Recuerdo aquel día de junio de 1973, cuando mi hermano Sergio me mostró un disco que acababa de comprar: la edición mexicana de The Dark Side of the Moon, el flamante disco de Pink Floyd, editado en nuestro país apenas unos días antes por Emi Capitol. En su colección, él ya tenía el álbum doble Ummagumma (1969) que yo no me cansaba de escuchar, hechizado por esas atmósferas y esos sonidos surgidos de las mentes delirantes de aquellos cuatro músicos ingleses (los gritos aterradores en la parte culminante de “Careful with That Axe Eugene”eran una de las cosas más escalofriantes y a la vez más fascinantes que había yo escuchado jamás).

Sin embargo, El lado oscuro de la luna era muy diferente, una propuesta totalmente nueva por parte del cuarteto que abandonaba un tanto los largos paisajes instrumentales y psicodélicos para adentrarse en la elaboración de canciones más formales, aunque no por ellos menos experimentales y propositivas.

The Dark Side of the Moon fue grabado en dos partes, la primera en 1972 y la segunda a principios de 1973. Apareció originalmente en Gran Bretaña, el 12 de marzo de hace 45 años, para ser publicado posteriormente en otras partes del mundo. A México llegó en junio, en una edición en vinil bastante decente.

Es muy factible que si Syd Barrett no hubiera perdido la razón en 1968 y hubiese continuado como líder del cuarteto, la historia de Pink Floyd habría sido muy distinta y nos hubiéramos perdido de la existencia de discos que hoy consideramos fundamentales, desde A Saucerful of Secrets (1968) y Atom Heart Mother (1970) hasta maravillas como Wish You Were Here (1975), Animals (1977) o The Wall (1979), por sólo mencionar algunos. Quizás habríamos tenido otras obras de arte de la música, pero eso jamás llegaremos a saberlo. El hecho es que con la salida de Barrett y la llegada de David Gilmour, el bajista y cantante Roger Waters tomó el control de la agrupación, a pesar de los grandes egos de sus compañeros, en especial el del tecladista Rick Wright.

El Dark Side fue todavía, sin embargo, un álbum democrático en su creación, pues si bien nació como una idea de Waters, los otros tres integrantes del  grupo participaron como compositores y arreglistas de los diez temas que lo conforman.

¿Qué es lo que hace a este álbum tan especial y por qué muchos especialistas lo consideran como el mejor en la historia del rock, aun por encima de maravillas como el Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band de los Beatles, el Who’s Next de The Who, el Blonde on Blonde de Bob Dylan o el Exile on Main Street de los Rolling Stones, por nombrar tan sólo cuatro obras cumbres?

Muchos son los factores artísticos que se conjugan en los 45 minutos que dura The Dark Side of the Moon. En primer lugar, por supuesto, la capacidad creativa y la originalidad de Pink Floyd que en este disco alcanzó el cenit artístico. En lo musical y lo letrístico, el disco es no sólo impecable sino prácticamente perfecto. No hay en él un solo punto flaco, un momento superfluo, un fragmento que sobre o que no encaje.

Desde el pálpito del corazón, las voces ininteligibles, las risas y el grito con que inicia (“Speak to Me”), antes de romper en una armonía instrumental acompasada que da pie a un canto a dos voces (“Breathe [In the Air]”), para seguir con una especie de veloz ostinato electrónico y progresivo (“On the Run”), el estruendo de relojes, el tic tac y el juego percusivo que abre la puerta a un tema espectacular (“Time”, con la guitarra y la voz de Gilmour a plenitud) y que se funde con la maravilla asombrosa de “The Great Gig in the Sky”, en la que la voz sobrehumana de Claire Torry nos lleva fuera de este mundo, con un solo vocal implorante (¿espiritual, sexual, ambos?) que sigue causando estremecimientos.

El lado B de The Dark Side of the Moon prosigue e intensifica la calidad del álbum. Con “Money” (el corte más rocanrolero y hasta bluesero del disco, solo de sax tenor incluido, cortesía de Dick Parry), “Us and Them” (el track más largo, una maravilla absoluta), “Any Colour You Like” (otro instrumental, un tema cuasi pastoral que se torna en una especie de funk alucinado), “Brain Damage” (claro homenaje entre cariñoso y satírico a Syd Barrett) y “Eclipse” (la canción que cierra el círculo, una plegaria, un himno).

El minucioso trabajo de Alan Parsons en la ingeniería sonora del plato se volvió legendario, mientras que el diseño de la fabulosa portada (debida al artista británico Storm Thorgerson) marcó un hito.

45 años en el lado oscuro de la luna: el gran concierto en el cielo.