Así sonaron las campanas
en esa tarde de dolor
tiraron todo a la basura,
olvidaron su buen humor.
Y la noche fue cayendo
sobre aquella vecindad,
poco a poco empezó todo a
retumbar.
Piro

En el apartado sobre el rock que se hace en México de su libro La contracultura en México (1996), José Agustín lo sitúa a la cabeza de un conjunto de bandas que fueron punta de lanza en el underground azteca. Grupos como Chac Mool, Kerigma, Manchuria y Anchorage, mismos que repercutieron en “el público idóneo para el rock mexicano de fines de los setenta, que finalmente logró salir de los hoyos hacia el circuito cultural y universitario hasta que, ya en los ochenta, finalmente aparecieron centros nocturnos dedicados enteramente al rock nacional”. Fue en esos hoyos —Hip 70, Rockotitlán, Rockstock, Wendy’s, Tutti Frutti, El Nueve— donde se originó la mutación del “Rough Animal” al “Marielito”.

Dangerous Rhythm, protozoario de la anarquía en México, había grabado dos producciones discográficas, el EP Electroshock, en 1980, y el LP Dangerous Rhythm, en 1981, producciones que habían captado la atención de intelectuales como José Joaquín Blanco, Alberto Roman y Sergio González Rodríguez y mojado las faldas de cantantes y actrices como Ariane Pellicer, Alejandra Guzmán y Ulalume Zavala, la vocalista de Casino Shangai, alebrestando también a cientos de jóvenes ávidos de pogo, mosh y slam, de letras ásperas, cabellos de punta multicolores y brunos pantalones de piel; pero no sólo de eso, porque ser esclavos de la imagen puede llegar a desvirtuar a la música y para ello Johnny Rotten ya había anunciado su muerte mediática, sino de actitud, una actitud provocativa, mordaz y contestataria, avivada con un estilo trotón de punk británico, pero rezumbado desde la garganta más amarga de Tenochtitlán. Desde ahí, de sus alcantarillas y letrinas, podían escucharse rondas de animales rasposos, bucólicas existencialistas y loores al desgobierno: “En los años setenta / mi vida decayó. / Mi pobre futuro / negro se volvió. / Me traté de controlar, no lo pude soportar. / Mi modo de vida / lo quiero abandonar”. Así, “Indocumentado” se convirtió en el No Future latino.

Piro Pendas —de origen cubano, pero más mexicano que la expresión “águila o sol”—, fundador de Dangerous Rhythm y el primer punk que pisó tierras aztecas, recuerda que cuando terminó el bachillerato en 1976, la música estaba estacionada. Todos los músicos le parecían inalcanzables: Frank Zappa, Peter Gabriel, Alice Cooper, David Bowie; no veía futuro en la escena musical mexicana, pero aún así tomó el bajo y emprendió la brecha de todos aquellos imposibles; se originó la leyenda, una banda que fue perseguida por la DIPD, rama de la policía más brutal que ha existido en México. Hostigados por su estética y talante, por ser diferentes. “Éramos una presa para que pudieran luchar con nosotros y con muchos de los punk rockers en México. Al final nunca pudieron hacer nada trascendente contra nosotros y con el tiempo desaparecieron. El punk seguía más vivo que nunca. ¡Nos la pelaron!”.

Había quedado atrás una fase de la contracultura, la de la romántica paz y amor de los sesenta. Los nuevos tiempos venían especialmente oscuros y con ellos el Dangerous Rhythm para cambiar el fusible, protopunks del timbal y la conga dieléctrica, secuestradores y predadores de la guaracha y la rumba con estoperol.

Con esos referentes llegué a la colonia Santa María la Rivera, en la Ciudad de México, un día a mediados de marzo pasado. A la casa número dos de una vecindad construida en 1895 en la calle Jaime Torres Bodet, en donde pudieron haber sesionado una junta de alcohólicos anónimos o una asamblea de desintoxicación de Oceánica. Pero no, lo que se ejecutaba en ese estudio de grabación —también hogar de Avi Michel J.—, comandado por Lalo Vásquez, era el ensayo de una briosa y encrespada banda de rock que, a pesar de sus cuarenta años de carrera musical, sonaba lozana, como si se hubieran juntado apenas el día de ayer para tocar, impulsados por un electroshock de convulsiones tropicales.

Dentro, Leo de Lozanne ensayaba su versión de “Pa’ qué violencia” que estrenarían al día siguiente en el festival Vive Latino. La de Lozanne era una versión refrescada del track aparecido en el álbum Ritmo Peligroso de 1988, producido por Ricardo Ochoa, quien fuera guitarrista de la banda Peace and Love.

