Ciudad de México, primera mitad de los setenta. El Estado comienza a dar visos de agotamiento y en la cultura se insinúan aires de renovación que recorren no solo la capital, sino el país entero. En la música ha rato se han roto los paradigmas, pero aquí todavía seguimos atados a los convencionalismos, aunque, afortunadamente, no faltan los visionarios e inconformes, aquellos que miran fuera y entienden la necesidad de crecer. Son años también en los cuales la mujer realmente comienza a emanciparse, a dejar de ser solamente una voz para tomar un instrumento y dar constancia de que no es un problema de talento, sino de oportunidades.

Este texto inaugura una pequeña serie dedicada al trabajo de algunas, sólo algunas, de las féminas que se han internado en el terreno de la improvisación o la experimentación desde los años setenta a la fecha y comienza con una pionera de la misma: Ana Ruiz. Ella pudo, de haberlo querido, dedicarse al piano clásico, pero optó por rebelarse y adentrarse en una música que, en ese momento, era la dieta de unos cuantos: el free jazz.

He aquí la conversación con una mujer que se atrevió a desafiar las convenciones y luego de más de cuatro décadas sigue fiel a sus convicciones.

¿Como comenzaste en la música? Perteneces a una generación en la que no era sencillo que las mujeres se dedicaran a ella.
Estudié en el Conservatorio Nacional de Música, primero la carrera de pianista, pero cuando me di cuenta que había muchos pianistas, me cambié a composición. Mis maestros eran Mario Lavista y Manuel Enríquez y empecé a conocer lo que se llamaba la nueva música. Comencé a improvisar y hacer mis partituras, me interesó mucho la improvisación, pero me seguí en la carrera de composición y resulta que por necesidad me fui a vivir a casa del baterista Micky Salas, quien estudiaba contrabajo en el conservatorio. Estando en esa casa, un día llegó un señor con el pelo a rape y un saxofón. Era Henry West que regresaba de Nueva York, de haber hecho la supervisión de la música de La montaña sagrada (filme de Alejandro Jodorowsky) con Don Cherry y tenía mucho interés de formar un grupo de improvisación o de jazz en México. Se había ido a buscar alumnos al Conservatorio y yo era estudiante de José Antonio Alcaraz y entonces empezamos… Bueno, me encantó el hombre y comenzamos a estudiar. Me pidió que improvisara, pero le dije que no sabía hacerlo, que me diera una partitura. Me dijo que partiríamos de cero, sin nada en la mente: “olvídate de la partitura, vamos a improvisar”. Empezamos haciendo juegos de una sola nota y un día me di cuenta de la importancia de la improvisación y de la nula importancia de seguir siendo intérprete de otros. Al mismo tiempo, en 1971, hicimos un grupo de rock Micky Salas, Henry y yo, tipo Mahavishnu. Luego, Henry y yo nos cambiamos a otra casa y un día llegó Antonio Zepeda, quien era muy amigo de Henry, y empezamos a improvisar. Él con sus instrumentos prehispánicos, yo al piano y Henry con su saxofón. El grupo se llamaba AHA y nuestro primer concierto fue en La Casa de la Paz; Antonio se fue, pero ya conocíamos más músicos y fue cuando me dediqué completamente a la improvisación. No soy una jazzista tradicional, porque soy muy radical, no me gusta que me marquen las cosas, que me pongan tiempos. Sí, toco mucha música clásica, pero para mostrarme necesito ser compositora en ese momento, que es la labor de un improvisador, en ese momento estás creando, estás sacando de la nada, del silencio, algo que es nuevo, que está sucediendo allí y eso es lo que ha sido mi vida.

¿Qué tan difícil fue esa transición de lo académico a la improvisación y cómo empezaste a insertarte en esa escena?
Es como la comida. Normalmente sabemos comer la comida mexicana y de repente te dicen que vayas a la comida hindú y tienes que estar abierto a probar, es darte la posibilidad de abrirte. Venía de una escuela con los locos de ese momento que eran Gerhart Muench y Julio Estrada; entonces mi manera de tocar ya era diferente, tenía los maestros, las bases, ya nada más era que decidiera echarme al ruedo y lo hice.

¿Alguno de estos maestros no te criticó por dedicarte a la improvisación?
Mis maestros dejaron de serlo, fueron parte de un proceso. En un momento, uno de ellos sí invalidó que yo fuera free jazzera, pero yo no soy contemporánea de escuela, yo ya soy contemporánea del mundo, de la calle, de mí misma.

