En la entrega anterior, la pianista Ana Ruiz habló de sus inicios en la música profesional y la colaboración que ella, Henry West, Robert Mann y Claudio Enríquez tuvieron con el trompetista Don Cherry. En esta segunda parte, cuenta lo que sucedió una vez que concluyó su encuentro con el músico norteamericano, de la formación de esa importante agrupación que fue Atrás del Cosmos y de sus derroteros desde entonces a nuestros días.

Es un periodo fructífero el que viven con Don Cherry, luego sacan la producción Cold Drinks, Hot Dreams que pareciera el epitafio de Atrás del Cosmos.
Estuvimos tocando muchísimo. Desaparecimos en 84. Lo que hicimos cuando se fue Don Cherry fue descartar toda la música que nos había montado, porque él sí venía con piezas, y un día dijimos: “Vamos a olvidarnos de todo lo que hicimos con él, vamos a hacer lo nuestro”. Entonces surgió este cassette que es muy importante. Lo sigo oyendo y me parece muy bueno en un ochenta por ciento, pero lo que nos dio Don Cherry fue la libertad, el ya no seguir amarrados a nada más, y entonces formamos una escuela en la casa y de allí nació la banda Atrás del Cosmos, una agrupación que es importantísima. Era una banda de doce personas y con ella inauguramos el Centro Escultórico de la UNAM. [La alineación del grupo en ese momento era Henry West, saxofón; Ana Ruiz, piano, armonio; Robert Mann, percusión; Claudio Enríquez, contrabajo; Luis de Tepoztlán, sax barítono; Rafael Figueroa, trompeta, Alejandro Folgarolas, sax tenor; Sergio Delgado, violín, guitarra; Marcelo Secber, percusiones; Peter Smith, cello; Carlos Vivanco y Jesús Tao, guitarras. Acerca de la importancia de Atrás del Cosmos el lector puede consultar un capítulo dedicado a la banda y la genealogía del free jazz en México de la autoría de Tamar Barzel que se incluye en Experimentalisms in Practice: Musical Perspectives from Latin America, en Oxford University Press.]

Es una banda que nunca grabó.
Sí grabamos, pero nunca editamos.

¿Por qué no pudo seguir? ¿Por qué no hay grabaciones editadas?
Bueno, era muy caro grabar. Nunca tuvimos la intención de sacar lana del grupo, sino más bien tocar. Como todo era de diario, para qué nos acordábamos del pasado si ya no existe. Éramos como los infrarrealistas, gente que no teníamos el interés de grabar, de guardar, de que fuéramos reconocidos. Hacíamos las cosas porque nos gustaba mucho hacerlas. Tengo grabaciones con la banda que me parecen maravillosas. Ahora, juntar a doce personas es muy difícil. ¿Cómo ensayas, cómo estar todos a la misma hora? Era muy complicado. Entonces nos reuníamos para conciertos y luego repartíamos los mil pesos que nos llegaban a pagar entre doce, era doloroso.

Además, en esos años esa música era considerada de locos.
Sí, podíamos haber sido más elitistas. Una vez fuimos a dar un concierto como trío a Chilpancingo. Resulta que llegó gente con su plato de albóndigas y se lo iban pasando y yo dije: “Este público se va a aterrar de lo que vamos  a hacer”. Créeme que nos aplaudieron como si fuéramos la maravilla. No sé si fue porque nunca les llevaban a nadie o porque nuestro corazón logró empatar con el suyo y la gente lo sintió y lo vibró, porque la música no se entiende, la música la sientes; si no la sientes, por más bien escrita que esté no pasa nada. La música te tiene que llegar y así le llegó a mucha gente. En las cárceles, tengo muchas anécdotas de gente que para ellos era lo máximo. ¿Por qué? Porque no les estábamos hablando al intelecto, les estábamos hablando al corazón y así quiero que en este momento siga siendo mi música.

En 1984 Atrás del Cosmos desaparece.
Henry y yo nos separamos. Él dio dos o tres conciertos más y ya no funcionó desgraciadamente. El grupo se acabó, pero yo seguí tocando y luego dejé de hacerlo durante tres años, hasta que me encontré a Alain Derbez y me invitó a ser parte de La Cocina [quinteto formado por Alain Derbez, sax soprano y piano; Arturo Escalante, percusiones; Evodio Escalante, sax soprano y piano; Ariel Guzik, sax tenor; y Jazzamoart, batería que en 1988 lanzó el álbum sica para bailar] y empecé a tocar con ellos, a montar cosas y a improvisar; después formé Radnéctar con Germán Herrera y Ariel Guzik. Sacamos un cassette (Fase 1). Fue un grupo interesante. Duramos como tres años y luego de eso me guardo en casa con mi familia, hasta que de repente empiezo a tocar con más gente, a salir, a hacer cosas por mí misma. Comienzo a tocar con Ciprianodonte, con Alain Derbez, con Germán Bringas…

¿De que año estamos hablando?
De 2002.

