Hay una perspectiva muy popular de Jack White, una que lo convierte en un irritable nostálgico, sentado en una cabaña de madera rodeada de rollos de cinta, con dos latas de hojalata y una cuerda en lugar de teléfono y una orden de restricción de tres millas sobre cualquier persona con un perfil en Facebook. Es una reputación que la gente ama y detesta en igual medida. Para los acólitos de su eufonía, es un purista que se mantiene en alto, en estos tiempos musicales cada vez más inconstantes y transitorios; un hombre tan dedicado a la causa del vinil que comenzó un imperio entero (Third Man Récords) para celebrarlo. Para los detractores, es un caricaturista regresivo y un completo aguafiestas, un vampiro cáustico sin concepto de placeres modernos. Pero de cualquier manera, es un hombre cuyo trabajo siempre viene cargado de expectativas. La gente cree que conoce a Jack White, así como la gente cree que tiene un pene perfecto.

Es por eso que la genuina rareza de Boarding House Reach –el tercer álbum en solitario de White lejos de sus muchas y varias bandas exitosas– es una delicia. Es palpable el trabajo de la estrella de Detroit, de principio a fin su electricidad alámbrica se dispara en todas direcciones. Pero no es una apuesta nostálgica y fehaciente, porque lo que esas preconcepciones rara vez tienen en cuenta es que, lejos de ser un muso con tonalidad sepia, Jack es y siempre ha sido un verdadero bicho raro, con un cerebro que funciona como ningún otro. Y aquí se muestra en una representación gloriosamente excéntrica.

Los sencillos previos “Connected by Love” (una ofrenda relativamente directa, muy arraigada, aunque apuntalada por un ruido de bamboleo y silbido) y la mermelada aullante e instrumental de “Corporation” podrían haber insinuado un disco razonablemente disímil y arcaico, pero los trece temas de Boarding House Reach, son sólo el comienzo de algo más grande. “Abulia y Akrasia” es un tango argentino de noventa segundos de palabra hablada que suena como el comienzo de un western; “Hypermisophoniac” (un riff sobre misophonia que es un alias del odio al sonido) funciona como una perfecta afectación vocal deformada con sonidos discordantes, arrancados directamente del juego de consola más mierdero del mundo, mientras que en “Everything You’ve Ever Learned” la apertura robótica –conferenciada– de la apertura te dará vuelta antes de que Jack entre como el hombre predicador, trastornado de aullidos como: “Do you want everything?!”.

Es raro, brillante y cualquier cosa menos que retrógrado. Siempre confederado en la cultura popular, con los garfios accesibles de “Seven Nation Army” o “Fell In Love With A Girl”, es fácil olvidar que la mayoría del catálogo de The White Stripes era en realidad una serie de viñetas extravagantes, empujadas a la corriente principal por un puñado de éxitos tan masivos que superaron cualquier rareza en el momento. Jack White todavía escribe ese tipo de cosas: sólo hay que escuchar los brillantes riffs de “Over and Over and Over” para saber que este músico puede hacer estallar a un delincuente cuando se le antoje.   Es más interesante aún tratar de esquivar los remansos esotéricos de su mente, más allá de la narración montañosa de “Ezmerelda Steals the Show”, a través de los distópicos referentes de “Get In The Mind Shaft”:

“I sat there for hours
 trying to understand how to
 construct a melody”.

El disco funciona como un lugar, un sitio, una casa que es mucho más placentera que cualquier paraíso… o página de Facebook.