Lo progresivo del rock es complicado. Esta deriva musical tiene sus finos detractores que le critican, por ejemplo, ser música pretenciosa, porque, por lo común, quiere ser más de lo que puede hacer. Le falta vuelo creativo para ser vanguardia auténtica y le falta punch musical para ser de veras jazz o rock. Por eso es que Frank Zappa trasciende el rock progresivo desde antes de su etiquetación en Hot Rats, de 1969. Y el furibundo Capitán Beefheart lo sublima y supera en lo minimalista excelso de Trout Mask Replica, también de 1969. Mientras que los apaches de las praderas como Jimi Hendrix y Cream saben poner todo lo “progre” dentro del más acá rockero del blues correcto, nuestro blues de todos.

Pero lo progresivo también tiene sus leales y contundentes defensores, sus sabios y eruditos. Es el rock donde estuvieron los más valientes compositores y donde se concentró más gente virtuosa en los instrumentos y los arreglos. No es música para el espectáculo y la obsolescencia planificada, es música que se desea perdurable, música que se piensa en serio como música pura. La metafísica del rock.

Hay bandas poderosas y duraderas, porque el rock progresivo es el que mejor ha sabido envejecer sin sonar y verse como simple nostalgia reciclada. Destaca, gigantesco, el trabajo de King Crimson y la lúcida y lúdica tenacidad de Robert Fripp. Es innegable que lograron enormidades como música de vanguardia bandas como Art Bears y Henry Cow. Luego está la vertiente europea de lo progresivo, con las bandas italianas como paradigma: Premiata Forneria Marconi o Banco del Mutuo Soccorso. Con las bandas alemanas que sonaban como mecanismo naranja de alta precisión: Popol Vuh o Tangerine Dream. Y así podría seguir una interminable lista de grupos y grabaciones, pues lo progresivo, además de ser una constante en el tiempo como subgénero del rock, es la forma de rock culto y experimental que se desarrolló prácticamente de modo internacional igualitario desde sus inicios.

El concepto en sí de rock progresivo viene del mundo del jazz, donde la improvisación desarrolla en forma extensa y diversa el tema original, para luego retomarlo de modo eficaz al final de la pieza. Con desarrollos y arreglos próximos a los de la música clásica o culta.

Una escuela importante de rock progresivo o “subgénero dentro del subgénero” se desarrolló de modo intenso en el Reino Unido, desde finales de los años sesenta hasta mediados de los setentas del siglo pasado. Fue la música propia de lo que se conoce como la escena de Canterbury y allí brilla como gran estrella central Robert Wyatt, el baterista de (The) Soft Machine. La otra gran agrupación musical producto de esta escena inglesa es Caravan. Se les consideró “la escuela de la anti-canción”, por sus formas inusuales de emplear las voces y los temas extraños de sus letras.

En esta ocasión quiero atraer su atención hacia una grabación que casi pasó desapercibida en su hora. Aunque eso no impidió que desde entonces se le consideré una de las obras más completas y bien logradas de la escena de Canterbury. Pero su desgracia estuvo en aparecer en el momento en que todo mundo volteaba hacia el punk rock que era en apariencia todo lo contrario del progresivo.

La banda es National Health y el disco es Of Queues and Cures, de 1978. Quienes intervienen en esta grabación son Dave Stewart (órgano y piano eléctricos, piano y minimoog), Phil Miller (guitarra), John Greaves (bajo) y Pip Pyle (batería, objetos rotos, percusiones y palmas). Tienen como acompañantes en varias de las piezas a Selwyn Baptiste (tambor de metal), Rick Biddulph (bajo y órgano), Peter Blegvad (segmento hablado), Georgie Born (cello), Jimmy Hastings (clarinete y flauta), Phil Milton (trompeta), Paul Nieman (trombón) y Keith Thompson (oboe).

Este álbum, con una duración total de casi una hora, presenta una harto compleja obra conceptual, integrada por siete piezas o movimientos de diversas duraciones, seis de ellas de más de cinco minutos de largo y una, la sexta del montaje, de tan sólo nueve segundos. Casi toda la obra es música instrumental, de allí lo abstracto y libre del relato, pues el concepto en sí de Of Queues and Cures es un planteamiento de estricto carácter musical, tal como lo pide Friedrich Nietzsche, y donde intervienen las palabras es de forma surreal o dadaísta, rompiendo el sentido común del habla y el cantar, hasta llegar a las onomatopeyas o la emisión de sílabas hechas casi grito sin sentido aparente. Es la narración de una superación psicodélica de la homogeneización domesticadora, el sentir y pensar de otro modo de comunidad estética y lógica, la sociedad del arte libre.

Distante y diferente del paso y las tonalidades del blues como base estructuradora del rock y el jazz, la trama musical de estas siete complejas piezas musicales discurre de modo trepidante por lo estocástico de la improvisación contenida y dirigida por las estructuras de la música culta occidental. Unen lo apolíneo y lo dionisiaco a favor de la música libre. El resultado es de un virtuosismo fuera de lo usual en el rock de entonces y de siempre. Sobresalen de modo brillante las largas frases armónicas entre los teclados de Stewart y la guitarra eléctrica de Miller, con el perfecto acompañamiento de la imaginativa batería de Pyle y el bajo bien temperado de Greaves. Es música para el goce espiritual, música mística.

Los pares de esta segunda y penúltima grabación en LP de National Health son discos como Romantic Warrior de Return to Forever, grabado en 1976, o Heavy Weather de Weather Report, de 1977. Grandes momentos de lo que se conoce como fusión experimental del jazz y el rock, la transfiguración del blues y el pop en la música clásica del siglo XX.