Lo que se respiró aquél sábado 17 de marzo en ese estudio fue un tour de force: músicos profesionales dando todo de sí mismos. Todas las propiedades de las notas e ideologías del punk en armonía con percusiones de ritmos afrocaribeños.

Poco aire en el estudio, demasiadas personas dentro y demasiados años en la cabeza y los huesos; rumores de alcohol  y drogas provenientes de un pasado fértil, vicios arrinconados en lontananza y sólo las ganas de tocar y cantar bien, de conectar con el público en un festival de setenta mil gargantas. Así llegaría al domicilio Armando Palomas, con una voz más de mariachi que de tenor —según las palabras del mismo músico—, para contrastar su versión de “Contaminado”, aquella que en 1989 tocarían —a lo Beatles— en la azotea del World Trade Center de la Ciudad de México. Posteriormente aparecería “Sax” de La Maldita Vecindad, quien ensayaría una versión espesa, empapada de calipso y rock steady de “Déjala tranquila”, flanqueado por el resto del Ritmo: Eduardo “Mongoose” Ávila (guitarra) —fundador de la banda de metal Gehenna—, “Mosy Bit” (guitarra), Jorge “Gato” Arce (batería) —miembro original de ‘Dangerous Rhythm’—, Armando “Pinaca” Espinosa —baterista de Luis Miguel e hijo del percusionista fundador de  la Sonora Santanera—, Oscar Sánchez Jr. —percusionista de LoS MightY y Rock en tu Idioma Sinfónico— y Manuel “Manny” Murillo (percusiones).

“No me aferro a nada”, había soltado Piro en su timeline de Twitter: “La música, una necesidad, lo demás es pasajero y tal vez sin regreso, la muerte está lejos de casa, sin embargo, algún día le pondré en la madre”. Todos los que estábamos ahí reunidos, sabíamos por la confianza y la energía mostrada de quien fuera el primer punk en México, que ese día no llegaría pronto. El verbo se seguiría conjugando, y en efecto, el punk estaba más vivo que nunca.

En 1980, después de que un policía cubano muriera en la embajada de Perú en la Habana, tras el golpe de un grupo de inconformistas que decidieron estallar un autobús en la entrada, Fidel Castro decidió levantar temporalmente las restricciones para la salida del país a todos aquellos que embarcaran desde el Puerto Mariel en carabelas e improvisadas barcas. A este movimiento se le conoció como el éxodo de Mariel. A Pendas, quien ya llevaba más de veinte años fuera de la isla, no le sorprendió mucho este conflicto, conocía las condiciones de vida que había en Cuba. “Lo que sí me impresionó fueron las dimensiones que tomó el asunto, desde su comienzo de sólo trescientos cubanos buscando asilo en la embajada peruana, hasta la evacuación permanente de miles de seres humanos en busca de libertad, sin contar a la cantidad de enfermos mentales y asesinos que Fidel aprovechó para contaminar a sus odiados yankees”. Así nació “Marielito”, track incluído en su primer disco como Ritmo Peligroso: En la mira (1985), en la que se hablaba por primera vez del éxodo desde la música a cinco años de lo sucedido: “Así empaqué lo poco que me dejaron / la isla vi desde el barco / desvanecer con dolor / gente mala y sin moral / que el líder puso en ese barco / pa’ poderse vengar / ha confundido nuestra verdad / es algo que quiero aclarar”.

Ese Marielito iba a zarpar una vez más en el puerto del Vive Latino, pues ya había braceado en esas aguas en 1998 —primer Vive Latino—, en 2009 y en 2012. Esta vez arribaría a tierras aztecas acompañado no de una banda de indocumentados, sino de todo un colectivo que inauguraría la segunda fecha del festival. El Ritmo aparecería en el line up a muy temprana hora, apenas a las dos de la tarde, cuando el día mordía con furor el templete de los diversos escenarios en el Foro Sol y el alcohol intentaba correr por las cabezas de los crudos. 34 grados centígrados y una muchedumbre integrándose a un inmueble que se avisaba desolado por la tarde y la modorra del domingo. En el “Escenario Indio” se arremolinaban los primeros curiosos que tras ver el set de la Banda Regional Mixe se anclaban en el asfalto como atlantes frente al mar. Se esperaba el momento preciso en que la banda saltara al escenario, se comenzaba a vislumbrar en las pantallas el nombre de una agrupación que celebraba cuatro décadas de entrega sobrehumana en los escenarios, ya fueran improvisados o sobreproducidos.

