Metal y rock progresivo son viejos conocidos. Hay un momento en la historia en que ambos tuvieron gran camaradería, aunque luego separaron sus caminos; sin embargo, como nunca hubo rencillas, el rencuentro de estas dos vertientes consideradas un tiempo agua y aceite, abrió esa ahora prolífica veta denominada metal progresivo o prog metal. ¿Cuándo comenzó a hacerse en este país? ¿Quién o quiénes son los pioneros? ¿Hay una escena digna de llamarse tal en México?

Estas preguntas tienen como respuesta un rotundo sí, pero hace falta ordenar la información que permita trazar fidedignamente esa historia. Mientras arribamos a ese punto, visitemos a una agrupación que, inscrita en dicha escena, da muestras de un trabajo sólido y consistente.

Tangerine Circus (TG) –sus fans de hueso colorado mencionan a Metalurgia y Urania como antecedentes– se formó hace nueve años y desde entonces su alineación permanece inalterable: Eduardo Mariné (teclados), Francesc Messeguer (guitarra), Luis Mauricio Sánchez (bajo) y Daniel Hernández (batería). Pronto la cuarteta comenzó a componer material propio y de esos escarceos surgieron un par de discos: Urania y The Conspiracy Chronicles, combo que adquirió forma definitiva años después cuando una versión más depurada de los mismos finalmente apareció en formato digital en 2015 con diferencia de un mes (físicamente verían la luz en 2016, editados como un álbum doble.)

Por las venas de la agrupación fluyen las influencias de Marillion, Hans Zimmer, Joe Hisaishi, Spocks’s Beard, Steven Wilson y Dream Theater, entre otros, y si bien encontramos rasgos de algunas de estas bandas en el sonido del grupo, lo cierto es que ha rato que se advierte una impronta propia. Hace unos días, nuevamente en formato digital, el grupo lanzó el ambicioso A Brief Encounter with Myself, obra conceptual “que narra la historia de una persona desde su infancia hasta la edad adulta que lo lleva a un viaje de redención, autoconocimiento y aceptación”.

Mientras en sus producciones anteriores la mano de su tecladista se hizo sentir con mayor fuerza, esta tercera placa es un esfuerzo colectivo que nació a partir de una vivencia de su guitarrista Messeguer: “Un día soñé con el nombre del disco y de algunos de los tracks. Se lo comenté al resto del grupo y muy pronto todos se involucraron e hicieron lo suyo”. Eso “suyo” está plasmado en trece cortes en los que un hilo rector son las tres partes de “I Am Me” que no obstante no son lo más importante del álbum. Tangerine Circus cuenta el nacimiento de un ser humano en un ambiente privilegiado y del cual se esperan grandes cosas (“breves chispazos de luz que me muestran / que demasiadas cosas se esperan de mí / que mi vida supuestamente habrá de cambiar el mundo” cantan en “I Am Me Pt. I”, el tema inaugural).

Hay instantes grandilocuentes, como los demanda el mismo género, pero lo más destacable en este álbum es que todo se ajusta a una medida. Conforme uno lo escucha, se siente que está compuesto con los elementos necesarios, nada parece fuera de lugar, los solos se insertan adecuadamente, tienen una duración media y siempre están allí para subrayar un estado de ánimo, remarcar sensaciones o imprimir más emoción.

El trabajo vocal, las armonías del mismo, es destacable y ello se hace notar desde la composición abridora, un mosaico de voces que se superponen y crean un efecto con tintes celestiales. Hay instantes en los cuales la agrupación plasma imágenes muy vívidas, como en “Gazing Mirror”, cuya primera parte es optimista, alegre, habla del hombre que se mira frente al espejo complacido de sí mismo, pero luego da pie a una parte sombría, el descubrimiento nada agradable de un yo interno, desconocido, más profundo y desconcertante que se torna lamento en “I am Me pt. 2” (“Crecí pensando / que la vida era perfecta / ignoré mis pecados / ¿Soy diabólico?/ ¿Soy un problema? /¿Limpiaré mis faltas?”).

Conforme la obra evoluciona y el personaje está más confundido, los pasajes se vuelven más turbulentos, pero una capacidad que tiene Tangerine Circus es la de hacer música energética sin necesidad de llegar a la agresión (“The Lingering Phantasms”). Ocasionalmente, hay ligeros visos de ritmos latinos (“Hypersensitivity”), algo de jazz (“Being No One”) y momentos en los cuales parece que la banda se inclinará por el virtuosismo onanista; sin embargo, tienen el tino de restringirse para favorecer aquellos elementos que demanda la canción, lo cual habla de progreso, especialmente si consideramos sus trabajos previos.

La conclusión de la placa es el tema que da título a la producción, una especie de suite dividida en cinco movimientos en los que el cuarteto despliega lo mismo ciertos aires españoles que recupera el jazz (“A Thousand Faces”), un prog metal melódico e incluso contagioso (“Staring Eyes”) y coronada por ese hermoso solo de guitarra en “Transcend” que señala la conclusión del viaje interior de nuestro personaje.

Es muy aventurado hablar de que A Brief Encounter with Myself será uno de los discos del 2018; pero conforme uno se acerca más a él, surgen nuevos detalles y se revela como un serio aspirante a ello. No obstante, eso no es lo más digno a resaltar, sino el desarrollo de una tercera grabación en la que los resabios de las influencias se han superado para permitir al grupo erigirse con mayor autonomía y presumir una voz que ya puede llamar suya.