En todo este tiempo apenas tenemos tres discos tuyos [West /Ruiz / Mann / Enríquez, Radnéctar y Free Jazz Women and Some Men], una producción muy pobre. La mayoría de tu música está por ser descubierta.
En esos años que me alejé de la vida pública, me dediqué a componer. Hice música para documentales, uno de ellos sobre el Santo Niño de Atocha; esa música es muy bonita, fue como dar mi corazón. El templo del Niño de Atocha es realmente impresionante, te hace llorar, es muy fuerte y yo le hice la música y la tengo que sacar. Un hermano estuvo muy enfermo y un día mi hija fue al templo a tomar unas fotos, me fui con ella y llevé mi CD y la foto de mi hermano, lo dejé donde se ponen todas las peticiones para los milagros y le pedí al Santo que lo ayudara, dejé mi CD allí, pegado con un letrero que decía “para el Santo Niño, Ana Ruiz”. Regreso tres o cuatro años después y le pregunto al padre por el CD, si lo había visto. Y me dice: “Claro, es la música del Santo Niño. Esa música la tengo aquí guardada en mi cajón, porque la gente del pueblo me la viene a pedir, la oyen, la graban en su casa y luego me regresan el CD”. Esas cosas son mágicas, porque no era mi intención ganarme una lana con ello, sino dárselo y sucedió. Ahora es de él.

Hoy tienes un grupo llamado Cíhuatl.
Significa mujer, en náhuatl, y está integrado por Mari Carmen Graue, cello; Yvonne Díaz en el sax; Adriana Camacho, contrabajo; Damaris Vargas, batería; Alina Sánchez, violín y yo al piano. Lo fundamos Adriana y yo el año pasado, hemos trabajado y tocado en muchos lados.
Recientemente toqué en el festival de noise en Querétaro. Ahora toco con quien me invita, ya no quiero repetir esos conciertos en donde estoy incierta con quién voy a tocar; necesito conocer al músico, saber que lo es y saber que está interesado en improvisar. Ya no puedo perder el tiempo: para hacer cacofonías, mierdas y hacer reír al público, no estoy hecha.

Has atravesado 45 años por la música de improvisación y de vanguardia en México, ¿cuáles son los principales cambios que has advertido?
La apertura a la libertad. Me encanta que haya tantos grupos que estén improvisando con el deseo de encontrarse con el otro en la libertad. Tenemos que estar abiertos a darnos, a querernos, a acariciarnos, porque estamos viviendo cosas muy feas y los artistas tenemos que darle algo al mundo, dar algo para que la gente se emocione.

¿Pero adviertes avances y para la mujer mucho más?
Claro y me da tanto gusto que la mujer esté surgiendo. Lo que sí no apoyo son las cantantes del daba daba. Creo que están como cincuenta años atrasadas y que tienen que lograr algo más con su voz; puede ser la música más simple, pero te tiene que tocar. Las chavas que están trabajando lo están haciendo con  empeño, lo veo con mis compañeras. Cihuatl, por ejemplo, es música femenina, completamente diferente de la música que logro con hombres.

¿Cómo adviertes eso?
Puede ser una música agresiva, pero es femenina. En general el hombre nos respeta poco, aún en el escenario. Cuando oyes al grupo de mujeres también tiene una parte fuerte, agresiva, pero hay más armonía. Allí está, ya lo definí, ja ja.

¿De dónde sacas tanta energía?
Mira, a veces sí da flojera. No hay lana, tienes que llevar tu piano, tienes que barrer el escenario… Soy muy terca. Lo platiqué con Arturo Cipriano y llegamos a la conclusión de que es la terquedad, la necesidad de estar sonando, de estar haciendo lo que nos gusta, de no cejar, de nunca caernos, de ir más allá de todo lo que este mundo nos está imponiendo. Siempre he sido muy radical.

¿Es un acto de resistencia?
Completamente.

¿Crees que la generación a la que perteneces puede ser considerada como heroica? No tenían un referente de éxito para hacer las cosas.
No creo que hayamos sido héroes. Nos considero clavados en los que somos, reconociendo lo que somos, porque todo lo demás, que si somos leyenda, que si somos famosos, vale madres, la fama no te da nada. Es una necesidad física, emocional, mental, porque además me clavo en la música y todo lo demás se me olvida completamente.

Ser clavado también es escapista.
Sí, es un refugio, la música es mi refugio, pero eso debe serlo para toda la gente, tiene que ser algo que nos salve de la tristeza, aunque sí puede ser una manera de aislarme de muchas cosas en las que tampoco me interesa estar.

¿Tu familia era musical?
Mi papá era compositor de boleros y de rancheras, tiene piezas no muy conocidas. Mi abuela era pianista y yo me acercaba al piano y la veía cómo seguía la partitura. Me decía que le diera la vuelta. Empecé a seguir la música conforme ella iba tocando y por ella me metí a estudiar piano. Mi tía abuela era la esposa de Carlos Chávez, nos llevaban a Bellas Artes a escuchar ópera. Entonces sí tengo una familia en la que sucedía la música. Mi madre quería que fuera pianista clásica, pero me adoró cuando me escuchó tocar free jazz porque le gustó.

Eras la oveja negra
Sí.

¿Lo sigues siendo?
Sí, a veces soy una ojete, ja ja. He recibido muchos honores, he sido una mujer muy feliz con mi vida, con mucho reconocimiento de la gente, de la gente que no sabe para qué pierdo el tiempo. Soy una mujer que ha trabajado 45 años con todo su corazón y toda su energía.