En los años setenta el free jazz no era moneda corriente en México y la presencia femenina era escasa, ¿cómo fuiste recibida en ese mundo?
No se oía free jazz en México, era una música que no se conocía y yo era la única mujer en ese grupo y seguí siendo la única mujer en varios grupos. Sí tuve ataques, porque el machismo es fuerte, por ser mujer y no ser cantante, porque sería más bonito que yo hiciera “daba-daba-daba”, en lugar de estar echando pianazos y tocar otras cosas. Un poco después comenzó Olivia Revueltas, pero ella toca un jazz más tradicional; sin embargo, ambas fuimos pioneras, porque tampoco ha habido otra mujer que toque jazz como Olivia. Sí, primero fui yo, como instrumentista y siento que fue bueno, fue darle un impulso a la mujer, decirle: “ya salte de tu partitura, de estar tocando lo mismo que otros”. Me ha costado, llevo 45 años haciendo música, pero ahora veo que hay muchas mujeres en México que hacen música improvisada, experimental y eso me da un gusto enorme.

Regresemos un poco, ¿qué sucedió después de AHA?
Hicimos música libre, porque todavía no queríamos llamarnos free jazz; hasta que una vez, platicando Henry y yo dijimos “es que estamos haciendo free jazz”, entonces ya nos pusimos la etiqueta. Esto fue en 1974. En la casa había ensayos tarde y noche y se armaban unos jams maravillosos, porque empezaba a llegar todo mundo, hasta gente de teatro. Cuando empezamos a ser un grupo de verdad comenzamos a tocar en el Teatro El Galeón, creo que hicimos 95 presentaciones, siempre con portazo y un día llegó Robert Mann (batería) y nos dijo que le gustaría tocar con nosotros y a los quince días dijo que se vendría a vivir a México, entonces ya éramos tres. Luego llegó Claudio Enríquez (contrabajo) e hicimos un cuarteto. Empezamos a montar piezas, a grabar. Varias noches a la semana grabábamos en un estudio, porque queríamos saber qué estábamos haciendo, ver qué no funcionaba; a veces sacábamos ideas y de allí hacíamos una pieza. Entonces se corre la voz y se entera Juan José Bremer, quien era director de Bellas Artes, y nos fue a escuchar un domingo y le encantó. Nos preguntó qué queríamos y le contestamos que queríamos invitar a Don Cherry a tocar a México, que queríamos el Galeón y un teatro para dar clases de música orgánica. Nos dio todo: vino Don Cherry y se trajo a su esposa Moki que tocaba la tambura (Cherry, Don, 1936-1995, trompetista. Pivotal en el nacimiento del free jazz al grabar en el grupo de Ornette Coleman el disco Free jazz. A collective improvisation. Tocó con New York Contemprary Five, fundó Old and New Dreams y Codona y dejó un legado importante de grabaciones). En ese momento aún no habían grabado el disco Cold drinks / Hot dreams (edición en cassette editada por El Ágora en 1980 y firmada por Ruiz, West, Mann y Enríquez), pero ya trabajaban como cuarteto… Al Galeón, que era donde tocábamos y nos dábamos a conocer, llegaba mucha gente, otros músicos y se echaban un jam; también llegaban los elefantes iluminados (hati babas) que fueron muy importantes para nosotros: cantaban, bailaban, se volvía como un espectáculo multimedia y siempre había invitados.

¿Cuándo se forma entonces Atrás del Cosmos?
Un día, sentados en esa casa, en la terraza donde vivíamos, dijimos que ese grupo necesitaba un nombre y pues le pusimos Atrás del Cosmos, porque vivíamos atrás del cine Cosmos. Todo mundo nos identificaba con el esoterismo, teníamos algo de hippies, pero el nombre fue por un detalle geográfico.

Es un momento en el que el grupo comienza a tomar fuerza.
Atrás del Cosmos siempre se expandía. Muchos músicos estuvieron con nosotros, buscábamos y experimentábamos por todos lados, con mucha gente y sucedían cosa bonitas.

¿Cómo trabajaban?
Siempre improvisábamos, teníamos varias piezas los que éramos de base, pero cuando llegábamos a un lugar tocábamos una o dos piezas y todo lo demás era improvisación. Henry hablaba mucho, le gustaba filosofar en escena y de esa plática salía algo y sobre eso nos poníamos a improvisar.

¿En qué año llegó Don Cherry?
En 1977. Primero empezamos en el Teatro El Granero, pero resulta que se atascaba y mucha gente se quedaba afuera. Había señoras con niños, había muchos rocanroleros (cuando Ana Ruiz habla de rocanroleros, hace referencia a los músicos de rock, no a quienes se denominaban así en los años cincuenta) y había pocos jazzistas. Había molestia del público porque hacían cola y de pronto ya no había lugar; nos pasaron al Galeón hasta que empezamos la gira, tocamos en cárceles, en Casas de la Cultura que pertenecían a Bellas Artes, tocamos en donde se podía.

Todas esas presentaciones se grabaron, ¿por qué no hay un disco?
Tengo todo grabado, mi idea era sacar un CD, hacer una grabación de todo lo que tenemos con Don Cherry. El problema es que no tengo la autorización ni la he conseguido para poder sacar ese disco, porque los familiares me traen de aquí para allá.

(Continúa la próxima semana)