Sólo hay dos maneras de vivir el Vive Latino: disfrutándolo u odiándolo. La jornada del 18 de marzo sería titánica, vendrían bandas como Gondwana, Cuca, Queens of the Stone Age y Gorillaz, todos por encima del Ritmo Peligroso —en orden de aparición pero no en trayectoria—, lo que significaba una completa falta de respeto para muchos punks de la vieja guardia. Así fue como Mariel puso a zapatear al Foro Sol a muy anticipado momento. No les molestaba eso, sabían que llegarían a poner las pautas, que impondrían un ritmo en el escenario que se podía seguir pero no igualar. El de ellos era un público de los más fieles que he visto, bailador, movedizo, bullicioso, desarraigado, un público que perseveraba sobre el asfalto caliente, la danza de la concordia bailada por una sucesión de castas dispuestas a soportar el sol al filo de la tarde, que no habían asistido para ver a Damon Albarn sino a la simbiosis del Ritmo Peligroso y esa tarde el grupo puso a bailar a tres generaciones de roqueros irredentos.

“Cuando quieres cambiar algo tienes que tener claro de por qué lo quieres cambiar”, escribió Piro en la reedición del long play de Dangerous Rhythm: “A veces tienes que reinventarte para no aburrirte”. Ese nuevo Piro, triunfando en el escenario más grande del festival de rock más importante de Hispanoamérica, estaba siendo afectado por un nuevo respiro, era su día, podía sentirlo a su alrededor, “no había un mañana, era el presente, este momento, este escenario”. Enfundado en una chaqueta de mezclilla negra y unos pantalones del mismo color a raya de gis, brincó a escena con aquella “Colors” de su primer disco como Dangerous Rhythm. No era John Lydon tratando de reinventar el género con una obesa imagen pública limitada ni un Iggy Pop rompiéndose en dos las caderas al cantar “Lust for Life” con más cabellera que mesura; no era Marky Ramone aferrándose a una leyenda pretérita, era Piro Pendas, el animal amargo, acompañado de una pléyade de músicos. Batería, tres percusiones, dos guitarras eléctricas y un bajo, además de contar con el lujo en el piano de Héctor Infanzón, quien en 1989 había formado Antropóleo, agrupación colonizadora de la música experimental en México.

Entre los artistas que conformaron el Colectivo Nahual ese día, se encontraban Salvador Moreno, de La Castañeda, quien reversionó “Revolución”; Paco Familiar, de DLD, reevisitando “Amor en América”; Leonardo de Lozanne en “Pa’ qué violencia”; Sabo Romo con su interpretación personal de “Marielito”; Armando Palomas y el maestro Infanzón en “Contaminado”; “Sax” de La Maldita Vecindad y Rubén Albarrán de Café Tacuba en “Estás perdida”; Shenka de Panteón Rococó en “Déjala tranquila” (en el disco Pa’ lante hasta que tu body aguante, el equipo lo conforman Ritmo Peligroso y los invitados Rubén Albarrán, Sergio Santacruz Ferrer y Humberto Calderón —Neón—, Emil Anaya —acordeonista de Los de Abajo— y Sergio Arau. Para la última canción, “Las calles de mi continente”, estuvo presente el colectivo completo en un huapango latino punk de seis minutos que se ha convertido en el nuevo himno de la banda, una canción de protesta sobre la pobreza y la corrupción en México e Iberoamérica, tema que se estrenó de manera universal en el Vive Latino 2018 y que hizo que todos, banda, invitados y público, formáramos parte del Colectivo Nahual.

José Agustín afirma que, como en otras partes, el fenómeno del punk se dio en México con variaciones al modelo original. Chavos muy pobres que no echaban raíces en el barrio, no consideraban que su territorio era sagrado ni que debían defenderlo a morir; los punks eran nómadas urbanos cuyo centro de unión eran el rock y la facha. Ahora, Ritmo Peligroso y el Colectivo Nahual reinventan esa postura, nos incitan a apropiarnos de las calles y barrios de nuestro país y nuestro continente, “desde el Río Bravo hasta la Patagonia”, esparciendo el germen de, la unidad y la fuerza contra el sistema.

Ritmo Peligroso es una banda que nos recuerda que el futuro no existe, que el presente es ese tiempo en que prospera nuestro arte, nuestra música. Como diría Piro: “Lo que para mucha gente no tenía sentido, para Dangerous Rhythm fue el comienzo de un estilo de vida y de algo que con los años nos cambió para siempre”.