trabajaba en unos documentales de la Universidad Veracruzana y ella lo acompañaba a Xalapa a los ensayos de la orquesta. “El cello me atrajo muchísimo, así que, en cuanto pude, cambié de instrumento, aunque entonces yo pensaba que me iba a dedicar al cine. En casa había  muchos discos con música para cello y a partir de mi interés mi padre empezó a comprar más. No había un músico en particular, aunque cuando por fin pude escuchar a Rostropovich en vivo fue como escuchar a un ser mítico. Era el sonido, grave sobre todo; el repertorio, la personalidad de ese instrumento grandote, pero no tanto como el contrabajo, su papel en la música de cámara, a veces como soporte armónico, a veces llevando la melodía, pero sobre todo esa cosa grave que contrastaba con la ocasional histeria de los violines”.

Cuando terminó sus estudios, la cellista empezó a tocar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez y también en “varios proyectos de música de cámara que no llegaban a ningún lado”. Pronto se dio cuenta de que allí se sentía más confortable y dejó la orquesta para involucrarse en otros menesteres. Obtuvo una beca del FONCA para montar durante un año un repertorio para cello solo que llevó a museos y galerías. Después vino su encuentro con la improvisación “una especie de salida del clóset de lo que a veces hacía en casa mientras estudiaba. Creo que desde entonces ha habido una retroalimentación entre todo. Fue una transición que se dio de  manera natural. Al tocar música que usa técnicas extendidas, la interpretación se vuelve muchas veces una especie de recreación, porque hay que buscar y experimentar alrededor de lo que pide el compositor, para lograr el mejor resultado y de ahí a la improvisación hay un paso. Además, hubo un momento en que tuve una enorme necesidad de dejar de tocar música que sólo estuviera escrita, me acerqué a jazzistas y a todo tipo de improvisadores y poco a poco fui encontrando mi espacio, uno donde puedo hacer uso de la memoria de todo lo que he tocado y escuchado, donde puedo hacer música a partir de lo que me interesa y de lo que creo que se ha ido volviendo mi identidad musical”.

El sonido de su cello ha quedado asentado en la música de Jorge Calleja, Mal’Ahk, Eric el Niño, Gustavo Jacob, Alex Otaola e incluso hizo una gira con Julieta Venegas; pero uno de sus principales affaires es el que ha sostenido con La Generación Espontánea. “Allí —comenta— me siento en casa, he hecho grandes amigos, es un espacio donde he aprendido mucho, tanto de escuchar a los compañeros y de tocar con ellos, como en pláticas donde me río, me divierto y he podido explorar mi instrumento y los sonidos que imagino”.

Otros de sus proyectos recientes son  Filera, trío con el flautista Wilfrido Terrazas y Carmina Escobar (voz) y Liminar, “un ensamble que me parece de los más propositivos e interesantes en el panorama de la música contemporánea en el país, no sólo por su propuesta musical, el repertorio que aborda, las ideas que llevan a buscar ese repertorio, sino porque surgió de manera independiente y así se mantiene, incluso al margen del FONCA que si bien eventualmente es posible que se busque ese tipo de apoyo, el hecho de que haya logrado tanto hasta ahora, habla del interés y la pasión de los integrantes”.

Siempre en movimiento, la cellista ha colaborado en un importante número de grabaciones, aunque desafortunadamente no ha dejado ningún registro en solitario. “Siempre es un gusto escuchar qué se hizo a partir de lo que grabé, suelo imaginar que hago listones de sonido con los que alguien elaborará una tela y me interesa descubrir mis listones en ella; sin embargo, muchas veces lo escucho una vez y lo guardo. Nunca me ha interesado realmente hacer un disco, ni como intérprete ni con música únicamente mía; muchas veces he pensado que es algo que ‘tengo’ que hacer, pero sucederá cuando realmente me parezca necesario”.

De su amor por el cello, dice: “Mi instrumento, aunque a cada rato miente madres por lo que significa transportarlo, los cuidados que requiere, los costos de las cuerdas, etcétera, no puedo ya imaginarme sin él. Su voz me sigue maravillando, aunque a veces siento que tiene una carga muy pesada, una personalidad muy definida y si bien estudio suites de Bach cotidianamente y sigo amando mucho de su repertorio más tradicional, desde hace mucho estoy más interesada en buscar otra cara, otra voz, creo que ahí es donde se vuelve fascinante: no deja de tener la belleza y la nobleza que me atrajo al principio, pero es mucho más”.

Búsqueda incesante, colaboraciones constantes, proyectos en marcha, estudio. La vida musical de Natalia Pérez Turner está encadenada a esa ronca voz de su instrumento, mismo que, como ya ha señalado, por momentos gana una total independencia. Frente a esa simbiosis intérprete-instrumento hay un futuro abierto a muchas posibilidades.

“En lo más inmediato, estoy buscando material para un nuevo programa de música contemporánea para cello solo, tengo la idea de montar uno nuevo cada año y medio, dos años. Hay un par de películas a las cuales les haré música, cosa que me tiene trabajando en la busca de  sonoridades e ideas musicales. Las películas no están hechas aún, así que estoy jugando con ideas alrededor del guión; por lo pronto me está sirviendo como un laboratorio para diferentes proyectos. El cine siempre ha sido una de mis grandes pasiones, hacer música para éste es quizá de las cosas que más me interesan. Queremos armar algo nuevo con Filera para el otoño, música nuestra, improvisación, acciones escénicas. Hay algo para el Cervantino con Liminar, un proyecto de Nur Slim para niños con partituras muy sui generis. Y todas esas cosas inesperadas que se atraviesan y que, hasta ahora, han servido para cambiar el panorama y enriquecerlo”, concluye.