La música folk es el lenguaje que los pueblos encontraron para contarse unos a otros su historia, rompiendo todas las limitaciones del tiempo, el idioma y el espacio. El pueblo mexicano es tan extraño que se alegra con música triste, un grupo de humanos que es inmensamente feliz al demostrar su tristeza. Esta melancolía colmada de algarabía se ve reflejada en la música norteña, la verdadera, la de Durango, allá en el norte del país, en donde más de dos centenas de chirrines (músicos norteños de a pie) apuestan por subsistir con tololoche en mano y lomo, en escasos contratos esporádicos. Ésta, la banda norteña ambulante, es el legado más importante de nuestra tierra, un género apreciado por pocos e ignorado por muchos, que personifica sin duda, parte de la identidad que define al norte, a muchos duranguenses y al resto del país.

Letras que escribiría un Tom Schulz con tejana, tristeza sobre risitas agrias, el triunfo del acordeón sobre la angustia; frente a ello, el folk desabrido de los Estados Unidos nada tiene que hacer.

Originario de Durango, Lázaro Cristóbal Comala —alias tomado de la obra de Juan Rulfo y los desencuentros en la novela del Lazarillo de Tormes— conoce muy bien esta ecuación. Un género que surge entre la gran depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial, como producto de la crisis histórica y de riqueza musical, la del campesino exitoso que encuentra en la música norteña algo con que identificarse, pues trae consigo la ética y la épica de triunfar; de esta manera, yo definiría a la eufonía de Cristóbal Comala como música norteña antitética o norteño antípoda, más que folk, el opuesto, lo bastante alejado, pero con los dedos bien puestos en los acordes correctos del norte.

Así se forjó Canciones del ancla, reciente material discográfico de Lázaro Cristóbal Comala, disco doble con veinte canciones antípodas, con el dolor preciso y la algarabía inagotable, en el que Comala procura el sombrero a Blazing Scapelands, Pablo Perro y Axel Catalán, para que lo auxilien en diez tracks eléctricos y de guitarras acústicas.

Canciones del ancla se estrenó oficialmente el pasado 6 de abril en el Centro Revueltas Core de la ciudad de Durango. En este trabajo, Comala además se sumerge en el canto cardenche, aquél que es más doloroso que la espina que entra y se abre; cantinelas para lanzar el áncora, para celebrar los tiempos, para detenerlos un poco; esa ironía de soltar para amarrar el corazón.