Dice el refrán popular que una imagen vale más que mil palabras, pero en ciertas ocasiones, cuando las palabras expresan un verdadero sentir, son tan poderosas como la misma imagen. Este hecho fue respaldado por Abel Meeropol, un miembro del partido comunista y profesor del Instituto Bronx, quien bajo el seudónimo de Lewis Allan público en 1937 un poema bajo el epitafio “Bitter Fruit”. El nombre sería cambiado y el rótulo devendría como “Strange Fruit”, título con que trascendería en la historia, pero no en la de la creación literaria, sino en la de la composición musical. Meeropol tomaría la pluma para expresar su desasosiego sobre el ahorcamiento de Thomas Shipps y Abraham Smith, acontecido en Marion, Indiana, el 7 de agosto de 1930; la escena, vivificada por medio de una fotografía de Lawrence Beitler, exhibía la funesta acción del linchamiento de dos afroamericanos por parte de una multitud blanca. De manera más que natural, Allen agregó música a aquellas palabras, para convertirlas en una canción de protesta.

“Strange Fruit” respiró dentro del círculo de las reuniones de izquierda del Nueva York de 1938, hasta la llegada al bullicioso sótano de un edificio ubicado en Sheridan Square, en el Greenwich Village, rubricado como Café Society, donde más tarde empezaría su rumbo al éxito, como parte del repertorio de la expresiva cantante Billie Holiday.

El Café Society, que abriera sus puertas a finales de 1938 a iniciativas de Jersey Barney Josephson, tenía algo o mucho de protesta en su haber, en contra del espíritu segregacionista imperante en los Estados Unidos, y en los clubes de Nueva York guiados bajo la consigna “separados pero iguales”, Josephson entabló un local multirracial donde la gente, tanto blanca como de color, convivía tras el mostrador al igual que delante de él. Para cuando Holiday arribó al club, como parte del entretenimiento, ya contaba con un considerable bagaje: desde los primeros años de la década de los treinta venía curtiendo sus habilidades en diversos locales de Harlem; en 1933, el productor John Hammond la vería en uno de estos sitios, ganándose con ello su favor, cosa que más tarde, en ese mismo año, le redituaría al llegar al estudio acompañada por Benny Goodman. Hacia finales de 1938, Holiday había sido respaldada por una constelación impresionante de músicos, entre ellos Teddy Williams, Ben Webster, Roy Eldridge, Jimmie Lucenford, Buck Clayton, Walter Page y Lester Young. Este último sería quien le otorgaría el sobrenombre de Lady Day.

A la par de la producción discográfica, estaban las presentaciones. En 1937, Holiday se asoció por unos cuantos meses a la orquesta de Count Basie y en 1938 se integraría a la de Artie Shaw, con la cual transgrediría el orden establecido en tanto su condición de mujer negra flanqueada por un conjunto blanco. Este hecho, que perturbaría la conciencia de los promotores de espectáculos y los patrocinadores de la radio, cultivaría su salida de la banda. A la postre, los vientos de cambio la conducirían como la atracción principal del Café Society. Aquí “Strange Fruit” y Billie Holiday unirían su camino.  Fue a instancias de Josephson y Robert Gordon (quien dirigía el espectáculo de la artista) que ella la incluyó en su repertorio, no sin antes unos cuantos ajustes de por medio. El primero se relacionaría con la parte musical: el arreglista Danny Mendelsohn reelaboraría la melodía; mientras que el segundo, quizás el más trascendente y de mayor alcance, lo concebiría Josephson. En una visión de avanzada sobre lo que debía de ser el espectáculo, Josephson ideó toda una escenografía para reforzar el impacto del contenido de la letra y la interpretación de Holiday entre el público.

“Strange Fruit” no habría de ser una canción más dentro de su repertorio. Con ella se concluirían las actuaciones y todo un ritual tendría que acompañar a aquel evento: los empleados suspenderían los servicios, las luces se apagarían con el único cobijo de una tenue luz postrada sobre el rostro de Holiday y por si fuera poco, el impacto se acrecentaría cuando las luces regresaran y Holiday ya no estuviera sobre el escenario.

La impresión sacudía a las audiencias y con ello la fama del Café Society y Holiday se apuntaló. Se podría repudiar o aprobar el tema, pero jamás ser indiferente ante él.

Para el 20 de abril de 1939, “Strange Fruit" quedaría registrada para la posteridad, no sin haber antes una controversia más de por medio: el sello Columbia, con el cual Holiday estaba vinculada, se negó a grabarla (tal vez por miedo ante la polémica que levantaba a su camino). Entonces el pequeño sello Commondore asumió el riesgo y generó con ello el nacimiento de la canción popular de protesta, como lo señala Dorian Lynskey en su encomiable obra 33 revoluciones por minuto.

Dentro de la historia de la canción de protesta, seguramente ésta no sea la primera. Antes tendríamos que echar una escucha al mundo del blues de los años veinte y treinta, pero sí es la pionera en traer los reflectores sobre este subgénero. Holiday imprimió su sello y llegó a lo más profundo de la canción (un apunte lucido y brillante que hiciera Ted Gioia en su libro The History of Jazz, sobre la obra de la cantante), fue un punto de inflexión en su vida y su carrera.

“Strange Fruit” no abandonaría jamás a Holiday. En cada interpretación dejaría algo de sí dentro de ella. Las subsecuentes grabaciones que hiciera del tema traslucen su sentir y los azares de sus vivencias; probablemente de aquí surja parte de su vigencia, eso que haya hecho que otros y otras hayan querido labrar su sentir retomando las palabras, la otra parte que le confiere su actualidad. Hoy no cuelgan frutos extraños de los arboles sino yacen tendidos sobre las aceras.

Por último, en un paralelismo que no deja de sorprender, 54 años después de su primer publicación, “Strange Fruit” se reelaboraría en un contexto más moderno dentro de los confines del café bar Sin-é de Nueva York. Jeff Buckley surcaría el trato elaborado aquel 20 de abril de 1939, el interludio al piano de Sonny White con el fugaz lance de trompeta de Stanley Payne resultó reedificado por la guitarra solitaria con atmósfera hendrixiana de Buckley, mientras la voz aunque expresiva y con un fascinante eco de Buckley no alcanzó la profundidad expresada de Holiday. Es seguro que la versión de Buckley conecte con una generación más joven, pero no debe olvidarse que la pluma de Meeropol, el sentimiento de Holiday y la capacidad visionaria de Josephson encumbraron a “Strange Fruit”.